Jon Lee Anderson

 

AndersonY así transcurren las noticias

Jon Lee Anderson me contó una vez una historia. Estaba de visita de conferenciante en Beirut y allí, mientras se restregaba los sudores de julio por la frente, me habló de un viaje a Las Palmas de Gran Canaria en el que acabó durmiendo en la playa con una panda de marineros porque no encontró cobijo. Iba recorriendo el rastro que había dejado el generalísimo, que vivió desterrado en las islas, donde debió acumular suficiente mala baba para decidir poner España manos arriba y cabeza abajo.

Jon Lee Anderson escribe de viajes, como las vueltas con su taxista de confianza por las calles de una Bagdad pendiente del asedio estadounidense, o el trayecto en coche desde la frontera egipcia hasta el frente en Bengasi en 2011. Y leerle, es viajar con él; es atender al proceso mismo de construcción de la crónica.

En estas páginas de cuaderno de Crónicas de un país que ya no existe: Libia, de Gadafi al colapso, el lector transcurre por el caótico frente oriental que llevó a la meca petrolífera norafricana a sucumbir ante su propia revolución. Esos tiroteos al azar, como las idas y venidas de vehículos conducidos por combatientes casi sin ton ni son, ilustran un cuento de avances y retrocesos que acabará por instalarse pese a los esfuerzos de construcción del país tras la muerte del Gran Líder.

En ellas deja intuir Anderson la búsqueda de la “verdadera línea del frente”, abandonada a menudo por hastío y monotonía. La de Libia fue una guerra luchada por hombres que no sabían manejar armas, como su transición, a la muerte de Gadafi, fue liderada por un pueblo inexperto que se enorgullecía de poder cantar en las calles después de 42 años de veto.

Poco ha cambiado desde entonces. O mucho. Lo que parecía enderezarse tras las elecciones de 2012 (las primeras desde 1963), se truncó casi de la misma manera en que se produjo la persecución del detestado caudillo. En 2015, Libia dibuja casi los mismos frentes en mitad del desierto, donde van y vienen las pick-ups y se escucha fuego de artillería. En Tobruk o Trípoli, hombres y mujeres con más voluntad que know-how pretenden conducir al país a algún sitio.

Faltan, sin embargo, el entusiasmo y también voces como la de Iman Bugaighis, amenazada, exiliada y rendida después de que se le amargasen aquellas lágrimas de alegría que se le saltaban en Bengasi en el albor de la gesta revolucionaria. “Gadafi, él es nuestra vergüenza”, le dijo a Anderson. Tuvieron que pasar cuatro años para descubrir, en sus propias palabras, que debajo “no había nada”. A su muerte, me confesaba, “todo colapsó”.

Ese es precisamente el viaje que emprende Jon Lee Anderson esta vez, siguiendo los pasos del coronel y sus verdugos, literales y figurados. Al fin y al cabo, ¿no es esa la única manera de contar la historia? Ya sea durmiendo o no en la playa.

[Laura J. Varo]

Jon Lee Anderson (1957), periodista de larga trayectoria, ha cubierto desde 1998 conflictos en medio mundo para la revista The New Yorker, entre ellos el de Libia. La editorial Sexto Piso ha cedido un avance de su nuevo libro Crónicas de un país que ya no existe: Libia, de Gadafi al Colapso para su publicación en M’Sur.

Crónicas de un país que ya no existe

Libia, de Gadafi al Colapso

Domingo 27 de febrero de 2011

La ciudad libia de Bengasi se encuentra a dieciséis horas de marcha si uno conduce peligrosamente desde la capital egipcia de El Cairo. Ambas están conectadas por una franja de carretera y, también, por sus respectivas y recientes «liberaciones», obra de manifestantes antigubernamentales. En viaje de una a otra, ayer, el lado egipcio de la frontera funcionaba normalmente. Es decir, había guardias fronterizos y funcionarios de inmigración que sellaron mi pasaporte y nos dijeron adiós en unas salas caóticas, repletas de cientos de refugiados que huían de Libia, en su mayoría trabajadores bangladesíes y vietnamitas. Allí acababa lo «normal».

Cruzar Libia implicaba hacerlo a pie a través de unos ochocientos metros de tierra de nadie hasta un puesto fronterizo; una vez pasado éste, nos hallábamos abandonados a nuestra suerte en la «nueva Libia».

Nos dio la bienvenida una banda de jóvenes entusiastas que hacían las veces de guardias y que nos ofrecieron tazas de té dulce y caliente. Nos mostraron la bandera que habían colgado en lo alto: la vieja bandera real de Libia, roja, verde y negra, y no la utilizada en la era de Muamar el Gadafi, que es una simple tela verde. Querían que les tomáramos una fotografía frente a ella, como si, al hacerlo, de algún modo validáramos el cambio ocurrido en su país, que todavía parecía algo precario. A su alrededor, los edificios estaban abandonados y cubiertos de grafitis; más allá se extendía el desierto.

