En nombre de Arabia

 

No ha estado nunca claro quién financia los grupos identificados como “Al Qaeda” en Iraq, pero es evidente que el objetivo a destruir es la sociedad laica y democrática. Su éxito ha sido rotundo. La pregunta es a quién le beneficia. No necesariamente a Estados Unidos: también podría firmar acuerdos de compra de petróleo y de bases militares con un país en paz. Un Iraq democrático y laico no sería una amenaza para Estados Unidos.

Sí lo sería para Arabia Saudí. Este país, junto con sus satélites del Golfo, se ha convertido en la última década en el factor geopolítico definitivo de todo Oriente Medio. Cabe decir georeligioso: numerosos líderes políticos y sociales árabes han estudiado en sus universidades para, a la vuelta, difundir las enseñanzas de la secta wahabí que en los últimos años ha usurpado el nombre del islam. Este papel como ‘madre patria’ para todos los movimientos fundamentalistas, que son los que hoy marcan el ritmo político en el mundo islámico tracias a los ingentes flujos de petrodólares, ha dado un enorme poder a los jeques saudíes: ningún país puede rivalizar con Arabia en riqueza petrolífera.

Ninguno excepto Iraq. Su producción diaria se sitúa en el nivel de la de Kuwait o los Emiratos, muy por debajo de la saudí, pero es el único país productor de la zona, aparte Irán, que no es un desierto anegado en petróleo. Tiene los mayores recursos hídricos de Oriente Medio, una floreciente agricultura, una enorme tradición cultural e intelectual, y tenía, hasta la invasión estadounidense, una sociedad culta y formada y un avanzado concepto de la igualdad entre mujeres y hombres en comparación con sus vecinos (este aspecto fue destruido con la mayor saña).

Iraq tenía todo para situarse como líder del mundo árabe

Tenía, en resumen, todos los elementos para situarse, económicamente e intelectualmente, como líder del mundo árabe, un papel que Sadam Husein no pudo asumir precisamente por su megalomanía, pero que habría recuperado, sin duda, una vez convertido en una república democrática y pacífica.

Un auge de Iraq habría significado, necesariamente, la pérdida de influencia de Arabia Saudí, situado en las antípodas desde el punto de vista cultural. Incluso para Estados Unidos, Iraq es geoestratégicamente más atractivo que su vecino meridional (no olvidemos que hasta su invasión de Kuwait, Sadam Husein era, de hecho, el principal peón estadounidense en Oriente Medio). Su destrucción sistemática, planificada, despiadada, ha beneficiado enormemente a los jeques wahabíes, convertidos en dueños únicos de la región.

Cabe preguntarse si este proceso, desde la propia invasión, se ha desarrollado de forma parelela o si el clan de George W. Bush —socio de importantes familias saudíes, no sólo los Bin Laden— ha diseñado la guerra desde el principio atendiendo más a los intereses personales que a los de la nación norteamericana. Pero es obvio que la destrucción de Iraq, una vez terminada la invasión militar, no podría haber tenido lugar sin la colaboración activa y pasiva del mando militar estadounidense.

Siria, país aconfesional, habría marcado un contrapunto al islamismo

Siria es un objetivo mucho menos importante: no posee apenas petróleo ni otras riquezas y nunca podría haber asumido un rol dirigente, pese a su situación geoestratégica. Aún así, su legado cultural lo habría convertido en un modelo del nuevo mundo árabe que surge de la Revolución Dominó. Único país árabe no confesional (aparte el fracturado Líbano), habría marcado, de conservar esta condición, un luminoso contrapunto al islamismo que, hoy por hoy, parece haber fagocitado los resultados de la rebelión ciudadana. Era el único país que se escapaba al control saudí, precisamente por su condición de dictadura.

El país del Nilo está firmemente en manos saudíes: la emigración de los egipcios, tanto trabajadores como estudiantes y profesores, hacia Arabia Saudí y su regreso como portadores del ideario wahabí han puesto los fundamentos del proceso de misión fundamentalista que ha desembocado en el resultado electoral del año pasado: Hermanos Musulmanes se reparten el poder con salafistas.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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7 comentarios

  1. […] Sería ilusorio, si creyéramos que el ISIL es algo más que una herramienta utilizada por los cabecillas de esa misma coalición – Arabia Saudí y los demás aliados de Washington en la región – para destruir a conciencia Siria, como ya se destruyó Iraq. […]

 
 

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