«Franco defendía a los judíos sefardíes»

Ignacio Martínez de Pisón

 
Ignacio Martínez de Pisón | ©  Elena Blanco

Ignacio Martínez de Pisón | © Elena Blanco

Sevilla | Octubre 2014

Después de realizar su personal exploración del pasado más traumático de España en títulos imprescindibles como el ensayo Enterrar a los muertos o la novela Dientes de leche, Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) decidió en su última novela, La buena reputación (Seix Barral), asomarse a la Melilla de los años 50, en pleno proceso de descolonización, para situar en ella a un matrimonio judío que decide marcharse a Málaga y empezar allí una nueva vida con sus dos hijas. Tetuán, Málaga o Barcelona son otros escenarios de esta ficción histórica que se prolonga tres décadas para invitarnos a reflexionar sobre el sentido de nuestras raíces y la necesidad de albergar certezas sobre el futuro.

¿Por qué cree que hay tan poca literatura española que hable de Melilla, no digamos ya de la Melilla judía?

Es curioso, porque sobre la guerra del Rif hay mucha, y muy buena. Ahí están Sender, Arturo Barea, Díaz Fernández, una serie de libros clásicos que más o menos tocan Melilla, pero que no se detienen a explorar la ciudad. Entre otras cosas porque la misma ciudad crece con la guerra del Rif, es el momento en que llega dinero a la zona. Lo que era un penal, un cuartel, se convierte en una ciudad a ojos vista. Luego, la Guerra Civil eclipsa la Guerra de África, y Melilla se convierte en una ciudad provinciana, complicada, y distinta, llena de matices y contradicciones, y al mismo tiempo muy rica. Es extraño, porque cuando llegué por primera vez allí pensé “hay que escribir sobre esta ciudad”. Y si fuera director de cine, no dudaría en hacer una película sobre ella, inmediatamente, porque tiene una riqueza visual impresionante.

«Si fuera director de cine, no dudaría en hacer una película sobre Melilla: tiene una riqueza visual impresionante»

¿Recuerda cómo fue su primera impresión?

Fui hace cuatro o cinco años, por casualidad, invitado por la Semana del Cine. Había escrito sobre la guerra, había visitado el Norte de Marruecos, pero nunca había estado en Melilla antes. Me llamó la atención cierto aire a lo Rudyard Kipling, con los morillos vendiendo almendras y babuchas por las calles… En la novela, sin embargo, hablo de una Melilla que no es la de ahora, una ciudad que se enfrenta a problemas nuevos. De hecho, cuando acaba la novela, en el 86, aún no existe la valla. Es el año en que España ingresa en la UE y los musulmanes melillenses son objeto de una injusticia que da pie a los disturbios encabezados por Mohamed Dudu. Allí empieza una etapa nueva, la de la valla que se construye a principios de los 90 y se va reforzando después. No es una frontera entre dos países –sabes que se da en ella la mayor caída del PIB del mundo–, sino la UE, la riqueza de Alemania con la pobreza subsahariana. Realmente hablo de una Melilla que ya no existe, por más que siga habiendo cosas perpetuas, como por ejemplo el contrabando, que allá llaman “comercio atípico”.

¿Tenía claro desde el principio que pondría a un judío como personaje central?

No, no. Conocí allí a Moisés Salama, un amigo judío muy culto y majo, que me ayudó a documentarme y saber cómo viven, y sobre todo vivían, las gentes de la comunidad judía de Melilla. Uno para escribir busca situaciones complejas, y también contar cosas que no se hayan contado, no pisar terrenos hollados por otros ni repetir clichés. Cuando tocas un tema nuevo, es un terreno libre, todo para ti.

«Franco tenía cierto sentido de la hispanidad que incluía a los judíos sefardíes, y dejaba fuera a los askenazíes»

Esto sucede desde luego con la comunidad judía melillense, que es muy desconocida en general.

Melilla tiene una característica, y es que uno de los barrios, el Polígono, se urbaniza cuando, a principios del siglo XX, llegan en varias oleadas unos judíos huyendo de las hostilidades de los musulmanes vecinos. Son protegidos por las autoridades militares y se instalan en el polígono de tiro. Más tarde, la ciudad se convierte en puerto de salida de judíos que huyen de Marruecos hacia Israel, a partir del 56, cuando acaba el Protectorado. En la novela cuento de forma un poco tangencial la historia de esa operación de rescate, organizada por los servicios secretos israelíes, con la colaboración o al menos la tolerancia de las autoridades franquistas, que permitieron la evacuación de 25.000 judíos.

Cosa llamativa, porque España no había reconocido el Estado de Israel, pero permitió que los judíos salieran. ¿Cómo explicamos esa paradoja?

Franco tenía cierto sentido de la hispanidad que incluía a los judíos sefardíes, y dejaba fuera a los askenazíes y los de otras ramas. Creía que había que defenderlos al mismo tiempo que tenía una retórica antisemita. En la guerra había conocido judíos ricos en el norte de África, y al mismo tiempo mantuvo ese discurso antisemita. Todo era ambiguo y equívoco, porque nunca hizo ningún gesto de desaprobación hacia el Holocausto. La relación de Franco con los judíos es algo que debe ser estudiado.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

Ignacio Martínez de Pisón
 
 

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