La larga marcha

 

Irreprochable como trabajo: ni siquiera cae en estereotipos como recrearse en la miseria o los velos, no. Gran parte de los fotogramas muestran a niños felices, jugando y divirtiéndose incluso en las circunstancias más adversas, porque es así como son los niños. Muestra cariños, risas, bicicletas y paseos, una chica rubia tomando un café en Alemania: sí, ella es refugiada. Consigue así algo muy importante: en lugar de retratar un mundo ajeno, quizás temible, aunque sea sólo por distinto o por pobre, nos muestra lo cercanos que somos. Con este filme, en definitiva, nos entran ganas de invitar a una familia siria a nuestra casa.

Con este filme, en definitiva, nos entran ganas de invitar a una familia siria a nuestra casa

Esto es un gran acierto que no debe minusvalorarse (aunque es una falacia decir que para pedir al Estado que acoja a los refugiados hace falta primero querer invitar a un sirio a casa: para eso basta con leerse la ley. A nadie que exija más subvenciones a la Cultura se le exhorta a invitar a los Iron Maidens a tocar en su dormitorio).

Hay otra tentación en la que no cae Hernán Zin: la de hacer preguntas. En esto también se mantiene fiel a la línea del reporterismo ejercido durante todo este año en el asunto refugiados. Cuenta la larga marcha a través de los ojos de varios niños, pero ni nos llama la atención porque todo lo que la prensa nos ha contado este año sobre el duro destino de los refugiados es lo mismo que unos niños pueden decirnos: Tenemos hambre. No tenemos donde dormir. Me duele. Echo de menos a mi familia. En Alepo vi a morir a mi padre. Tenía miedo en la barca. Aquí nos tratan bien.

Hay preguntas que no deben hacerse: podrían inducir a reflexiones sobre la dinámica de las mafias

De ahí nunca se ha salido la prensa, y tiene cuidado Hernán Zin de no salirse de ahí tampoco. La atención al refugiado en Bélgica o Alemania ¿es realmente tanto mejor que en Turquía como para correr el riesgo de ahogarse, aparte de gastarse sumas de dinero con los que se podría vivir años enteros? Esta pregunta no debe hacerse: podría inducir a reflexiones sobre la dinámica de las mafias, el negocio con la ilusión, el papel de las leyes y prohibiciones estatales para reforzar tanto la ilusión como el negocio, el enorme descalabro psicológico final que esperará a muchos refugiados que han llegado a Europa.

Contra estas preguntas nos protege Zin: no deben hacerse, no conviene, podría parecer que diéramos la razón a los racistas. Es mejor que en la memoria se queden el oscuro pasillo y las desvencijadas escaleras de una habitación en alguna ciudad del sur de Turquía donde al niño herido le ponen una venda limpia en la cabeza, una especie de “hospital para sirios”, dirá su tío, obviamente medio clandestino. No vaya a ser que nos enteremos que desde 2013, todos los refugiados sirios tienen atención básica gratuita en los hospitales públicos turcos, en ambulatorios y camas que no se distinguen de los europeos (pero que no dan permiso para rodar en su interior, eso es cierto). No vaya a ser que en lugar de sentir la obligación ética, incluso el deseo, de ayudar a los refugiados caigamos en la tentación de reflexionar sobre lo que sucede.

Ah ¿usted dudaba de si tenemos la obligación ética y legal de ayudar a los refugiados, al margen de toda reflexión? Vaya a ver esta película inmediatamente. Por favor.
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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

La larga marcha
 
 

2 comentarios

  1. Jack dice:

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