Asesinado por el Estado

 

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¿Carlo Alberto dalla Chiesa? ¿Quién era ese? ¿Por qué fue asesinado? ¿Qué representó realmente su sacrificio? ¿Valió la pena? ¿Quién hace que valga? ¿Atesoran los italianos sus enseñanzas? Las lápidas envejecen. Y no pueden decir mucho.

Las lápidas, por su naturaleza, son avaras en palabras y de tono lacónico, y son bastante puñeteras a la hora de indicar un nombre o alguna fecha. El tiempo corre. Sicilia e Italia están muy lejos de ser lo que eran entonces.

Y hace unos días Rita, una de los tres hijos de Dalla Chiesa, ha lamentado en Facebook que la lápida en recuerdo del sacrificio de su padre se encontrara en estado de abandono. El alcalde de la ciudad, Leoluca Orlando, ha ordenado de inmediato arreglarla y limpiarla, restituyendo así decoro a un lugar de paso obligado en el centro de Palermo que, sin embargo, y éste es el punto, no ha sido nunca lugar de efectivo recogimiento y memoria.

En Palermo, de Carlo Alberto dalla Chiesa, queda un recuerdo casi desvanecido.

Tanto Dalla Chiesa como Falcone fueron asesinados con sus esposas, algo contrario a las normas mafiosas

Los jóvenes no conocen su historia, no saben que con aquel atentado en la calle Carini se alcanzó por primera vez el vértice de una escalada de violencia criminal que en los años sucesivos tendría innumerables réplicas; creen, en esencia, que el verdadero inicio de la lucha contra la mafia se sitúa diez años más tarde, con los sacrificios de Falcone y Borsellino en sendos atentados. De lo contrario, no se entendería por qué del aniversario de la emboscada del 3 de septiembre de 1982 que costò la vita al carabiniere Dalla Chiesa y a su joven esposa, la enfermera Emanuela Setti Carraro, se hace un seguimiento melancólico, poco participativo, poco apetecible para los medios de comunicación que hoy, 33 años después, tienen otras cosas en que pensar.

Sin embargo, hay algo particularmente siniestro que conecta el atentado de la calle Carini y el de Capaci, y es el hecho que en ambos casos se abrió fuego también contra la esposa, la de un carabiniere y la de un magistrado, desdeñando el viejo adagio mafioso que imponía excluir a mujeres y niños de los ajustes de cuentas: el binomio Dalla Chiesa-Setti Carraro anticipó de hecho en diez años el binomio Falcone-Morvillo (binomio éste que permanecerá, a despecho de la separación en el cementerio de los pobres restos de ambos, a decisión dictada por el deseo irrefrenable de “ojo del mundo” de María, una de las hijas de Falcone).

Dalla Chiesa, en sus “cien días” de misión en tierra siciliana, nunca fue querido por los palermitanos

Si bien, después de aquellos sucesos, una avalancha de cadáveres, igualmente “ilustres”, excelentísimos, sepultó Sicilia, aquella modalidad de ejecución no volvió a repetirse. ¿Fueron casos aislados? ¿Caprichos de las coincidencias de la Historia? ¿Dalla Chiesa no podía ser asesinado solo? ¿Falcone no podía ser asesinado solo? Decenas de investigaciones, y de opinadores, han explicado que no, no podían ser asesinados solos, porque la advertencia debía ser enorme, asumir una dimensión casi bíblica, con el objeto de que los vivos no tomaran nunca más el ejemplo de Dalla Chiesa y de Falcone. Siempre nos ha parecido una tesis estrechamente emparentada con la frase que dice: “Lo hecho, hecho está”. En otras palabras, no nos ayuda a comprender quién ordenó aquello. Y por qué la “regla” fue vulnerada.

¿Por qué –esta es la pregunta que queda– dicho tratamiento fue reservado solo para ellos? Una pregunta que tal vez pueda resultar útil hoy, a pocas horas del día del aniversario. Vayamos a los hechos. Dalla Chiesa, cuando estaba vivo, en sus “cien días” de misión en tierra siciliana, nunca fue querido por los palermitanos. Fue ridiculizado, vilipendiado, obstaculizado. No gozaba de buena prensa. Era visto él, piamontés, él, graduado de la Armada, él, azote de las Brigadas Rojas, él que había investigado la ejecución de Aldo Moro, él que hablaba en voz alta en una ciudad de silencios atávicos, él que “hacía marcaje al hombre”, como se diría futbolísticamente, complicándole la vida a los representantes de los potentados, hombres de negocios, políticos y cargos sicilianos, fue visto, decíamos, como un cuerpo extraño. Simpatía cero, o poco más, incluso por parte de la sociedad civil.

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Acerca del autor

Saverio Lodato
Periodista (Reggio Emilia, 1951). Vive en Palermo, como reportero y ensayista especializado en temas de la...

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