Dubravka Ugresic

 

Insobornablemente libre

Dubravka Ugresic | Cedida

Dubravka Ugresic | Cedida

Ignoro qué anomalía del mercado editorial ha propiciado que los últimos libros de Dubravka Ugresic (Kutina, Croacia, 1949) no hayan llegado a los lectores españoles. La autora que deslumbró con dos novelas tan buenas como sus títulos -en la mejor tradición kunderiana-, El museo de la rendición incondicional y El ministerio del dolor, y de unos ensayos tan impactantes como Gracias por no leer y No hay nadie en casa, ha seguido escribiendo desde su exilio holandés, publicando regularmente y dictando conferencias por todo el mundo.

Pero sobre todo ha seguido conservando una mirada implacable sobre algunos de los peores azotes de nuestro tiempo, los mismos que acabaron con su país y que siguen sembrando miedo y destrucción por los cuatro puntos cardinales: los fanatismos nacionalistas y los religiosos, principalmente.

A veces, la voz de Ugresic es ferozmente irónica, otras de una dureza sin concesiones; a ratos desolada, profundamente escéptica, y a ratos vigorosa. En cualquier caso, de una claridad y de una rotundidad demoledoras. Una voz sin miedo, insobornablemente libre, como prueba el hecho de que a menudo incomode a tirios y troyanos. Todo ello se pone de manifiesto en sus últimos ensayos, Karaoke Culture (2011) y Europe in Sepia (2014), así como su novela Baba Yaga puso un huevo (2009), de la que M’Sur ofrece un adelanto en exclusiva en nuestro idioma.

Llama la atención la ausencia del mercado español de esta obra, ya traducida al inglés y alemán desde que apareció y aclamada por la crítica. No es un ensayo sobre feminismo ni sobre la tercera edad sino una novela, pero una que integra una mirada muy fresca sobre el ocaso de la mujer, esa fase en la que una se convierte en poco más que hojarasca al margen de la sociedad. Abuelitas inofensivas, pensará más de uno al cruzárselas por la calle. Pero esas abuelitas tienen detrás una larga vida y, a menudo, un largo combate. Son todo menos inofensivas, cuando se lo proponen. Y cuando se topan con la afilada pluma de Dubravka Ugresic.

En estas páginas regresa la alumna aventajada de Danilo Kiš, de Miroslav Krleža, por citar dos de sus compatriotas yugoslavos más frecuentados, del propio Kundera o del maestro húngaro Gyrörgy Konrád. Pero Ugresic es ya una autora de absoluta madurez: una indiscutible maestra.

[Alejandro Luque]

Baba Yaga puso un huevo

 

 

Al principio no te das cuenta de que están ahí…

Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y, de repente, un detalle casual capta tu atención, como cuando ves un ratón por la calle: el bolso de una señora mayor, una media caída que se pliega sobre un tobillo hinchado, guantes de ganchillo en las manos, escaso pelo gris con reflejos azules y, posado en la cabeza, un sombrero algo anticuado. La dueña del pelo azulado mueve la cabeza como un perro mecánico y sonríe con cansancio.

Sí, al principio son invisibles. Se cruzan contigo, como sombras, picotean el aire que les llega, andan zapateando, caminan arrastrando los pies por el asfalto, dan pasitos de ratón, tiran de un carrito, se agarran a algún transeúnte, permanecen quietas, rodeadas por una serie de sacos y bolsas inútiles, como un desertor ataviado aún con la parafernalia militar. Algunas de ellas siguen ‘‘en forma’’; llevan vestidos de verano escotados, con un fular de piel sobre los hombros y un abrigo de astracán medio apolillado, y van con el maquillaje todo corrido (¿¡Quién, después de todo, puede maquillarse en condiciones, cuando necesita unos anteojos para hacerlo!?).

Pasan a tu lado rodando como una pila de manzanas secas. Murmuran algo para sí mismas; conversan con interlocutores invisibles, como los indios americanos lo hacen con los espíritus. Van en los autobuses, en los tranvías y en el metro como si fueran equipaje abandonado; duermen con la cabeza inclinada hacia el pecho; o andan de un lado a otro embobadas, preguntándose en qué parada tienen que bajarse, o si realmente deberían bajarse. A veces te detienes un instante (sólo un instante) en frente de una casa de gente mayor y las ves a través de las cristaleras: se sientan en mesas, palpan migajas como si estuvieran pasando los dedos por una página de braille para mandarle mensajes ininteligibles a alguien.

