Mafia nueva, vida nueva

 

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La tesis según la cual la mafia, cuando no recurre a las armas, no asesina a los servidores del Estado, no lleva a cabo atentados, es una mafia desnaturalizada, replegada en sí misma, degenerada con respecto a su propio código genético que debería imponerle constantemente la práctica del delito, es una tesis que alguien vuelve a proponer – desde siempre – de forma recurrente.

El razonamiento que lleva a esta tesis se resume, más o menos, de la siguiente manera: si la mafia calla, no existe; si la mafia no mata, no es mafia; si la mafia se hunde, sucede porque, por fin, tiene miedo de un Estado que ha conseguido asestarle golpes mortales.

Si la mafia calla, no existe; si la mafia no mata, no es mafia… Desgraciadamente, no es así

Sería bonito si fuera verdad. Sería bonito si esta “receta” interpretativa tuviera un fundamento. Pero, desgraciadamente, no es así. Es evidente que el fin del derramamiento de sangre es motivo de satisfacción general. No sería sensato pensar que alguno pudiera albergar “nostalgia” por los años en que los cadáveres se recogían a paladas, ya que de esta forma hoy podría existir una lucha contra la mafia más “rigurosa”, más “inflexible” y más “radical”. Son tonterías más que evidentes que tienen, sin embargo, sus seguidores.

El primero de todos, el historiador Salvatore Lupo quien desde hace tiempo libra una personalísima batalla preguntándose si la mafia ha vencido o ha perdido sin darse cuenta de que, en cambio, Y no se habla de “la mafia”, sino de “las mafias”.

Pero volvamos a la cuestión.

Todos están de acuerdo en que la mafia italiana tiene ya un siglo y medio de vida, incluso aquellos escépticos historiadores que escriben libros casi en modo automático que después se imponen a los pobres estudiantes como “libros de texto” para poder superar sus exámenes. Pero, aunque es verdad que la mafia existe desde hace 150 años, también es cierto que recorriendo a vista de pájaro su historia se podrán sumar, como mucho, dos décadas en total de uso flagrante de las armas. Quizás incluso menos.

Mussolini descubrió que la mafia había permeado las altas esferas del partido fascista en Sicilia

Los años 60, por ejemplo, con los atentados de Ciaculli y de Viale Lazio, con los ajustes de cuentas entre familias para acaparar las zonas edificables en Palermo, con el establecimiento de la primera comisión de investigación parlamentaria sobre este tema desde el final de la Guerra, representan de alguna manera la antesala de los años 80 que verían el ascenso al vértice del poder de la organización de los corleoneses. Con la consiguiente explosión de violencia terrorista mafiosa.

Durante los veinte años de fascismo, volviendo la vista hacia atrás, no se había registrado nada parecido. Pero ello no impidió a Mussolini enviar a Palermo al prefecto de hierro Cesare Mori, posteriormente llamado de nuevo a toda prisa para volver a Roma. Y no porque se hubiera descubierto que no existía la mafia sino porque se había descubierto que existía, y mucha, habiendo permeado incluso las altas esferas del propio partido fascista en Sicilia.

Y, avanzando un poco más en la historia, fueron precisamente los mafiosos quienes hicieron de “carabinieri a cavallo” -usando el título del último libro de Adelphi en el que se recogen los escritos inéditos de Leonardo Sciascia- encarnando el orden en la zona durante el desembarco de los aliados en Sicilia en vísperas de la caída del fascismo. En este caso, con el objetivo de que no hubiera muertos ni derramamiento de sangre.

Deberían ser más prudentes a la hora de deshojar la margarita del “¿dispara?” o “¿no dispara?”

Misión que fue magníficamente llevada a cabo por la mafia, tal y como reconoció la propia historiografía americana tras el trabajo desarrollado por una comisión del Senado creada a propósito y tal y como han declarado universalmente los estudiosos que se han dedicado a esta cuestión. A excepción – una vez más- del historiador Lupo, quien no encontró ningún rastro del papel desempeñado por la mafia durante el desembarco en los documentos que consultó. Como tampoco encontró huella su maestro, Francesco Renda, el otro historiador “negacionista” de esta cuestión. Pero este tema nos llevaría demasiado lejos.

Si se quiere abundar en la cuestión, los mafiosos hicieron también de “carabinieri a cavallo” cuando tocó cerrar el paréntesis ya insoportable del bandidaje que encarnaba Salvatore Giuliano.

¿O acaso existían ajustes de cuentas y enfrentamientos sangrientos en Palermo a inicios del siglo XX?

Ello no impidió a 20.000 palermitanos desfilar el 19 de marzo de 1909 detrás del féretro de Joe Petrosino, el policía italoamericano asesinado en Piazza Marina algunos días antes por un favor realizado por los picciotti (chicos de la mafia) de Sicilia a sus “primos” del otro lado del Océano.

¿Qué queremos decir con esto?

Queremos decir que algunos “historiadores” deberían ser más prudentes a la hora de deshojar la margarita del “¿dispara?” o “¿no dispara?” cuando pretenden conocer el estado de salud de la mafia.

¿Dispara? ¿No dispara? Depende.

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Acerca del autor

Saverio Lodato
Periodista (Reggio Emilia, 1951). Vive en Palermo, como reportero y ensayista especializado en temas de la...

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