«Como iraní soy consciente de lo que me regalaron las feministas»

Lila Azam Zanganeh

 
Lila Azam Zanganeh (Mallorca, Sep 2016) | © Alejandro Luque

Lila Azam Zanganeh (Mallorca, Sep 2016) | © Alejandro Luque

Formentor (Mallorca) | Septiembre 2016

“Preferiría no hablar de política”. Es la única condición que pone Lila Azam Zanganeh (París, 1976) antes de empezar la entrevista. Esa, y la de revisar las fotos que se le hacen, pues teme que el jet lag haya hecho estragos en su rostro. Objetivamente bella, de una cautivadora naturalidad, capaz de expresarse en siete idiomas, esta descendiente de iraníes afincada en Nueva York sorprendió hace cinco años con un libro, El encantador: Nabokov y la felicidad (Duomo) donde mezclaba experiencia personal y una sagaz lectura del autor de Lolita. En Formentor (Mallorca), adonde ha acudido invitada en el ciclo Conversaciones Literarias, responde a las preguntas de MSur.

Usted nació en París, al poco viajó a Irán, pero con siete meses abandonó el país junto con su madre, cuando estalló la Revolución, para no volver más. ¿Siente que su Irán es algo parecido a una construcción mental que le ha llevado toda la vida?

«Nací en esa fractura entre dos mundos, como si fuera un final y a la vez un principio»

Sin duda. Cuando llega la Revolución y miles de iraníes se exilian a distintos lugares, mi madre es la única de su círculo que por varias razones elige Francia. Así que cuando llegaban sus amigos pintores, escultores, filósofos, gente maravillosa que había tenido que marcharse de Irán, los invitaba a casa. Yo crecí oyendo a aquellas personas hablar de la Revolución, cómo ocurrió, qué pasó… Y de las calles de Irán, de ciertos puertos, de las montañas, de los bosques, del mar Caspio. Así construí en mi imaginario una novela muy larga, basada en aquellos lugares que nunca llegué a conocer, y que con el tiempo cambiaron de nombre, como ocurrió en Rusia tras la disolución de la Unión Soviética. Nací en esa fractura entre dos mundos, como si fuera un final y a la vez un principio.

En su libro habla de una nostalgia heredada de su madre, pero, ¿conoció también un miedo diferido, o cualquier otro sentimiento similar?

«La vida en el Irán de los años 40 y 50  se parecía mucho a la Rusia prerrevolucionaria»

Sí, porque en mi infancia toda la gente que nos visitaba repetía una idea: “Lo perdimos todo”. Habían perdido a sus familiares, sus vecinos, las casas, todo en un minuto. De modo que sí, tuve una herencia también de miedo. El fundamental, el miedo a que todo desaparezca de un momento a otro. Eso me ha ayudado a trabajar mucho, a cultivar un sentimiento de riqueza de lo que me rodea, de la belleza que tenemos alrededor. Y saber que todo eso que tenemos no es inmutable, puede cambiar muy fácilmente. Es, también, un sentimiento de humildad. Y un modo de entender que la cultura es lo único que queda cuando lo has perdido todo. Mi madre se pasaba la vida diciendo “mira qué bello es esto, mira esto otro”. Me enseñó el sentimiento de alegría que se puede experimentar ante un cuadro, o un pájaro. O ante tres frases que escribes y te dan un puñado de lectores. Pero el miedo no se te quita nunca. Siempre se piensa en un plan B, o C. Si llegara la III Guerra Mundial, ¿qué harías? ¿Te dedicarías a ser guía turístico, cantante…?

Su madre le leía fragmentos de Habla, memoria, de Nabokov, y afirmaba que le recordaba cosas de su propia vida. ¿Qué cosas eran esas?

Irán es hoy un país bastante distinto al de entonces, por la Revolución chií. Yo estudié el árabe, pero el persa es indoeuropeo, se parece a las lenguas romances. Y es un país cinco veces más grande que Francia, por ejemplo… Digo todo esto porque hay mucha diversidad. En el Norte hay bosques verdes, un clima dulce, otra cocina. Y mi madre creía ver en todo aquello algo que le recordaba a San Petersburgo. Aquel Irán le recordaba a Rusia. Y mi abuelo materno, además, hablaba ruso perfectamente. Mi madre también lo estudió, vinculándose a ese país de mil maneras. Además, la vida en el Irán de los años 40 y 50 era muy feudal, un país que alcanzaba la modernidad al tiempo que mantenía aspectos muy antiguos. Una cultura que se parecía mucho a la Rusia prerrevolucionaria.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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