En nombre de Arabia

 

En Túnez, el partido islamista de Ennahda, construido en el exilio europeo – y Europa es el verdadero feudo de los misioneros wahabíes, mucho más que el mundo árabe – está abriendo las puertas a un nuevo movimiento dictatorial, esta vez salafista, que está destruyendo las libertades ciudadanas recién conquistadas.

En Libia, la victoria militar se la atribuyeron brigadas yihadistas financiados con petrodólares qataríes, y no hacen ademán de volver a desaparecer de la escena.

En Yemen, el golpe islamista no jugó a favor de la oposición sino que se convirtió en una especie de salvavidas para Ali Abdulá Saleh, firme aliado de Arabia Saudí: la repentina aparición de milicias wahabíes denominadas Ansar al Sharia (o “Al Qaeda”) ha aportado aires de guerra civil a una sublevación extraordinariamente pacífica, y todo indica que tras la renuncia formal de Saleh serán los clérigos wahabíes cercanos a estas milicias los que se van a hacer con el poder.

Siria podría haber resistido este proceso: no existía un movimiento islamista en el país desde que Hafez Asad exterminó a los simpatizantes de los Hermanos Musulmanes en Hama en 1982. Entre los movimientos sirios en el exilio pronto dominó el fundamentalismo, gracias a la labor organizativa de los Hermanos y el decidido apoyo de organizaciones humanitarias cercanas al Gobierno turco, pero según los testimonios recogidos no era en absoluto mayoritario entre los activistas en el interior de Siria.

Si Bashar Asad hubiera introducido profundas reformas políticas en los primeros meses de la revolución, probablemente Siria se habría convertido en una especie de semidictadura progresista, que podría marcar el camino a seguir a países que se resisten a las reformas, como Marruecos o Jordania.

Siria habría desmentido que no pueda haber democracia en una sociedad islámica

Si Bashar Asad hubiera dimitido al cabo de un año, Siria se podría haber convertido en una república dominada por partidos de orientación religiosa-suní, pero sin perder el concepto esencial que lo caracteriza: la igualdad de todos los ciudadanos sin diferencia de religión. Habría desmentido, de una vez por todas, a quienes proclaman que es imposible establecer una democracia en una sociedad de mayoría islámica.

Si Turquía —con Arabia Saudí e Irán el tercer jugador geopolítico de Oriente Medio— hubiera lanzado una intervención militar, con el respaldo estadounidense, habría podido alcanzar el mismo resultado, aunque con certeza habría procurado que el poder quedase en manos de un partido islamista modelado según el AKP; una especia de copia del modelo democristiano alemán.

Estados Unidos no ha dado el visto bueno a una intervención. Cabe pensar que la alianza entre Washington y Riad sigue firme: a Arabia Saudí no le conviene una Siria bajo tutela turca. Le conviene una bajo tutela saudí. Y esta Siria bajo tutela saudí, dominada por milicias fundamentalistas dispuestas a destruir el tejido de la sociedad si no se pliega al fundamentalismo, se está preparando día tras día. Algo que, por supuesto, también encaja en los planes de Israel: siempre ha preferido a los enemigos radicalmente islamistas, como muestra su fomento de Hamás. Con una democracia proeuropea, Tel Aviv podría verse obligado a negociar, con una guarida de islamistas, no.

La guerra en Siria es una inversión, pero aún no ha durado lo suficiente como para recoger los frutos y afianzar la dictadura wahabí sobre todo Oriente Medio. Si terminara hoy, Siria aún podría convertirse en una democracia. Demasiado pronto, pues, para Arabia.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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7 comentarios

  1. […] Sería ilusorio, si creyéramos que el ISIL es algo más que una herramienta utilizada por los cabecillas de esa misma coalición – Arabia Saudí y los demás aliados de Washington en la región – para destruir a conciencia Siria, como ya se destruyó Iraq. […]

 
 

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