¡Qué demonios!

 

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¿Qué diablos les ha pasado? ¿se han vuelto locos? ¿Los británicos, precisamente?

Siempre he sido un anglófilo. Incluso de joven, cuando era miembro de una organización terrorista que luchaba por echar a los británicos de nuestro país. En esa época, yo estaba trabajando en un despacho de abogados que tenía clientes ingleses. La mayoría me caía bien. (Para nosotros en la colonia, todos eran “ingleses”).

Siempre he percibido a los británicos como gente sumamente racional. Serenos, moderados, reacios a mostrar sus emociones.

Y aquí están, tomando una decisión demasiado irracional en una cuestión de importancia histórica, dejando que su repulsa hacia los “extranjeros” oriente y desoriente sus votos.

Esta ocasión fue lo menos británico que cabe imaginar.

“El mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de conversación con el votante medio”

Los británicos están orgullosos de haber inventado la democracia moderna. Su élite nunca ha tenido ilusión alguna hacia el hombre común (ni mucho más tarde, hacia la mujer común). Los votantes británicos no tomaban decisiones fatídicas. Elegían a personas mucho más competentes para tomar las decisiones graves, gente formada para esta tarea. En realidad, a tomadores de decisión natos.

Los líderes democráticamente elegidos por el pueblo británico a menudo albergaban un desprecio poco disimulado hacia quienes los habían votado. El líder británico por excelencia, Winston Churchill, dijo la famosa frase de que “el mejor argumento contra la democracia son cinco minutos de conversación con el votante medio”.

Por lo tanto, cualquier tipo de plebiscito está totalmente en contra del carácter de la democracia británica. Un referéndum es una invitación a la irresponsabilidad. Una persona sigue sus emociones fugaces y puede votar por todo lo contrario al día siguiente (cuando ya sea demasiado tarde). Un voto por el “sí” o “no” en el calor del momento puede ser bastante aleatorio para mucha gente, cuando, además, el resultado depende de un 1% o 2%. (Un referéndum debe exigir al menos un 75% o 60% de la mayoría).

El Brexit puede ser un buen juguete para entretenerse. Pero es desastroso

El referéndum de la semana pasada demostró por qué los referendos son una irresponsabilidad. Una mayoría –aunque una pequeña mayoría- de los británicos votó democráticamente abandonar la Unión Europea.

¿Por qué, por el amor de Dios?

Por ahora, se han emitido e impreso miles de comentarios. Se han propuesto miles de explicaciones. Pero al final, todo se reduce a una cosa: los británicos están hartos de franchutes y teutones y demás ‘foráneos’ que quieren decirles lo que deben hacer por su propio bien.

Al infierno todos.

Recuerdo muy bien un cartel británico maravilloso después de la derrota de Francia en 1940: “¡Pues vale: iremos solos”. Los británicos de mi generación se acordarán siempre del espíritu de ese lema.

Pero esto no es 1940. El mundo ha cambiado. El mundo sigue cambiando. El Brexit puede ser un buen juguete para entretenerse. Pero es desastroso.

De todas las explicaciones dadas a esa decisión, la más convincente es que en todo el mundo democrático hay un creciente descontento, incluso rechazo, al sistema político existente.

Parece que muchos votantes británicos no han votado a favor o en contra del Brexit, sino a favor o en contra de los partidos del sistema.

Este sentimiento anima a los partidos de extrema derecha, y en algunos países también a la izquierda radical. Donald Trump es el hijo predilecto de este sentimiento. También, de un modo un tanto más agradable, lo es Bernie Sanders.

A los políticos se les ve como mercenarios corruptos de los más ricos

En Israel tenemos el mismo sistema prevalente, pero peor aún. La protesta espontánea que estalló al día siguiente de la Guerra del Yom Kippur en 1973, “¡Basta, estamos hartos de vosotros!”(O “¡Basta, que nos dais asco!”), que barrió del poder a Golda Meir y a Moshe Dayan, está hoy más presente que nunca.

El mundo democrático está harto del sistema. En todas partes, a los políticos se les ve como mercenarios corruptos de los más ricos, o, al menos, como fuera del contacto con la realidad.

La votación del Brexit es parte de esta tendencia mundial. Es un voto de protesta, que tiene poco que ver con la cuestión de la consulta. La Unión Europea es vista como una personificación de la clase alta, elitista, la burocracia no democrática, una réplica de la “élite” autóctona. Así que, ¡fuera!

Es una actitud infantil. Una pataleta de un niño a su madre.

Pero es más que eso. Mucho más.

Es la última resistencia del nacionalismo, un paso atrás para la humanidad.

Yo soy un nacionalista. Creo que la humanidad está todavía en la etapa de nación. Creo que ningún credo ni “ismo” puede superar el nacionalismo en el actual estado de empeño humano.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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1 comentario

  1. Luciano Tanto dice:

    Al fin un comentario (casi totalmente) compartible del tremendista autor…

 
 

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