La teórica libertad de Libia parecía un espejismo hasta que condujimos otras seis horas a través de unas tierras casi totalmente despojadas de gente, un paisaje que alternaba entre el desierto y el ondulado verdear de unas granjas, y llegamos a la vieja ciudad fenicia de Bengasi, con sus decaídos edificios de la era colonial, de estilo italianizante. Allí, en un deteriorado tribunal frente a la costanera, había tenido lugar la semana pasada la revolución que, después de varios días de confrontación violenta, puso al «pueblo» al mando de la Libia oriental.

Dos horas después de llegar, me hallaba en los tribunales, ahora cuartel general de la Bengasi revolucionaria, frente al cual paseaban cientos de personas. Tres efigies de Gadafi colgaban de un mástil, y el tronante mar oleaba al otro lado de la calle.

La multitud comenzó a cantar: grandes, rítmicos, estridentes cánticos que sonaban como música. Me detuve en un cuarto del piso superior y desde allí miré la escena junto a una de las nuevas líderes voluntarias de la ciudad, Iman Bugaighis, una mujer de unos cuarenta años que es miembro de la facultad de Odontología en la universidad local. Le pregunté qué cantaban. Mientras me lo explicaba, la sobrecogió una súbita, inesperada emoción y comenzó a llorar: están deseando la muerte a Gadafi, dijo. Incapaz de traducir los juegos de palabras de esos hombres y mujeres reunidos allá abajo en grupos separados que cantaban y se respondían, los resumió: «Lo que están tratando de decir es todo lo que no pudieron decir durante cuarenta y dos años. Lo que dicen es que ya no están dispuestos a vivir con vergüenza». «¿Qué es la vergüenza para ellos?», le pregunté. «Gadafi», replicó. «Él es nuestra vergüenza».

23 Martes 1 de marzo de 2011

Bengasi es una ciudad en el limbo, un lugar de rumores y –con Muamar el Gadafi todavía aferrándose al poder en Trípoli– lleno de expectativas por los dramas que están por venir. Pero la «revolución» de abogados, hombres de negocios y jóvenes que barrió el régimen de Gadafi en esta ciudad la semana pasada todavía se esfuerza por encontrar una voz coherente, todavía tiene que generar un liderazgo visible. Según Abdel Hafez Ghoga, un juez que es el flamante portavoz del consejo revolucionario de la ciudad y el primer miembro del nuevo «Consejo Nacional» de Transición de Libia, ello no se debe a la confusión, sino a unas consultas que están en proceso. Mientras tanto, la fuerza militar rebelde ha intentado recuperar las armas robadas por la ciudadanía a las varias guarniciones incendiadas de Bengasi a fin de formar un ejército y «marchar sobre Trípoli».

Más allá de la atmósfera festiva que continúa a lo largo de la costanera cubierta de grafitis –donde el consejo revolucionario ha montado su cuartel–, Bengasi apenas funciona. La mayoría de sus tiendas y negocios están cerrados, y hay poca gente en las calles. Sin embargo, los automóviles aceleran por todas partes, y hay tiroteos ocasionales cuando se disparan al aire las armas robadas, en una aparente celebración de la repentina libertad para hacerlo (a los libios comunes no se les permite poseer armas y mucho menos dispararlas). Es una ciudad en estado de suspensión: familias enteras entran y salen en automóviles de la guarnición principal, donde Gadafi tenía una villa, contemplando embobadas un lugar que antes les estaba vedado.

Sobre las paredes, la gente ha dibujado el retrato de Gadafi en una variedad de aspectos injuriantes y ha dado rienda suelta a toda clase de insultos en árabe e inglés: Gadafi es un perro, un traidor, un agente –en algunos casos, extrañamente, de los estadounidenses, o también de Israel–. Ayer, al anochecer, mientras paseaba con un par de amigos, encontramos a un grupo de jóvenes, de ocho a doce años, quemando un auto en un solar y haciendo un montón de ruido. No parecía algo que 24 habrían hecho normalmente; algunos adultos los observaban sin detenerlos.

En el puerto, barcos griegos, argelinos y sirios llegaron ayer para llevarse a cientos de trabajadores indios, sirios y bangladesíes que se habían congregado con sus pertenencias para ser transportados a algún sitio seguro, a cuenta de sus respectivos países. Es decir, todos menos los infelices bangladesíes, que parecen no tener autoridad alguna que hable por ellos. Se hallaban en una zona abierta del muelle, contemplando lánguidamente a los sirios e indios, cuya partida estaba fuera de toda duda. (Cuando la crisis concluya, posiblemente habrá una falta masiva de trabajadores en Libia: los filipinos trabajan en los campos petrolíferos y las filipinas son enfermeras en los hospitales; los bangladesíes trabajan en la construcción y como empleados no cualificados; los sirios, se dice, predominan en los establecimientos de kebab y shisha).

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