Javier González-Cotta

 

Donde empezó el siglo XX

Javier González-Cotta (Estambul) | © J. G-Cotta

Javier González-Cotta (Estambul) | © J. G-Cotta

Acaba de publicar Javier González-Cotta en una cuidadísima edición de la editorial Pre-textos el libro -una proeza de más de 600 páginas, complementadas con 32 de fotos históricas- que por información y pulso literario será la obra de referencia en español sobre uno de los espantosos hitos militares de la Iª Guerra Mundial. En Viaje por Galípoli. La batalla sobre el tiempo su autor viaja un siglo después a la península de Galípoli (Çanakkale en turco) para describir los escenarios del conflicto que enfrentó en la antesala de Estambul a las tropas aliadas británicas, australiano-neozelandesas (Anzac) y francesas contra las fuerzas turcas (asesoradas por oficiales alemanes).

Al tiempo que recorre las antiguas trincheras y en los cementerios se fija en los nombres de las lápidas de los caídos al borde de paradisíacas calas mediterráneas, el viajero-narrador abre el objetivo para entrelazar vidas e Historia: relata con todo detalle quiénes eran estos hombres, analiza día a día cómo se desarrolló esta campaña de ocho meses y contextualiza su significado dentro de la Guerra Mundial y de la historia de Turquía, Europa y el mundo. Galípoli, en la frontera entre Occidente y Oriente, fue la batalla de un planeta ya globalizado donde soldados procedentes lo mismo de las colonias francesas en África que de la remota Oceanía fueron a matarse con desconocidos defensores que a su vez venían de los cuatro rincones del imperio otomano.

De 800.000 soldados de ambos bandos que se enfrentaron aquí, unos 142.500 murieron y otros 357.500 cayeron heridos, fueron presos o desaparecieron. Viaje por Galípoli cuenta en tiempo presente, como si ocurriera ahora mismo, cada paso de la batalla, y, cuando callan los cañones, acompaña a los expedicionarios aliados que tras la guerra volvieron a este paisaje con la misión de identificar a sus muertos y enterrarlos en los dignos cementerios que hoy siguen jalonando la costa. Se alternan con los mausoleos que las autoridades turcas construyeron mucho después para honrar a sus propios muertos -la mayoría enterrados en su día en fosas comunes sin más miramientos- y con los que siguen exaltando al pie de gigantescas banderas el recuerdo de aquella victoria nacional.

Fue una victoria inútil, porque aunque los aliados no lograron entonces atravesar el estrecho de los Dardanelos, acabarían ocupando Estambul de todas formas, pues la sangría de Galípoli contribuyó al desgaste y la definitiva caída del imperio otomano turco.

Basta mirar el mapa -como los que, fundamentales, abren el libro- para entender por qué esta tragedia se abatió precisamente sobre Galípoli. Esta alargada península de Turquía es la embocadura sur del estrecho de los Dardanelos, el pasadizo acuático, con una orilla en Asia y la otra en Europa, que comunica el Mediterráneo oriental con Estambul, el estrecho del Bósforo (otra llave geográfica), el mar Negro y el sur de Rusia. El lugar suma a su emplazamiento estratégico el aura legendaria de la historia antigua: por los Dardanelos, el antiguo Helesponto, se enfrentaron griegos y persas y a pocos kilómetros, en la orilla asiática, se encuentran las ruinas de Troya.

Dos de los que luego serían de los más importantes estadistas del siglo XX fueron protagonistas de la batalla de Galípoli: por un lado el inglés Winston Churchill, empeñado como jefe supremo de la más poderosa armada del mundo en tomar Estambul desde el mar, y por el otro Mustafa Kemal, el oficial turco que se erigirá en héroe del triunfo de Galípoli y pocos años después, más conocido como Atatürk, será el líder de la Turquía moderna surgida de las cenizas del imperio otomano. A sus órdenes lucharon los desdichados soldados rasos (también algunas mujeres en el lado otomano) a los que este libro rescata ahora del olvido. A todos ellos les dedica González-Cotta su rememoración viajera, “en especial a los enterrados en algún lugar frente al mar y que, un siglo después, carecen de lápida”.

