Decapitando peones

 

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Cuando ruedan cabezas, hay quien mira la espada y no la cabeza. En las redes sociales se han multiplicado las denuncias de la “barbarie” de Arabia Saudí por decapitar en un día a 47 personas. Decapitar, sí, un terrible castigo medieval. ¡Igual que el Estado Islámico!

El mismo castigo se empleó en la muy civilizada Francia hasta 1977, por si ustedes no lo sabían, y si bien la guillotina se inventó por su mayor eficacia y humanidad, no creo que estemos aquí para discutir sobre la profesionalidad de los afiladores de sables o los electricistas especializados en sillas. Resumiendo: Arabia Saudí no se parece al Daesh porque decapita sus reos sino que se le asemeja por los motivos por los que los decapita.

Teherán no protestó por un sentimiento humano sino por el ajusticiamiento del clérigo chií Nimr

Afortunadamente, entre los ejecutados no se debe de hallar Ashraf Fayad, condenado a la pena capital por apostasía en noviembre pero cuyo juicio aún está en revisión. No sabemos si en el mundo habrá un clamor si finalmente lo envían al patíbulo. En el caso de los 47 ajusticiados el 2 de enero sí hubo protestas que llegaron incluso a niveles de conflicto diplomático, porque un único país levantó la voz más allá de un comentario educado: Irán.

Curiosamente, porque Irán es el país con más ejecuciones per cápita del mundo: al menos unos 300 reos acaban cada año en la horca, frente a los 80 de media que pasa a cuchillo Arabia Saudí, según las cifras de Amnistía Internacional. Desde luego, Teherán no protestó por un sentimiento humano sino por el ajusticiamiento de una sola persona: el clérigo chií Nimr Baqir Nimr.

La pena capital aplicada a este predicador saudí de 56 años es denunciable, más allá de lo denunciable que es toda pena de muerte: a diferencia de algunos otros reos, hallados culpables de ataques y asesinatos terroristas, Nimr no había hecho más que dar encendidos discursos contra el Estado saudí, sus leyes, reyes y príncipes. Muy encendidos. Lástima que conceptos como libertad de expresión en esta parte del planeta ya sólo se emplean las competiciones de hipocresía.

La ejecución de Nimr cumplió función de chispa: incendió en la embajada saudí en Teherán

Pero los intentos de retratar a Nimr como líder de la Primavera Árabe saudí (y de la de Bahréin, de paso) es un ejemplo más de cómo los teócratas de todos los bandos intentan secuestrar las protestas contra las dictaduras: si los Hermanos Musulmanes consiguieron hacerse con Tahrir, y los salafistas de Al Qaeda posan hoy como cabezas de la rebelión siria, ¿por qué no iban los clérigos chiíes fundamentalistas aprovecharse del descontento bajo la dictadura saudí?

El modelo lo planteó Estados Unidos en 2003, al repartir el poder político en Bagdad según cuotas religiosas y étnicas, en un gesto que anunciaba oficialmente el fin de la democracia como ideal de la humanidad y su reemplazo por la teocracia.

Fue tan exitosa la división y destrucción de Iraq mediante este sistema del enfrentamiento suní-chií, propagada con sanguinarios atentados (suníes) y escuadrones de la muerte (chiíes), que parece haber llegado el momento de extender el modelo a toda la zona. La ejecución de Nimr Baqir Nimr cumplió función de chispa: consiguió provocar un incendio en la embajada saudí en Teherán, rodeada por enfurecidos manifestantes.

Si bien en un primer momento parecía más bien un ensayo de laboratorio, realizado en un momento de baja atención mediática internacional, los días siguientes han demostrado lo contrario: La ruptura de relaciones diplomáticas entre Riad y Teherán, un paso secundado ipso facto por Bahréin, con su evacuación de las legaciones, parece una especie de redoble de tambor para llamar a filas a las tropas y organizar el asalto.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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