Regreso a Kobani

 
Refugiados kurdos de Kobani llevan provisiones a la ciudad durante el asedio (Sep 2014) | © Ilya U. Topper / M'Sur

Refugiados kurdos de Kobani llevan provisiones a la ciudad durante el asedio (Sep 2014) | © Ilya U. Topper / M’Sur

Kobani (Kurdistán sirio) | Febrero 2015

Adle Caso vive con cuatro pequeños en una de las pocas casas que no son escombro en la avenida de Yarabulus, a cuatro pasos de la rebautizada como Plaza de la Paz. Tiene 41 años, pero estos últimos cuatro meses de asedio le han grabado treinta más en el rostro. Se fuma un Gitanes light mientras llora. “Huimos de Kobani con el Estado Islámico en la puerta. Volvimos hace 10 días. Este es nuestro hogar. Hemos pagado por él muchos mártires”.

En la ciudad kurdo-siria de Kobani -llamada Ain al Arab en árabe – no hay casa sin ‘mártir’. Uno de ellos es el tío de Adle. Más suerte ha tenido Mohammed, el marido de Adle, que posa cariñoso su muñón derecho sobre el hombro de la mujer trazando una triunfal sonrisa. Adle vive con Sadika, mujer de un ‘asayish’ – policía de Kobani – y pasa la mayor parte del tiempo en la penumbra. “Nos espabilamos como podemos. Mediante un generador eléctrico, sacando agua de un pozo… por suerte hoy hay menos combates”.

Aún quedan calles impracticables porque el ISIL, en su retirada, dejó minas y otras trampas explosivas

Hace apenas dos días que los defensores de Kobani, una amalgama de milicias entra las que destacan las Unidades de Protección Popular (YPG y su rama femenina, las YPJ) como más numerosas, anunciaron la liberación de la localidad tras 133 días de sitio. El Estado Islámico (ISIL), la organización yihadista que ha acosado la ciudada desde el sureste y el oeste, lanzando munición de racimo, de mortero, empleando atacantes suicidas y coches bomba y publicando vídeos de propaganda con un rehén en el centro urbano, ha sido empujado al extrarradio.

Combates

A inicios de febrero, los combates prosiguen al este, en el área rural. La coalición antiyihadista encabezada por Estados Unidos bombardea esporádicamente posiciones del ISIL a lo largo del día. La milicia yihadista se ha empujado ya a más de cinco kilómetros de la ciudad, pero sus disparos siguen llegando: acaban de herir a cuatro civiles por un mortero caído a dos pasos de la frontera con Turquía. También dentro de la ciudad hay peligros. Aún quedan calles impracticables porque el ISIL, en su retirada, dejó minas y otras trampas explosivas. En un rincón de la mezquita de Sahan duerme aún un proytectil de mortero de 120 mm, que no llegó a estallar.

A la caída del sol las avenidas permanecen inertes. Sólo algún que otro vehículo engalanado con banderas de las YPG o del Ejército Sirio Libre – también ha luchado aquí -, que surca el asfalto, o cuatro notas musicales procedentes del diván de un guerrillero ocioso, alimentan de vida el lugar. En todo momento se respira el penetrante olor de la combustión de los generadores a gasolina.

Unas 300 familias siguen viviendo en Kobani pero empiezan a retornar los refugiados

En un garaje, flanqueado por ancianos y milicianos, Faradut extiende las palmas de sus manos sobre una pequeña hoguera. Tiene 13 años. “Aquí me gano la vida como puedo. Por ejemplo, limpiando armas”. La irrupción del ISIL en Kobani provocó, el pasado septiembre, un éxodo de 180.000 refugiados a Turquía. Fueron realojados en un puñado de campos instalados en la franja fronteriza con Siria. Faradut es de los civiles que se quedaron aquí. Fuentes locales calculan que hay 300 familias malviviendo entre casas derruidas. Con el fin de la presencia yihadista pronto muchos más querrán volver a casa. Algunos ya lo hicieron.

Zehra tiene 25 años y coloca primorosamente unos minúsculos calcetinitos blancos a una muñeca de plástico. Hace un mes que su niña, Talivan, de ocho meses, murió en un campo de refugiados turco por una infección pulmonar provocada por el frío. “Los médicos del hospital de Suruç le dieron medicinas al tuntún aún viendo que ni tan siquiera podía respirar, y acabó muerta”, lamenta. Con el cuerpo de la bebé congelado en los brazos, Zehra tuvo que suplicar a los guardas fronterizos su permiso para volver a Kobani a enterrar a la pequeña. Ahora comparte salón con cuatro familias.

El anciano Bozan Saji es de Moyaraqui, un pueblo a 20 kilómetros al suroeste de Kobani. De allí tuvo que huir junto a cuarenta miembros de su clan cuando, a finales del año pasado, se agotó la munición para contener a los yihadistas. “Llegamos a la frontera turca con el coche, pero no nos dejaron entrar a Turquía con él. Así que, junto a docenas más con coche, decidimos quedarnos a vivir junto a la verja guardando nuestros vehículos”.

1 2 3 4Página siguiente

 
 

Etiquetas

, , , , ,

Artículos relacionados

Acerca del autor

Lluís Miquel Hurtado

@llmhurtado

Periodista (Tarragona, 1986). Vive en Estambul, donde colabora con el diario El...

Regreso a Kobani
 
 

0 Comentarios

Sé el primero en dejar un comentario.

 
 

Deja un comentario