La vergüenza no empieza aquí

 

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A lo largo del último año, los europeos se han encontrado de bruces, de pronto, con la realidad de los cientos de miles de refugiados que llegan en busca de asilo. No es un fenómeno nuevo, pero ha sido a partir de 2015 que se ha exacerbado y ha obtenido visibilidad. Antes, lo más frecuente era que el periodista que propusiese a su medio hablar de refugiados se comiera los mocos.

No cabe duda de que se trata de una problemática compleja, se mire por donde se mire. Cumbre tras cumbre, los jefes de estado de la UE no han logrado ponerse de acuerdo para buscar una solución, y la falta de voluntad política ha sido justamente criticada por una sociedad civil que ha producido notables muestras de empatía y solidaridad con los refugiados. Pero en las últimas semanas, la indignación de la opinión pública se ha intensificado con la firma un trato con Turquía, que ya ha quedado bautizado de forma inamovible como “el acuerdo de la vergüenza”.

Voluntarios con la mejor intención quieren compartir lo que están viviendo a modo de denuncia

No obstante, las peticiones en change.org, intercaladas con enlaces a noticias tremendistas publicadas por webs de dudosas credenciales hacen un flaco favor a la situación, y sólo contribuyen a aumentar la confusión. Evidentemente, esto no es un fenómeno nuevo en las redes sociales, pero en este caso se suma la problemática del activismo periodista: voluntarios con la mejor intención, que quieren compartir lo que están viviendo sobre el terreno a modo de denuncia, ya sea como autores o como fuentes.

El resultado: titulares que incluyen expresiones como “¡Vergüenza!” o “¡Está pasando!”, y textos que no contextualizan, que mezclan datos o conceptos, que hacen llamamientos abstractos a la solidaridad sin entrar a analizar una situación compleja como pocas. Así, para remover más las conciencias, pueden llegar a surgir noticias totalmente falsas –como ocurrió en Berlín este invierno, con el voluntario que inventó que un refugiado había muerto de frío haciendo cola para pedir asilo-.

Por eso se a veces se vuelve necesario hacer de abogado del diablo. No defiendo en lo más mínimo el acuerdo alcanzado con Turquía. Pero parece que, para muchos comentaristas, la situación anterior a este trato era mejor, más justa. Parece que la firma del acuerdo consagra la hipocresía, supone el inicio de una práctica nueva y deleznable. Pero a lo largo de los últimos años y hasta la fecha, la política europea con respecto al asilo ha seguido una mentalidad que podríamos definir como: “A quien sobreviva con éxito la travesía y se deje el dinero con los traficantes, ya si eso, habrá que darle asilo en algún sitio. Pero vamos a ponérselo lo más difícil que podamos, no sea que vengan más”.

Antes del infame acuerdo UE-Turquía, el “sistema” no era menos arbitrario e insostenible

Disuadirles de viajar a Grecia, “hacerles la vida imposible”, “un infierno”, fueron palabras textuales del máximo responsable de la policía griega durantela legislatura del conservador Andonis Samarás. Claro que no todas las instituciones europeas se muestran igual de agresivas, pero ¿es éste un enfoque más humanitario? ¿más legal que las devoluciones a Turquía?

Las píldoras de información que se están consumiendo no ofrecen una comparativa con lo que ha sido la situación hasta ahora. Si nos quedamos con la imagen de las fronteras abiertas el verano pasado, de los voluntarios recibiendo a los niños con globitos en el andén de Alemania, parece casi idílico, pero detrás se escondía mucho más. Como muchos periodistas pudimos atestiguar en Grecia, antes del infame acuerdo UE-Turquía, el “sistema” (por llamarlo de alguna manera) no era menos arbitrario e insostenible.

Comencemos por el gran titular actual: comienzan las deportaciones de refugiados a Turquía. Esto ya induce a error, puesto que todavía no se ha denegado el asilo a nadie. En efecto, el 4 de abril se deportó a un grupo de personas que no lo habían solicitado y que, en parte, ya habían llegado antes de que entrara en vigor el acuerdo, en su mayoría paquistaníes y bengalíes. Evidentemente, cabe preguntarse si se les ha informado de sus derechos y si hubieran tenido acceso al procedimiento de haberlo pedido.

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Acerca del autor

Clara Palma Hermann
Periodista (Berlín, 1990). Tras licenciarse en Periodismo por la Universidad de Sevilla vive a caballo entre España...

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