Fadhila El Farouk

 

Hablar de mujeres

Fadhila El Farouk | Chaoui 5 / Creative Commons

Fadhila El Farouk | Chaoui 5 / Creative Commons

Vergüenza es el título de la tercera novela de Fadhila El Farouk (seudónimo de  Fadhila Melkemi, nacida en Aris, Aurès, Argelia, 1967), la única traducida al español. En original – porque El Farouk escribe en árabe, aunque su lengua materna es el tamazigh – se llama تاء الخجل, que podríamos traducir como “La A de la vergüenza”; Vergüenza en femenino, en la opción de los traductores franceses.

Vergüenza es lo que debieron de sentir muchos editores árabes al ver el manuscrito: habla de violaciones. Habla de las violaciones cometidas en Argelia en los primeros años noventa, a menudo por los islamistas alzados en armas contra el Gobierno. Violaciones que dejaron a mujeres destruidas, repudiadas por sus familias, abocadas a la prostitución. La escritora lo cuenta, lo entrelaza con su propia historia, sus sentimientos, sus sueños de amor. Normal que ningún editor lo quisiera. Hasta 2003.

Mientras tanto, Fadhila El Farouk había abandonado su país: en 1995, en plena guerra civil, se exilió a Líbano, donde se ha hecho un nombre como escritora, ensayista, periodista. Franqueza es la palabra más repetida en las críticas de sus obras: no hay mucha costumbre de hablar con esa claridad del sexo, sea el violento o el deseado. No le tiembla el dedo al escribir dedos, labios, orgasmo. El descubrimiento de la lujuria se llama otra obra suya, publicada en 2006. Otras son Un momento para robar el amor (Relatos), Humor de una adolescente, Las regiones del miedo. También escribe poesía.

Vergüenza fue publicado en España en 2008 por Visión Libros, en la colección Alfalfa, dirigida por Abdel Hadi Sadoun, pero hoy casi imposible de encontrar. Por ello, Alfalfa ha cedido un fragmento de la obra  -el segundo capítulo – a M’Sur. Aquí hablamos de adolescentes en Aris, la ciudad natal de la autora, atrapadas entre las tenazas de una sociedad patriarcal donde la apariencia importa por encima de todo.

[Ilya U. Topper]

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Los hombres de mi familia y yo

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Aris es molesta, te lo he dicho muchas veces.

Sus hombres son molestos, sus mujeres charlatanas y sus niños dan miedo; te lo he explicado muchas veces.

Pero tú no me entiendes.

La tarde estaba triste y el jardín se ahogaba de aburrimiento. Yo, de pie ante el muro de atrás, contemplaba tu casa. Las luces de tu habitación se habían encendido temprano.

La imagen de la deprimente boda a la que asistí ayer todavía sigue como una herida en mi memoria.
El novio salió sudando de la habitación y las mujeres se abalanzaron sobre la novia. Estaba llorando y les oyó repetir que el novio no había hecho nada.

La madre del novio lloró. Al cabo de una hora llegó un viejecito a la casa. Se sentó un rato a solas con la novia y su familia y después se marchó.

El novio volvió a entrar y al poco rato Mohammed salió. Las mujeres tocaron a la puerta de la habitación antes de que saliera y una de ellas dijo sin rubor: – ¡Vamos!

¿Cómo pudo hacerlo en minutos? No entendía nada, pero me dio asco ver el camisón de la novia manchado de sangre.

Las mujeres gritaban de alegría y la novia fingía inocencia.
¡Qué horrible que una de nosotras sea novia!

Sima, mi prima, se acercó y me dijo al oído:

–¿Te has fijado que la novia estaba “marcada”?

No le contesté; me odiaba a mí misma y odiaba ver a las mujeres, de modo que regresé a nuestra casa e intenté olvidar aquella boda.

Aquellos ritos eran ajenos a nuestra familia, éramos muy distintas del resto de las mujeres… o al menos así lo creía yo.

Se levantó una brisa fría.

Se apagaron las luces de tu habitación.

Se apagó mi corazón. Pasó un coche deprisa, haciendo mucho ruido. Cerré los ojos y de pronto te eché de menos, pero una voz interrumpió mis pensamientos:

–¿Por qué te gusta este lugar?

Me di la vuelta: era mi primo Yasin.

–¿Me estabas espiando?

Me contestó con los ojos ardientes:

–¡Si!

Comprendí que me quería decir algo.

–¿Qué quieres?

– A ti –me espetó.

Me separé de él. Me persiguió.

Me cogió por detrás, yo le empujé y le grité en la cara:

– ¡Ay de ti como vuelvas a tocarme!

Un perro ladró al lado.

Yasin sonrió con maldad.

–¡Serás puta! ¿Nasr Adin te merece más que yo?

Le abofeteé y me fui.

Al día siguiente me lo encontré en las escaleras. Me abordó tranquilamente y me dijo:

–Sé obediente o te mato.

Yo era muy cabezota. Lo miré sonriente y le dije:

–¡Tú mismo!

Y repitió con descaro:

–¿Es que no tienes a nadie más que a Nasr Adin, el hijo de Masuda?

Le contesté:

–¡Al menos es más limpio que tú!

Era limpio de verdad. Lo que más me gustaba de él era su limpieza. Y, además, no tenía la maldad de los hombres o al menos de los Bani Maqran. La maldad de los Bani Maqran era de otra especie, como lo que pasó aquella noche; el tío Bu Bakr entró enfadado donde estaba mi padre. Se sentó a solas con él en la habitación de invitados y le dijo:

–Todas las chicas de la universidad vuelven preñadas. ¿Es que vas a quedarte esperando a que te llegue la deshonra?

Mi padre le contestó enfadado:

–Hasta aquí hemos llegado. Ya no somos hermanos.

