Dos veces asesinado

 

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A Dalla Chiesa se lo tragó el abismo de la complicidad entre el Estado y los alrededores de la P2, la mafia y los servicios secretos, el dinero sucio y los operativos de investigación a sueldo, empresarios sicilianos de la construcción que, partiendo de Catania, habían metido ya las manos hasta el codo en Palermo, los alrededores de la Palermo bien, y los clanes democristianos bajo el mando de un gurú llamado Vito Ciancimino.

Dalla Chiesa fue asesinado, junto a su mujer Emanuela Setti Carraro, porque el Poder romano, personificado en el imperecedero Giulio Andreotti, lo mandó a la trinchera más difícil de la Italia de aquellos años, no dotándolo, metafóricamente se entiende, ni de casco ni de chaleco antibalas.

Dalla Chiesa fue nombrado gobernador civil, sin los poderes de un gobernador civil, porque tenían que inventarse a un oficial con el penacho ya que, un día antes de su llegada –que él mismo anticipó con ejemplar sentido del deber– ya habían sido debidamente degollados por el mismo abismo mencionado antes, Pio La Torre, secretario del PCI siciliano, y Rosario di Salvo, militante del mismo partido que se había ofrecido como su chófer.

Dalla Chiesa pasó los llamados “cien días” en una espasmódica carrera contra el tiempo que, desgraciadamente, al final se reveló como lo que era: una macabra cuenta atrás.

Dalla Chiesa aprovechó los llamados “cien días” para comprender, conectar viejos indicios que años antes había empezado a remover en Corleone, como fiel Carabiniere: para refrescarse la memoria sobre los nombres de cuatro “caballeros del mérito al trabajo” de Catania que hacían y deshacían, a golpe de talonario, los venerables gobiernos de la ‘Autonomía Siciliana’ en el palacio de Orleans, ya entonces centro de fechorías.

Dalla Chiesa iba a las escuelas a hablar con los jóvenes.

Lo hacía porque creía que la lucha antimafia no era cometido exclusivo de “especialistas en la materia” –en esto pensaba como Rocco Chinnici, el jefe de la oficina de instrucción que, años después, acabó de la misma forma–, sino que era un deber de toda la sociedad civil.

Lo mataron tanto el Estado-Mafia como la Mafia-Estado de aquellos años, que tenían infinitos motivos para eliminarlo

En otras palabras, trabajaba y buscaba consenso. Pero el hecho es que, trabajando, multiplicaba exponencialmente su número de enemigos. Dalla Chiesa, en Palermo, era detestado, era odiado, estaba en el punto de mira desde el día de su llegada. Ninguna ejecución en Palermo fue, como la suya, anunciada, reivindicada, ostentada, favorecida y, finalmente, consumada.

Han pasado 34 años desde entonces.

Lo mataron tanto el Estado-Mafia como la Mafia-Estado de aquellos años, que tenían infinitos motivos para eliminarlo. Dalla Chiesa, no obstante, no era ningún desprevenido. No era un fanfarrón de la antimafia. Sabía que estaba manejando nitroglicerina en estado puro. Y se quiso guardar las espaldas, de cara al futuro, escribiendo un diario top secret que custodiaba celosamente en la caja fuerte de su casa, en villa Pajno, sede del gobierno Civil de Palermo, que para él era el lugar más seguro del mundo.

De esta costumbre suya de no escribir en el agua, sino en negro sobre blanco, eran conscientes sus familiares y, desgraciadamente, también personas de su entorno investigativo. No podía pensar Dalla Chiesa, que el lugar más seguro del mundo, la caja fuerte custodiada del Gobierno Civil, estuviese expuesto al robo a mano de manitas y de manotas de aquel Estado-Mafia y de aquella Mafia-Estado con los cuales se había topado.

¿Para qué tener un diario, cuando se está convencido de tener al Estado de tu parte?

¿Para qué tener un diario, cuando se está convencido de tener de tu parte a los Carabinieri? ¿Para qué tener un diario, cuando se está convencido de tener de tu parte a esos exponentes del Poder Romano que apenas te han nombrado gobernador civil diciéndote que te mandan para allá abajo “para vencer la batalla campal contra la mafia”?

Dicen: ¿Y cuál sería la prueba de que fue el Estado, con su doble cara, el que lo mandó a Palermo para hacerlo asesinar? ¡Caramba! La caja fuerte fue vaciada. Su diario, nunca hallado.

¿Qué más queremos?

También Falcone, años después, escribió un diario, que nunca fue encontrado. También Borsellino tenía una “agenda roja”, en la que anotaba todo, que nunca fue encontrada.

“El muerto que camina” debe morir, pero el muerto no puede dejar sus pensamientos y sus descubrimientos por escrito.

Otra moraleja de la fábula, 34 años después, no alcanzamos a verla.

© Saverio Lodato | Publicado en Antimafiaduemila | 4 Sep 2016 | Traducción del italiano: Carmen Pliego

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Acerca del autor

Saverio Lodato
Periodista (Reggio Emilia, 1951). Vive en Palermo, como reportero y ensayista especializado en temas de la...

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