No hay cabos sueltos

 

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Debo reconocer que lo del Majzén en Marruecos tiene mérito. Lo suyo cortando los problemas de raíz es lo que se llama efectividad y experiencia, dictatorial. La forma y la rapidez con la que ha lidiado el sistema con la crisis del vendedor de pescado aplastado por y en un camión de basura en Alhucemas me recuerda mucho a la película Les Choristes. Los chicos del coro, para los amigos. Salvando las distancias, claro, que aquí no está el patio para coros ni musiquita.

Cuando los chavales sacaban de quicio al director Rachin, el malo de la película que siempre estaba de muy mal humor, él ponía en marcha su pedagogía: acción-reacción. Para ese maestro de internado, el diálogo con los alumnos era una pérdida de tiempo y lo efectivo era la mano dura. Castigar, a quien sea, para dar ejemplo. Y si el castigado no ha hecho nada, no importa. “Si hoy no ha sido culpable, lo habría sido mañana. Esta gente no tiene remedio”, decía.

No se molesta en cuestionar si el sistema hace algo mal, ¿para qué? Si ha funcionado muy bien siempre

Rachin, al igual que el régimen marroquí, nunca recurre a la raíz del problema ni intenta encontrar la solución. No se molesta en cuestionar si el sistema está haciendo algo mal, y si todos pueden estar contentos si las cosas se hacen de otra manera. Claro, ¿para qué? Si el mismo sistema ha funcionado muy bien siempre. Para el profesor Rachin y para el régimen marroquí.

A todos nos ha dolido mucho el final, y especialmente las circunstancias en las que ha muerto el vendedor de pescado marroquí, Mohsen Fikri. Pero el sentimiento que hemos compartido muchos, y al mismo tiempo, ha sido: Marruecos tiene su Bouazizi. Nos acordamos todos del joven tunecino que encendió la llama en el mundo árabe y provocó la caída en serie de unas cuantos dictadores que parecían inamovibles.

Ambos eran jóvenes, vendedores ambulantes, pobres, oprimidos y víctimas de la corrupción policial que campa a sus anchas por el país. Ambas muertes fueron grabadas en directo por teléfonos móviles y corrieron como la pólvora por las redes sociales: el suicidio de Bouazizi, y el asesinato de Mohsen.

El Majzén reacciona rápido a la mínima sospecha, sabe medir la envergadura de las cosas

Al tunecino quisieron quitarle su verdura, su pan de cada día, y él se prendió fuego en mitad de la plaza. Al marroquí lo despojaron de su mercancía y la tiraron en un camión de basura. Él, frustrado, se tiró detrás, al interior del contenedor, con la mala suerte, o la mala baba (nunca lo sabremos), de que la trituradora estaba en marcha.

Pero… ¿por qué a pesar de tener a un Bouazizi, las consecuencias en Marruecos no son ni de lejos similares? Las armas de ayer no tienen por qué funcionar hoy, sería un argumento simple. Pero la verdadera razón va mucho más allá, se remonta a décadas de experiencia en el principio acción-reacción. El Majzén, como se conoce el sistema de gobernación marroquí forjado durante siglos, tiene mucha más experiencia, visión y reflejos de los que tenía Zine El Abidine Ben Alí. Hassan II ya fue un experto en esquivar la agitación popular, y en ello entrenó y formó a su sistema para una larga vida. El Majzén reacciona rápido a la mínima sospecha, sabe medir la envergadura de las cosas, y lo que es más importante: sabe lo que tiene que hacer, cómo, cuándo y en qué medida, para que las consecuencias no le pillen desprevenido.

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Acerca del autor

Imane Rachidi
Periodista (Chauen, 1991). Vive en La Haya.
Nacida en Marruecos, Rachidi se traslada en 2002 a España, donde...

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