Caldo concentrado

 
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Andrea Camilleri
Gotas de Sicilia

Género: Novela
Editorial: Gallo Nero
Páginas: 104
ISBN: 978-84-1652-925-4
Precio: 12 €
Año: 2001 (2016 en España)
Idioma original: italiano
Título original: Gocce di Sicilia
Traducción: David Paradela

 

No es la primera vez –y supongo que no será la última– que afirmo que Andrea Camilleri es mucho más que un simple entretenedor de éxito. Cuando se pone serio, demuestra una erudición y una inteligencia que no están al alcance de cualquiera, por no hablar de su extraordinario compromiso ético. Por otro lado, a nadie se le escapa que la enorme repercusión popular de sus libros, sumada a su productividad abrumadora, han hecho del autor de Porto Empedocle una suerte de surtidor permanente de novedades (tres títulos este año, cuatro el pasado, etc), y es sabido que cantidad y calidad difícilmente pueden ir de la mano.

Busca el encanto de la historietilla contada a vuelapluma, de la anécdota de sobremesa

Las Gotas de Sicilia que trae a las librerías españolas el sello Gallo Nero tienen algún tiempo, y entran claramente en la categoría de Camilleri menor, lo cual no significa que carezcan de gracia ni deje de ser curioso. Se trata de viñetas, casi todas apoyadas en recuerdos y vivencias del escritor, y –como su título indica– vinculadas de un modo u otro a su isla natal, que fueron apareciendo en distintos años en el almanaque de la editorial Altana. Tampoco se caracterizan por tener una gran ambición literaria, sino que más bien parecen buscar el encanto de la historietilla contada a vuelapluma, de la anécdota de sobremesa.

La primera (en la presente edición; la que tengo en italiano, de 2008, observa un orden distinto) de estas piezas, “El tío Cola, “persona limpia”” es una clásica historia de mafiosos rurales, muy en la línea del primer Sciascia. Camilleri conoció en Roma al ‘boss’ Nicola “Nick” Gentile, agrigentino como él y uno de los enlaces que ayudaron a preparar el desembarco aliado en Sicilia, y de aquella conversación surgió una suerte de fotografía de época que el escritor revela ahora.

Su interés principal es retratar a la Cosa Nostra anterior al baño de sangre de los 80: una mafia, como la de ahora, tan persuasiva que no necesitaba matar. El endiablado monólogo –mezcla de italiano de pueblo y dialecto siciliano– ha obligado al traductor David Paradela López a emplearse a fondo, con un algo exagerado, aunque aceptable, resultado final.

Hay historias que habrían hecho las delicias del omnipresente maestro Sciascia

“¿Quién ha entrado en el estudio?” es el recuerdo de la iniciación a la lectura de Camilleri, de la mano del carismático u zz’Arfredu, un tío abuelo practicante de yoga, espiritista y milagrero, que le abrió las puertas de su biblioteca. El relato de la muerte del tío, que consuela al niño Andrea, es, por cierto, casi una variación del que Borges solía hacer sobre la muerte de su abuela Fanny, aunque no hay motivos para creer que esté falseado: tal vez antaño fuera común que los moribundos quitaran hierro a su situación ante los parientes, guiados por una suerte de hondo pudor in extremis.

“El vino gusta a san Calò” narra una procesión en honor a San Calogero, el “santo negro” que en Agrigento es aún más venerado que el patrón de la provincia, san Gerlando. Una celebración ruidosa, excesiva, que en el relato –extraído y reescrito de la primera novela de Camilleri, El curso de las cosas– desemboca en una hilarante anécdota. También tiene mucha guasa “Los primeros comicios”, otro relato autobiográfico que se remonta a las elecciones regionales de 1947, donde se enfrentan separatistas, comunistas y democristianos en torno al color de la bandera que debe cubrir al Cristo del pueblo. Una vez más, se trata de dos historias que habrían hecho las delicias del omnipresente maestro Sciascia, por lo que tienen de imbricación de la religión en la política y la vida civil.

El propio Sciascia comparece con nombre y apellidos en la siguiente pieza, “Hipótesis sobre la desaparición de Antonio Patò”, a raíz de una cita de su novela A cada cual, lo suyo. Patò era un vecino que encarnaba a Judas en las representaciones de la Pasión de Cristo que tenían lugar en 1919 en un pueblo de Montelusa, y que se esfumó misteriosamente un buen día, justo cuando encarnaba al apóstol en el momento de ahorcarse. Es divertido ver a Camilleri barajar las teorías científicas más desopilantes –aquí, vuelvo a caer, demuestra tener leído a Borges– para acabar apostando por una versión que llamaremos, para no estropearle a nadie el desenlace, pirandelliana.

Camilleri brinda  aquí unas pastillas de caldo concentrado de sus virtudes como escritor

“El sombrero y la boina”, el más breve de los relatos, es una fábula que, de tan elemental, parece inflada: alguien como El Roto podría despacharla con una frase, mientras que Camilleri invierte dos páginas. “Andanzas de un lunario” habla por último del proyecto de publicación de un periódico literario que conjugara la literatura con la tradición popular: al contrario que la anterior, deja la sensación de ser demasiado corta, contada aprisa, casi sin respiración, mientras que la historia real en la que se basa daría sin duda para un jugoso ensayito.

En definitiva, Camilleri brinda aquí unas cuantas pastillas de caldo concentrado de sus mejores virtudes como escritor (conocimiento profundo de su tierra, agilidad para narrar, buen humor y agudo sentido crítico), aunque no todas se disuelven de la misma forma. Servirá, en todo caso, para los que quieran iniciarse en la obra del agrigentino, como para los camillerianos de nivel avanzado. Con un poco de atención, unos y otros comprobarán que el padre del comisario Montalbano, tanto en la corta distancia como en el largo aliento, siempre cuenta mucho más de lo que parece.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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