Vincenzo Consolo

 

El escritor caminante

Vincenzo Consolo (Sevilla, 2009) | © Alejandro Luque

Vincenzo Consolo (Sevilla, 2009) | © Alejandro Luque

La literatura siciliana -se ha dicho muchas veces, seguirá siendo cierto- se funda en el viaje. Podríamos apoyar esta afirmación en la sospecha de que la Odisea es un periplo en buena parte siciliano (hay quien sostiene, exagerando, que se desarrolla íntegramente en unos pocos kilómetros alrededor de Trapani), en los textos de Al-Idrisi o en el famoso periplo de Goethe, por no mencionar a tantos y tantos ilustres visitantes: Maupassant, Dumas, Brydone… Y entre los nacidos en la isla, basta recordar la Conversación en Sicilia de Vittorini para entender que el pensamiento en la Trinacria siempre es diálogo en movimiento.

Pero también podríamos asomarnos a la fascinante obra de Vincenzo Consolo (1933-2012) para comprobar que todo en ella está relacionado con el viaje, casi todos sus títulos lo son, desde el settecentesco Retablo al homérico El olivo y el acebuche. Pero para el autor de Santa Agata di Militello el viaje no solo es épica, también admite el paseo, la caminata ociosa y contemplativa, es decir, la antípoda del turismo frenético de hoy.

De ahí que esta Sicilia paseada, recién y felizmente rescatada por la editorial Traspiés bajo el cuidado siempre celoso de Miguel Ángel Cuevas, sea mucho más que una guía de la isla. Es una invitación a ir más allá del tópico, a declinar el machacón helenismo mítico que a tantos curiosos ha llevado a Sicilia, y abordar las mil sicilias que se encuentran diseminadas por su cartografía y también superpuestas, como láminas de un hojaldre mágico y sabroso.

La prosa rica, meticulosa, de alguien que sabe que las palabras dicen mucho más de lo que estructamente significan, se da aquí por supuesta como el valor a los toreros. No obstante, lo que prima no es la buena mano del escritor, sino su mirada, veterana sin dejar de ser limpia, reflexiva, penetrante, doliente cuando corresponde, amorosa siempre.

[Alejandro Luque]

M’Sur ha publicado asimismo una entrevista con Consolo: «Hoy es difícil imaginar en Europa un país más fascista que Italia» [Nov 2009] y un excerpto de su novela La herida de abril.

·

Sicilia paseada

 

Imaginemos que, impulsados por el viento, arribamos a la costa siciliana entre Thapsos y Megara Hyblaea, donde los hombres de la edad del bronce construyeron poblados, donde llegaron los colonos de Micenas, Megara Nisea, Cálcida, Corinto; o bien que nos adentramos en la «ensenada, por encima de punta Izzo», en ese temenos de sortilegios y prodigios, de encantos y de trances, donde, en la luz auroral de un agosto, al joven Rosario La Ciura, estudioso de dialectos jonios, se apareció, emergiendo del mar, la sirena Lighea, cuya sonrisa «era solo expresión de sí misma, es decir, de un casi bestial gozo de existir, de una dicha divina casi».

Criatura brutal y sublime, adolescente y milenaria, inocente y sabia, la lampedusiana Lighea, igual a otras dos criaturas, menos carnales pero más concretas y reales, que un día, emergiendo de las dunas de Megara, tornaron a la luz: la Kourotrophos, la madre pujante y terrosa que amamanta dos hijos; el Kouros astante que ostenta en el muslo grabado su nombre: «Sambrótidas, hijo de Mandrocles» (al margen del nombre, ¿quién eras tú, antiguo muchacho, de dónde venías, y por qué el padre te hizo esculpir en el mármol?).