[Eduardo del Campo]

Lone Pine, la carga y la sangre

 

El campo de batalla por el sector Anzac ofrece otra ruta alterna a la de los enclaves situados junto a las playas. Este segundo periplo discurre a considerable altura respecto al nivel del mar Egeo. Se inicia a partir de los viejos cotos de trincheras y gazaperas que rodean al área circundante de Lone Pine. Palabras mayores, Lone Pine. Desde el 1 de mayo de 1915, tras las violentas sacudidas entre ambos bandos, los otomanos se refieren a esta zona por el nombre de cresta ensangrentada (Kanlısırt).

Desde Lone Pine a las estribaciones de Chunuk Bair (esto es, de sur a norte por toda la cabeza de puente Anzac), se desarrolla una lucha aniquiladora por alcanzar los objetivos. La sarracina se repite una y otra vez alrededor de las cotas asignadas. Las líneas de trincheras se defienden con una fiereza animal. Los unos, en terreno adverso, atacan siempre en cuesta. Los otros mantienen la posición hasta el último hálito de vida (incluso llegan a contraatacar con demencial empeño). Los primeros la emprenden con el mar a su espalda. Los segundos lo tienen de cara, lo cual les permite contemplar, una tarde tras otra, el ceremonial ocaso por el poniente.

En el camino a Lone Pine el visitante se topa con una estatua simbólica. Un soldado turco sostiene en sus brazos a un australiano malherido. Pretende devolverlo a los suyos, de vuelta a su trinchera. Los mapas turísticos sobre Galípoli siempre llevan impresa la imagen de esta estatua. Los expertos en la materia la rechazan de plano (caso de los turcos Gürsel Göncü y Şahin Aldoğan, autores de una magnífica guía histórica sobre el campo de batalla). No está documentada en absoluto la veracidad de esta escena. Todo obedece a un simbolismo de apaño, carente del más mínimo rigor. Pero ahí sigue en pie el resultado, en homenaje a los valores solidarios que se le atribuyen al Mehmetçik (nombre popular, como se sabe, asociado al soldado turco). Los puestos de recuerdos sobre Galípoli que hay en ciertos enclaves suelen vender imanes con la imagen de este Mehmetçik, el falso samaritano.

El actual y remozado cementerio turco de Karayörük Deresi se sitúa a unos 200 metros de Lone Pine. Ningún resto queda del conjunto lapidario original de 1915. Los nombres de 1.153 soldados, pertenecientes a varios regimientos otomanos de la 16.ª división, figuran como enterrados en el camposanto. Antaño, donde hoy se levanta el nuevo recinto, los turcos mantienen aquí una segunda y bien pertrechada línea de trincheras. Los combates por el entorno se dirimen con la habitual crudeza.

Contiguo a Karayörük Deresi se alza otro de los repetitivos monolitos turcos que, no obstante, no se debe soslayar ante la prisa – si cabe justificada– por querer llegar al imponente cementerio de Lone Pine. De hecho esto es también Lone Pine, el Kanlısırt de los turcos, donde queda erigido el nuevo monolito, en honor esta vez de los mártires de la 16.ª división y de sus bravíos regimientos.

El matadero de Lone Pine comienza a fraguarse en la más tempraniza hora de Galípoli. Nada más desembarcar, los pelotones de hombres se desmigajan y escalan contrariados por cerros y alcores. A las 7 de la mañana del 25 de abril, los Anzac ocupan parte de esta altiplanicie. Pero, al caer la tarde, el 27.º regimiento turco los expulsa un puñado de metros –cada metro ganado es vida– hacia el oeste, en dirección al mar. Del 26 de abril al 1 de mayo de 1915, se suceden feroces ataques y contraataques a la bayoneta.

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