Dulces, adorables, señoras mayores. Al principio no te das cuenta de que están ahí. Y de repente ahí están, en el tranvía, en la oficina de correos, en la tienda, en la consulta del médico, en la calle, ahí hay una, ahí hay otra, allí hay una cuarta, una quinta, una sexta, ¿cómo puede ser que hayan tantas de repente? Tus ojos van poco a poco de un detalle al siguiente: los pies hinchados como donuts por los zapatos apretados; la piel que cae desde el pliegue del codo; las uñas protuberantes; los capilares que surcan la piel. Miras de cerca su cutis: o está bien cuidado o está descuidado. Te percatas de su falda gris y de su blusa blanca con el cuello bordado (¡que está sucio!). La blusa está desgastada y desteñida de tanto lavarla. Se la ha abrochado coja; intenta desabrochársela pero no puede, sus dedos están agarrotados, los huesos están viejos, cada vez son más ligeros y huecos, como los de los pájaros. Otras dos señoras le echan una mano, y con sus esfuerzos colectivos consiguen ponérsela bien. Parece una niña pequeña, con la blusa abrochada hasta la barbilla. Las otras dos le alisan el bordado del cuello, murmurando con admiración: a ver hasta dónde llega el bordado; era de mi madre, oh, antes todo se hacía tan bien y quedaba tan bonito. Una de ellas es bajita y corpulenta, y tiene un bulto pronunciado en la parte de atrás de la cabeza: parece un bulldog viejo. La otra es más elegante, pero la piel del cuello le cuelga como el moco de un pavo. Se mueven en formación, como tres polluelas…

Al principio son invisibles. Y entonces, de golpe, empiezas a localizarlas. Van por el mundo arrastrando los pies, como ejércitos de ángeles ancianos. Una de ellas te mira a la cara de cerca. Lo hace fijamente, con los ojos bien abiertos y la mirada de un azul apagado, y expresa su petición con un tono orgulloso y condescendiente. Te está pidiendo ayuda; necesita cruzar la calle pero no puede hacerlo sola, o necesita subir a un tranvía pero tiene las rodillas flojas, o necesita encontrar una calle y el número de una casa pero ha olvidado sus anteojos. Sientes una punzada de simpatía por la señora, te conmueve, realizas una buena acción, arrastrado por la emoción que produce la galantería. Es precisamente en este momento cuando deberías echar el freno, resistirte al canto de la sirena, esforzarte por hacer bajar la temperatura de tu corazón. Recuerda, sus lágrimas no significan lo mismo que las tuyas. Porque si cedes, si sucumbes, si intercambias unas pocas palabras más, te convertirás en su siervo. Te adentrarás en un mundo en el que no tenías intención de entrar, porque todavía no es el momento; tu hora, por el amor de Dios, no ha llegado aún.

Ve allí, no sé adónde,
y tráeme algo que me falta

 

 

PARTE 1

 

Pájaros en las copas de los árboles que crecen junto a la ventana de mi madre

En Nueva Zagreb, el barrio donde vive mi madre, el aire huele a caca de pájaro en verano. Miles y miles de pájaros se agolpan entre las hojas de los árboles que hay en frente de su bloque de apartamentos. Estorninos, dice la gente que son. Los pájaros son especialmente escandalosos en las tardes húmedas, antes de que empiece a llover. A veces, un vecino coge una escopeta de aire comprimido y los espanta con una salva de disparos. Los pájaros chillan cielo arriba en densas bandadas, zigzaguean de arriba abajo, como si estuvieran peinando el cielo, para después descender hacia las densas hojas trinando histéricamente, como si de una tormenta de granizo en verano se tratara. Es tan ruidoso como una jungla. Afuera, se despliega una cortina de sonido durante todo el día, como cuando resuena la lluvia. Por las ventanas, transportadas por las corrientes de aire, entran planeando plumas ligeras. Mamá coge su escobilla y, murmurando, barre las plumas y las tira a la basura.

‘‘Mis tórtolas se han ido’’, suspira, ‘‘¿te acuerdas de mis tórtolas?’’
‘‘Sí, me acuerdo’’, le digo.

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