El voto ciego

 

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– Este domingo tienes que votar a mi padre.
– ¿Y por qué debería votarle?
– ¡Hombre! De eso comemos.

Era un diálogo entre una chica de quince años, hija de un dirigente socialista, y un amigo suyo, pocos años mayor. Siempre he querido pensar que no reflejara lo que en aquella casa de un destacado político se enseñara a los hijos.

He recordado este diálogo, de hace 20 años, esta semana, cuando hemos tenido dos cataclismos en nuestro universo político. En el primero ocurrió lo inesperado: Reino Unido sale de la Unión Europea. En el otro, no ocurrió lo inesperado: que una fuerza de la izquierda formada en las protestas de calle conquistara el poder en las urnas en su primer asalto. Bueno, en el bis del primer asalto.

Muchos de los que nos consideramos de izquierda nos hemos preguntado cómo ha podido volver a ganar un partido que lleva años no sólo gobernando, con el desgaste habitual, sino que ha hecho lo posible para privatizar las ganancias y nacionalizar las pérdidas de aquel ataque y saqueo del bien común perpetrado por los bancos y llamado, con excesiva bondad, crisis bancaria.

La mentalidad del súbdito tiene asumido que los bienes no particulares son propiedad del señor

Porque ya no es que los juzgados están demostrando la corrupción masiva y sistemática del PP: este argumento se ha revelado inútil en campaña para convencer al votante, que invariablemente responde que “todos roban”. Mientras el ciudadano no sufre la corrupción de calle – tener que pagar al celador para conseguir cama en el hospital público – le parece que la corrupción no importa. Es invisible. El dinero público no existe. Vivimos en la mentalidad del súbdito que tiene asumido que los bienes no particulares son propiedad del señor, el que sea, rey, caudillo u obispado. Que haga con ellos lo que le plazca parece natural, y no nos importa, mientras nos otorgue su protección contra los bárbaros que acechan en el horizonte.

No, la corrupción no es lo que más debería haberle pasado factura al PP (siempre es fácil de contestar con el “y tú más”). Lo que debería haber hecho a la ciudadanía cambiar su voto es reconocer que el gobierno conservador del PP, y sus semejantes en toda Europa, son el brazo político de las grandes empresas que han traicionado el pacto social y han lanzado – la frase es de Warren Buffett, el hombre más rico de la Tierra – una guerra de clases contra los trabajadores, contra toda la ciudadanía. Eso es algo imperdonable.

El señor que pierde millones en la ruleta obliga a su chófer a limpiar el casino en sus horas libres

Lo que hemos vivido los últimos años es el caso del señor que pierde millones en la ruleta y que, para enjugar la deuda, obliga a su chófer a trabajar en horas libres limpiando el casino. En otros tiempos, uno se pegaba un tiro si se jugaba más de lo que podía pagar. Hoy, un partido en el poder simplemente deriva el dinero de educación, salud y pensiones a pagar las deudas de juego de los tiburones bancarios. Eso no es corrupción. Eso es ideología.

Al final, para conseguir cama en un hospital, tendremos que pagar a una empresa de Salud S.L., a un celador con corbata. Pero para darse cuenta de eso hay que ponerse a pensar. Y a los votantes no les gusta pensar.

¿Estoy llamando tontos a ocho millones de votantes del PP? Sí, porque es imposible que estos ocho millones estén en el bando ganador de la así llamada crisis. Es imposible que todos ellos formen parte de los empresarios, accionistas y gerentes que han cobrado durante estos últimos años mayores dividendos y mayores sueldos que en tiempos normales. Los que han sido ganadores de esta nueva distribución de la riqueza de abajo hacia arriba que es el resultado de esta nueva guerra de clases.

¿Cómo han podido? es la pregunta que nos hacemos muchos. Y la triste respuesta es que no han sido sólo ellos. También quienes votaron al PSOE han seguido, en gran parte, un reflejo similar de respaldar a “los nuestros”, pase lo que pase, se transmute el partido como se transmute. Es dolorosa la frase de la joven mencionada arriba. Pero es real. Y conozco a suficientes compañeros de Izquierda Unida como para saber que son incapaces de ponerle siquiera el adjetivo de dictador a un dictador que tenga la ocurrencia de declararse comunista. Prima la fidelidad.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

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