No nos detengamos. Prosigamos, territorios adentro de Leontinoi de feraces glebas, de los de Akrai de ferales templos, montes Clímiti arriba, por los Ibleos rocosos, por las altiplanicies ásperas del tomillo y del mirto, de olivos, de algarrobos y almendros, cadenciados por la geometría de las albarradas, escandidos por profundas latomías, por los cortes vivos de los despeñaderos, por las cavas donde tupidos crecen encinas, plátanos, sauces, chopos, lamidos por las aguas de ríos que ostentan nombres como Ácate, Íppari, Irminio, Tellaro, Cassíbile, Ánapo… Hemos llegado: al Ánapo que bulle sonoro entre las gargantas de Pantálica. Porque desde aquí deseamos partir, en nuestro viaje, en nuestra exploración de Sicilia, para inventarnos, liberados como estamos de confines geográficos, de límites de épocas históricas o barreras temáticas, un modo, entre infinitos otros, de conocer esta isla en el centro del Mediterráneo, este lugar de cruce de todos los vientos y todos los embates, de todos los dominios y civilizaciones. «Sicilia evoca en mí la idea de Asia y de África, y no es ninguna minucia hallarse en el punto maravilloso en el cual convergen tantísimos radios de la historia del mundo», dice Goethe en vísperas de su partida hacia la isla.

Isla de naturaleza desasosegada, isla del caos y de la amenaza; tierra vacilante, tierra de magma y calígine, de yesos, de margas y de azufres; tierra de mares inquietos, de insidiosos escollos, de islas humeantes; tierra de pedriscal, de baldíos, de míseras extensiones desoladoras.

Isla de la quietud, del abandono, de la desplegada belleza fascinante; tierra de naturaleza generosa, de luz clara, de las aguas, los bosques, los jardines y los fragantes azahares. Isla de la existencia pura y discordante. Isla de la infancia, de los mitos y las fábulas. Isla de la historia. De historia de los inicios, de épocas de descubrimientos y conquistas. Historia de clásicos equilibrios, de decadencias y derrumbes, de barbarie. Crisol de civilizaciones, babel de las razas y las lenguas. Enigma nunca resuelto es Sicilia, álef, jeroglífico desgastado, menguado alfabeto.

Desde Pantálica queremos partir, desde su necrópolis, desde las escarpadas paredes de sus simas horadadas cual una colmena por miríadas de celdas, en las que piadosas manos colocaban acurrucados como en el seno materno a los muertos con sus humildes, primitivos objetos (abalorios, fíbulas, urnas, espirales, anillos, discos, estiletes, cadenas); desde este lugar extremo y abismal queremos partir, desde este umbral a través del cual se pasa de la escansión de la historia a la oscuridad del tiempo, a lo eterno circular e inmóvil, desde las aguas que desmemorian del Ánapo, desde este Averno, desde este lugar de sombras sobrevolando hacia la noche. Pues Pantálica es lugar de muerte sin duda, pero es al tiempo lugar de resurrección, de comienzo: es lugar-símbolo de esta compleja y discordante tierra de Sicilia, de su historia de recurrente destrucción y resurgimiento. Y cifra del símbolo es el insecto de oro, la abeja que da la cera y da la miel, la luz y el alimento, la abeja que va enjambrando por aquellos lugares,

…que ora se posa
entre flores, ora emprende el regreso
adonde su labor sazón alcanza…

Sobre la altiplanicie de Pantálica, donde están aún las piedras del anaktoron, el palacio del rey Hyblon, donde estaba la Hybla legendaria, la ciudad de cabañas que acogió a los emigrados de Grecia, sobre los tablazos todos de los Ibleos, desde tiempo inmemorial hay cultivos de miel: de la miel iblea de antiguo famosa, cantada por los poetas. Pueblos que tienen por nombre Melilli (mel) o Ávola (apicula), la abeja que figura en el blasón de ambos pueblos, así como el medallón en piedra, con panales y abejas esculpidos, en la fachada del santuario de San Sebastián de Melilli, nos hablan de esta floreciente industria Ibleos arriba, desde el territorio de Siracusa al de Ragusa. Antiquísima industria, que desde la prehistoria, a través de hebreos, egipcios, caldeos, griegos, romanos, llega hasta nosotros.

