Stratis Myrivilis

 

Lirismo desolador

Stratis Myrivilis (Foto sin datar tomada de internet)

Stratis Myrivilis (Foto sin datar tomada de internet)

Stratis Myrivilis (1892-1969) nació en la isla de Lesbos. Al igual que tantos otros jóvenes de la época, dejó la universidad para servir como voluntario en el ejército, seducido por los ideales románticos nacionalistas de los que pronto renegaría. Tras conocer la guerra de primera mano, regresó a su ciudad natal convertido en un pacifista convencido y comenzó a escribir su primera novela, La vida en la tumba, un tremendo alegato en contra de la guerra, lleno de elementos autobiográficos.

La obra, escrita en forma de cartas que su autor, el sargento Andonis Costulas, redacta para su novia pero nunca envía por temor de que la censura las intercepte, es un testimonio desolador, lleno de crueldad pero también de un intenso lirismo con momentos realmente brillantes desde el punto de vista literario.

Un libro desmitificador que está considerado como uno de los mayores ejemplos de literatura antibelicista en cualquier lengua y que ha sido traducido al castellano por primera vez de la mano de la helenista Margarita Ramírez-Montesinos y publicado por la editorial sevillana Point de lunettes en su colección Romiosyne de literatura griega contemporánea.

He aquí un fragmento.

[Juan José Tejero]

La vida en la tumba

Los animales

¡Los animales en la guerra!
Desde esta mañana tengo un único pensamiento. ¡Bien por nosotros los humanos! En nombre de nuestros intereses, ideologías, caprichos, megalomanías y entusiasmo tramamos perfectamente la guerra. Tenemos incluso argucias para librarnos de las dificultades; trincheras, hospitales, también deserciones. Pero, ¿qué es de las benditas acémilas que también movilizamos para la guerra?

Pienso que cuando alguna vez los hombres salgan del ataque epiléptico de la matanza colectiva, se avergonzarán con razón de por vida de haber llevado a los animales a la guerra. Pienso que algún día se considerará como una de las lacras más funestas de la historia humana.

Nuestra división transportó desde nuestra isla una unidad de suministros de artillería de asnos: “una unidad de suministros de mulas”, según dicen los papeles. Si bien sólo estaba integrada por asnos. Sufrieron muchísimo con el embarque en los vapores y en el desembarque en Salónica. Agarrados por la grúa en un mugido furioso, los elevaban por los aires en resistentes refajos. El terror y la locura se plasmaban pasmosamente en sus ojos, que giraban desencajados. Pateaban en el vacío, resoplaban, y la piel se arrugaba de espanto. Luego recorrieron toda Macedonia cargados con municiones. Como si fueran enemigos de los alemanes, turcos, búlgaros. Cuando entramos en la trinchera, la división se detuvo en Kupa, un pueblo situado detrás de nuestras líneas y destrozado por la artillería, donde habitan algunos panaderos franceses. Allá en Kupa, en un hermoso barranco, nuestra unidad de suministros artilleros “de mulos” instaló las estacas de la cerca.
Las acémilas, exhaustas por las largas jornadas, descansaron algunos días. Cobraron aliento. Pastaron en abundante hierba, se recuperaron, se fortalecieron. Sintieron la alegría de la vida y del deseo como aguijón de todos los seres desde los insectos a las flores, a fin de penetrar en la eterna fiesta de la reproducción. Los asnos escucharon la gran invitación y respondieron al erótico toque de trompeta: ¡Presente! Sumisos, llenos de inocencia y de ignorancia, como todos los animales. El barranco zumbaba de disonantes relinchos nupciales. El eco recogió los eróticos toques de trompeta y se los llevó más allá al Peristeri.

Mientras celebraban su fiesta (ellos seguían a lo suyo), un aeroplano despegó con estruendo desde enfrente. Después de girar dos veces sobre el barranco, regresó en medio de una apoteosis de obuses estallando en el cielo como un rebaño de blancas ovejitas que se iban multiplicando a su alrededor.
Los asnos no entienden de aeroplanos. Estaban tan entregados con su cuerpo entero a la alegría de la vida que no les quedaba tiempo para preocuparse de nada más.

Al poco, el valle gemía profundamente a causa de una hilera de explosiones y de agudos silbidos. Era una auténtica masacre de inocentes. Los animales reventaban, morían sobre la hierba mullida apareados, enganchados en la embriaguez de su alegría genital. Reventaban y suspiraban como seres humanos. Caían a tierra y en su lenta agonía torcían el cuello mirando con tristeza las tripas que se movían como serpientes enrojecidas entre sus patas. Movían abajo y arriba sus gruesas cabezas sin comprender nada. Se estremecían, sus ollares temblaban, abrían sus anchos hocicos destapando sus dientes y se arrastraban con las patas destrozadas. Al final morían mojando las flores de sangre, sus grandes ojos llenos de perplejidad y dolor. Un burrito con la columna vertebral rota arrastraba su cuerpo unos quince metros, apoyándose sólo en las patas delanteras. Luego, replegado, la cabeza vuelta hacia su enorme herida, fue agonizando lentamente hasta expirar.

Un acemilero, en cuanto comenzó el bombardeo, sorprendido, echó a correr y a correr como loco, apretando con fuerza la rienda de su asno, hasta detenerse en las trincheras de los panaderos franceses. Una vez allí, en medio del abucheo de la tropa, se dio cuenta de que arrastraba la cabeza de su asno segado desde el cuello. Entre los dientes cerrados la bestia llevaba todavía un ramillete de margaritas ensangrentadas.

© Stratis Myrivilis (1930)(herederos). Traducción: © Margarita Ramírez-Montesinos | Editorial Point de Lunettes · Primera edición en español: 2015

 
 
 
 

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