Militares contra el alcohol

 

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Justo antes del túnel de Ahmed Hamdy, que conecta la principal masa de tierra de Egipto con la Península del Sinaí, hay dos puestos de control, uno tras otro. El primero lo gestionan los militares y el segundo, el Ministerio de Interior. Este fin de semana, cuando viajaba a Sinaí con un grupo de amigos, nos pararon en el punto de control militar. Los reclutas insistieron en registrarnos, y una simple pregunta de cuál era el objetivo les hizo volverse muy firmes en su decisión de peinar todas las bolsas.

La búsqueda hizo aparecer una botella barata de tequila que había comprado una vez en una tienda duty-free al llegar de un viaje al extranjero. La colocaron en el arcén y continuaron registrando las bolsas. Mientras tanto, de vez en cuando un recluta cogía la botella, la escudriñaba y la ponía otra vez en el aslfalto. Eso pasaba dos o tres veces. Al final, sin haber encontrado más que la botella, nos informaron de que teníamos que romperla, al no tener recibo de la compra, aunque las etiquetas en la propia botella indicaban claramente que provenía de las tiendas duty-free egipcias.

Era un cementerio de botellas de alcohol, las verdes de Heineken, botellines de cerveza egipcia…

Nos extendieron una especie de papel para certificar que habían encontrado la botella y que ésta sería destruida. Yo argumentaba que la botella no era ilegal en absoluto, dado que la que había comprado de acuerdo con las severas leyes de alcohol del Estado. Por toda respuesta, el oficial presente me amenazó con interponer denuncia contra mí. Yo le dije que volvería a casa para buscar el recibo o mi pasaporte, pero esta idea le parecía ridícula al oficial: sugirió que era mucho más fácil coger y romper la botella. Los otros siete, que habrían tenido un retraso innecesario, estaban de acuerdo en que no valía la pena hacerlo por una botella de 25 dólares

El oficial, con una estrella en cada hombrera, me dio las instrucciones: tenía que lanzar la botella contra las rocas tras la cafetería vecina. Era un cementerio de botellas de alcohol, cubierto de añicos verdes de Heineken, así como de botellines de cerveza producida en Egipto, lo que mostraba hasta qué nivel de absurdo llegaban las normas impuestas cada día por el control.

Tiré la botella al aire lo más alto que pude, pero no cayó en las rocas. Le dije al oficial que si algo falla durante una ejecución, ya no se vuelve a intentar matar al reo. Me miró incrédulo y me preguntó: “¿Qué has dicho?” Se lo repetí y se molestó: “No, es que no la tiraste bien contra las rocas”.

El militar estaba minando la autoridad del Estado, que me había permitido adquirir esa botella

Lo hice de nuevo, tirándola alto en el aire e intentado apuntar bien para que aterrizara en las rocas. Pero de nuevo, no se rompió. Le sonreí al oficial y le dije: ¿Ves? Eso sólo le molestó más. Uno de mis amigos, que tenía ganas de continuar viaje cuanto antes, dijo que se ocuparía él. Apuntó y tiró la botella horizontalmente contra las rocas. Pero sólo se rompió en el segundo intento.

Una vez que estaba todo hecho y terminado, le dije al oficial que me dirigía a él como ser humano, no como oficial militar, y que me parecía que todo el incidente no tenía sentido alguno. Le dije que me había quitado algo que me pertenecía, y que estaba minando la autoridad del Estado, que me había permitido adquirir esa botella. Me respondió que eran sus órdenes y que tendría que cambiarse de chaqueta para poder hablar del asunto. Le dije: “Vale, pero no estoy hablando con tu chaqueta. Estoy hablando contigo”.

Menos de 50 metros más tarde nos encontramos al siguiente punto de control, esta vez bajo mando de la policía. El agente de paisano, con la culata de la pistola sobresaliendo del cinturón, exigió a los hombres del grupo a bajarse del coche, mientras que las mujeres se podían quedar sentadas. El policía, bastante joven, actuaba como si supiera que algo no encajaba. Encontró un folleto doblado y empezó a olerlo, preguntando: “¿Quién ha tomado polvo?”, en referencia a la heroína. El conductor dijo que ninguno del grupo andaba con esas cosas. Encontró otro papel con restos de algo blanco y dijo: “¿Lo ven? ¡Es heroína!” El conductor le aclaró que era sólo detergente de la última vez que lavó el coche.

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Acerca del autor

Wael Eskandar

@weskandar

Periodista (El Cairo). Bloguero y analista, Wael Eskandar ha colaborado con diarios egipcios...

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