El etnólogo de Palazzolo Acreide, el poeta Antonino Uccello, reproduce en uno de sus libros un pasaje del anónimo compilador de Sicilia en perspectiva, publicado en Palermo en 1709, que en la voz Ibleos reza como sigue: «Montes por los territorios de Melilli, copiosos de suavísima miel por la multitud de las Abejas que atraídas por el tomillo, que allí se produce en abundancia, en ellos demoran; y por lo cual no hay poeta entre los Antiguos que deje de hacer de ello digna mención». Y los poetas que el compilador cita son Virgilio, Séneca, Silio Itálico, Ovidio, Teócrito. Otros añade a estos el etnólogo Burgaretta en su erudita antología.

Arte antigua la del melero, que en esta época nuestra de revolución tecnológica, de vuelcos culturales, milagrosamente aún se practica en los Ibleos con las mismas leyes y los mismos ritos de antaño. Y los meleros de Melilli, Solarino, Floridia, Noto, Ávola, Sortino, Chiaramonte, Ragusa Ibla, Módica, Scicli, descienden, como los reyes, de antiguas familias de meleros.

Y como un rey se nos mostró Giuseppe Blancato, el sabio melero de Sortino, blanco de nombre y de cabellos blancos, asentado ante la entrada de su caseta en el centro de su heredad, frente a las cuevecillas de Pantálica. «Mi vida la he vivido con las abejas. La abeja y la apicultura son una ciencia en sí mismas; si se lo conoce bien, este insecto fascina. El linaje de mi familia es todo de apicultores, abuelos, bisabuelos, antecesores y antepasados», nos dijo. Nos llevó a ver luego sus colmenas de férula, apiladas bajo un cobertizo, y nos sirvió en un cuenco un trozo de panal que rezumaba miel. Y dijo luego, tendiendo la vista alrededor por su heredad: «Aquí cada piedra es un recuerdo de la enseñanza y la moral que me transmitió mi padre».

Se nos presentó entonces Blancato como uno de los últimos intérpretes de una cultura, de una civilización cercana a su ocaso, el sacerdote superviviente de una religión casi ya por nadie practicada, la religión de la tradición inmutable ligada al mito de la tierra. Seguía siendo, el de aquel melero, el viejo mundo siciliano que Giovanni Verga había poética y trágicamente representado. Y las colmenas de Blancato precisamente nos remitían a este fragmento del Maestro-don Gesualdo: «La propia sala estaba aún puesta de luto, como había quedado tras la muerte de Don Diego, velados los retratos y alrededor las colmenas cubiertas de paño dispuestas por los parientes llegados al funeral, como se usaba en las antiguas familias.»

La sala era la de casa Trao, una familia de nobles venidos a menos, de seres exangües, inanimados, paralizados en su locura, que deambulaban como fantasmas en aquel palacio casi vacío, pero en el que ha entrado, al casarse con Bianca Trao, el albañil Gesualdo Motta, que da, con su extraordinaria energía y su voluntad, su primigenia pureza y verdad, nuevo impulso y seguridad a la estirpe; en aquella sala, aún puesta de luto por la muerte de Don Diego Trao, se celebra ese día el bautismo de la recién nacida Isabella. He aquí pues que el negro luctuoso de los paños se decolora en el blanco de la ropilla bautismal: la vida triunfa de la muerte; y las colmenas, dispuestas alrededor en la sala como escaños –usanza que llega al corazón de Sicilia, a Vizzini, quizá con el dominio español–, simbolizan este tránsito, esta metamorfosis, esta victoria; simbolizan, con la imagen de la ninfa o pupa –la pupa que pintaba de amarillo oro, de ocre, Graham Sutherland–, la vida que de la oscuridad de la celda sale a la luz.

Enjambres de abejas, por destrozo de colmenas, estrago de panales, volaban acaso sobre los escombros la mañana tras el terremoto nocturno que sacudió la costa jónica de la isla, los verdes Peloritanos, el Etna negro, los jaldes Ibleos, destruyó ciudades y aldeas. Volarían consolando casi, profetizando, con la vibración de sus alas, leve el zumbido, la rápida reconstrucción, en la toba del color de la miel, de las imaginativas, barrocas ciudades del Val di Noto.

© Vincenzo Consolo (herederos). Traducción del italiano: © Miguel Ángel Cuevas · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

 
 
 
 

0 Comentarios

Sé el primero en dejar un comentario.

 
 

Deja un comentario