–Pero hombre, que la han visto con Nasr Adin, el hijo de Masuda, más de una vez.

Y como si quisiera defenderme, mi padre dijo:

–¡Pero si los hijos de Masuda están en la capital!

Y mi astuto tío le interrumpió:

–Viene de la capital expresamente a verla.

Me fui del balcón y entré en la sala de estar, donde estaba mi madre viendo la televisión. Me senté a su lado y se rió irónica:

–¡Este cabrón! ¿No se cansarán él y la tía Kulzum de hacerle maldades a los demás?

–¿Estabas escuchando como de costumbre?

–¡Nada se me escapa de esta casa!

El miedo apareció en el rostro de mi madre; sus ojos expresaban más que un suspiro. Se quedó sin palabras. Sus dedos buscaron el corazón para tranquilizarlo.

–Hija mía… los hombres de la familia te destrozarán.

–Ya veremos quién destroza a quién –le dije a mi madre.

La máxima de Guy Des Car vino a mi cabeza: “Ante un hombre, nos enfrentamos a toda clase de peligros”. ¿Cómo me enfrentaría a mi padre, a mis tíos y a los jóvenes de la familia?

Yo tenía en mi poder una fuerza invencible: el amor de mi padre a la ciencia.

 

Estaba segura de que por eso precisamente se le pasarían las ganas de discutir, como así fue. Pero Sidi Ibrahim sugirió otra cosa cuando se enteró del asunto: sugirió que fuese desposada con Mahmud o con Ahmad. Yo no sabía que aquella sugerencia afectaría a las chicas de Bani Maqran y que sería como un chicle en sus bocas, pero no me importaba. Cogí mi cartera y regresé a Costantina. Me quede allí hasta que me enteré del arresto de Mahmud. Quedó claro que había sido activista de un grupo islámico radical, pese a no tener barba ni vestir como ellos. En cuanto a Ahmad, me sorprendió un día en la universidad; era un Ahmad totalmente distinto al que yo conocía. En sus ojos, una osadía que no había visto antes. Me dijo:

–Tenemos que oponernos a que decidan nuestro destino…

Lo entendí. Se refería al matrimonio.

–Yo me he opuesto.

–Tú te has escapado. Allí, en nuestra casa, la decisión ya es firme. Por supuesto, no sabes lo que ha pasado tras la detención de Mahmud. Nos han interrogado a todos y puede que estemos vigilados. Hay quien dice que podemos ser acusados falsamente de cualquier cosa, sobre todo después de que hayan encontrado armas escondidas en el corral. Por lo que a mi respecta, un amigo me ha matriculado en la Universidad de Grenoble. Me iré dentro de uno o dos meses y procuraré encontrar algún trabajo antes de que empiece el curso.

Le interrumpí:

–Pues que bien. ¿Y dónde está el problema?

Me contestó sonriente:

–En que todos han decidido que nos casemos antes de que me vaya.

Me quedé conmocionada, pero pensé con rapidez:

–¿Y doña Aisha, qué ha dicho?

–Ella quiere a Suda’a o a Rihana para mí. A mí me dan igual las dos.

Me reí… y antes de que dijera nada, me interrumpió:

–Te ríes porque piensas que no tengo personalidad; no dudes que una Bani Maqran es un millón de veces mejor que cualquiera que no lo sea. ¿Te has olvidado del carnaval de Mohammed el Sharif?

Se refería a la boda del hijo de los vecinos en la que había estado. Como cualquier mujer, le pregunté sin pensar:

–¿Entonces, por qué me rechazas?

Me miró un instante y me dijo:

–¡Porque Nasr Adin es mi amigo!

En ese momento, Costantina empezó a llorar; me envolvió el silencio y, de repente, el pasado hizo brotar amargas lágrimas y tus ojos nadaron en el cielo. Y yo, una cometa lastrada por el agua…

–Guarezcámonos de la lluvia –dijo Ahmad. Pero no le contesté. Quedarse bajo la lluvia era mejor que resguardarse de ella, más hermoso que marcharnos. Era un hombre atractivo que sabía dónde poner sus dedos, dónde posar sus labios, como colmar a una mujer, abrazarla y seducirla. Cómo hacer que llegara al orgasmo. Aquel fue un gran día, el mejor de todos, cuando Ahmad se despidió de mí y me prometió que hablaría contigo, que retomaríamos nuestra rota relación…

Tuve miedo.

 

Hubiera preferido mantener aquella distancia entre nosotros; la distancia del fuego, la de no tocar, la de la pureza.

Pero quise torturarte también; dejarte perplejo y quedarme yo perpleja. Era sádica a más no poder.
Quise frenar a Ahmad, pedirle que no abordase el asunto contigo, pero la lluvia, pero Costantina…
La lluvia caía sobre mí. Los puentes gemían, las palomas volaban hacia la niebla…

La colina de la universidad tembló.

Los dedos de la lluvia llegaron al final de mi espalda, te imaginé frente a mí recitando poemas, con tus ojos clavados en mí. Se levantó un viento frío que no le importó a Costantina. Arrojó a un lado lo que le quedaba de ropa y empezó a lavarse, a seducir.

Imaginé que tus dedos tocaban mis labios, que me pedías un beso. Y que yo casi te lo daba, a no ser por el alboroto del edificio de Letras y por mi lejanía de la lluvia.

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© Fadhila El Farouk.  | Traducción del árabe: © Fernando Juliá y Ahmad Yamani · Primero publicado en Caleta (Dic 2015)

 
 
 
 

1 comentario

  1. …hubiera sido útil explicar que el tamazigh -lengua del Rif berebere- anterior a la colonización árabe- es el idioma de una minoría sometida por el islam.

 
 

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