Otro lugar del que nunca oíste hablar

 

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Keshka

Febrero 2015

“¿Cómo has dicho que se llamaba tu pueblo?”, creo que le pregunté a Jewan varias veces al poco de llegar a su aldea natal, en el noreste kurdo de Siria.

“Keshka”, respondía paciente, y sin perder la sonrisa.

Corría el verano de 2012 y hacía apenas un par de semanas que los kurdos habían declarado su territorio oficialmente “liberado”. En el lado iraquí de la frontera, el destino quiso que el camino de Jewan, un refugiado kurdo de 27 años, y el mío se cruzaran en Erbil: yo quería entrar en el noreste pero no sabía cómo; Jewan sí que lo sabía, pero no se atrevía a hacerlo solo.

Fue una de esas travesías nocturnas de la mano de contrabandistas y milicianos del PKK. No obstante, lo más emocionante fue ver a Jewan abrazar a su madre tras tres años sin verse. Tengo esas imágenes grabadas en la memoria, y también en vídeo. Las he visto más de una vez con Jewan y su familia porque he seguido volviendo a Keshka desde aquella primera vez.

Del techo de la cocina cuelga un teléfono móvil turco, justo sobre la baldosa sobre la que uno ha de permanecer inmóvil

Como la mayoría de los kurdos de Yazira, el cantón más oriental de los tres bajo administración kurda, Jewan siempre dice que es de Qamishli cuando le preguntan por su procedencia. No es por dárselas de “capitalino” sino porque prácticamente nadie ha oído hablar nunca de Keshka.

Hay que llegar hasta Girke Lege y de allí conducir durante unos diez minutos hacia el norte, en dirección a las luces que brillan desde el lado turco de la frontera. Y es que Keshka está justo en ese piquito nororiental de siria, y casi equidistante de las fronteras de Iraq y Turquía. El teléfono sirio no ha funcionado la mayoría de las veces que he visitado Keshka pero la comunicación nunca ha faltado. Del techo de la cocina cuelga un teléfono móvil turco, justo sobre la baldosa sobre la que uno ha de permanecer inmóvil. Un paso en cualquier dirección y la comunicación vía Turkcell se esfuma.

Entre el trigo o las aceitunas, uno puede encontrar serpientes grabadas en la roca e incluso monedas de oro antiquísimas

Keshka es una aldea de granjas desperdigadas sin otro orden que el que marca la mera posesión de tierras cultivables. Nunca lo he preguntado aunque supongo que su centro será el espacio comprendido entre la pequeña escuela de Primaria, la explanada donde se despliega el fantástico mercado de ganado y la panadería, propiedad de un tío de Jewan. Para comprar baklava (esos dulces de miel y almendra típicos de Oriente Medio), cambiar dinero o llenar el depósito del coche hay que ir a Girke Lege porque en Keshka no hay más que lo que da la tierra. Eso sí, entre el trigo o las aceitunas, uno puede llegar a encontrar serpientes y escorpiones grabados en la roca en una zona junto al río, e incluso monedas de oro antiquísimas.

Otro de los tesoros locales es el petróleo. Hay un puñado de extractoras desperdigadas alrededor de la aldea pero hoy la producción está parada, incluyendo la de la refinería de Rumelan, anexa a Girke Lege. Es un asunto bastante espinoso, y no sólo por los eternos intereses inherentes al producto en cuestión, sino también por el daño ecológico que provocan los centenares de “refinerías” caseras.

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Acerca del autor

Karlos Zurutuza
Periodista (Donostia, 1971). Ha trabajado en Iraq, Irán, Afganistán, Kurdistán, Siria, Pakistán y Libia, entre otros...

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