«El mundo emocional no ha cambiado tanto desde los tiempos de la Biblia»

Zeruya Shalev

 
Zeruya Shalev (Madrid, Nov 2016) | © Alejandro Luque /M'Sur

Zeruya Shalev (Madrid, Nov 2016) | © Alejandro Luque /M’Sur


Sevilla| Noviembre 2016

La entrevista, que tiene lugar en la sede de su editorial Siruela, es accidentada: Zeruya Shalev (Kibutz Kinneret, 1959) debe estar pendiente del teléfono, pues esta misma mañana ha recibido la noticia de que la zona donde vive es una de las afectadas por los incendios que han asolado las proximidades de Haifa y algunas áreas boscosas cercanas a Jerusalén y en Cisjordania. Hasta hace un rato, de hecho, no lograba localizar a su marido, y no sabía si la escuela de su hijo había sido desalojada.

A pesar de ello, la autora de Lo que queda de nuestras vidas, premio Femina Étranger 2014, trata de responder a MSur entre llamada y llamada. Traducida a 22 idiomas, es una de las voces más destacadas de la literatura actual en su país gracias a títulos como Vida amorosa (1997) –que obtuvo el Golden Book Prize de la Unión de Editores y Ashman Prize– Marido y mujer (2000) y Thera (2007).

«En el kibutz había que vivir según unas reglas que causaron mucho daño a mucha gente»

Dedicada profesionalmente a la escritura después de abandonar sus estudios bíblicos, superviviente de un atentado en el que murieron once personas, Zeruya Shalev trata de abrirse paso en el mercado español tras vender más de un millón de ejemplares en Alemania, donde su novela Vida amorosa fue llevada a la gran pantalla y provocó numerosas polémicas. Entre ellas, la de la emancipación de la mujer: la novela muestra a una joven en una situación de dependencia emocional y sexual de un hombre mayor, antiguo amante de su madre.

También en Israel, la novela causó revuelo en los colectivos conservadores, chocados por las explícitas escenas sexuales y el cuestionamiento de la fidelidad conyugal como valor fundamental. Ni falta quien se pregunta por el aspecto autobiográfico de novelas como Thera, donde describe una “familia tardía”, es decir compuesta por personas de diferentes fases vitales: la propia escritora vive con su tercer marido, dos hijos de diferentes matrimonios y uno adoptivo.

Usted nació en un kibutz. ¿Eran espacios de comunismo perfecto, ideal?

Nacieron con las mejores intenciones, con los propósitos más puros. Pero en muchos sentidos eran inhumanos, hay algo antinatural en estos experimentos. No vale para todo el mundo. Mis abuelos, que vinieron de Polonia y Rusia, eran muy idealistas. Para ellos el kibutz estaba bien, y también para algunos amigos suyos, pero no para todo el mundo. Había que vivir dentro de unas reglas, que causaron mucho daño a mucha gente.

¿Qué queda de los kibutz hoy? Fueron las células fundadoras de Israel, ¿son ahora los sueños rotos de aquella generación?

«Algo positivo de Israel es que no hay división de clases, quizá porque es un joven país»

Sí. Pero los kibutz son solo una parte de Israel. Fue una parte importante, pero ahora no lo es tanto. Sirvieron para establecer el Estado de Israel, pero ahora el país se ha vuelto más materialista y más global. Ya no existen kibutz como los de antes. Sus habitantes ya no son relevantes en la vida de Israel.

¿Había niveles sociales distintos dentro del kibutz, entre asquenazíes y mizrajíes?

No, no. Algo positivo de Israel es que no hay división de clases. Quizá porque es un joven país, no se construyó una sociedad de clases, es una sociedad abierta, también en el kibutz.

¿Sería posible una novela sobre el matrimonio entre un asquenazí y una mizrají, o al revés?

Hay muchas parejas así. Ya no es algo importante; ahora conozco a muchas parejas. No es algo diferente.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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