Cuando el crimen tiene premio

 

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“La culpa no la tiene el asesino sino la víctima”. Es el título -polémico por descontado- de una nouvelle del autor austríaco Franz Werfel (1920) que exploraba una relación padre-hijo. También es la ideología que las redes sociales atribuyen estos días a un periodista, Manuel Molares, del que sé muy poco, salvo que estoy en sus antípodas ideológicas, y que ha firmado una breve columna (Víctimas de su sexismo) para denunciar que “hay mujeres que se entregan voluntariamente a hombres violentos sabiendo que pueden matarlas”.

Encerrarlo en su caverna con un bozal es una de las medidas más suaves que las redes sociales han propuesto para acallar al mensajero. Se entiende la reacción visceral, visto el lenguaje empleado por Molares, arremetiendo contra el feminismo, describiendo a los asesinos como buenos amantes y derivando su atractivo de los dioses griegos, como si no fuera la Iglesia Cristiana la que ha impuesto este modelo patriarcal en Europa. Pero lo realmente grave no es el lenguaje ni el enfoque ideológico del opinador: lo grave es que los hechos que describe son reales.

Muchas víctimas de la violencia machista vuelven con su agresor tras el primer episodio de golpes

Es real que gran parte de las víctimas de la violencia machista – no solo en España, también en países del norte de Europa – vuelven con su agresor después de haber sufrido el primer o segundo episodio de golpes, amenazas o chantaje, a menudo después de haberlo denunciado ante los tribunales. Incluso después de haberse emitido una orden de alejamiento.

Hay muchos casos en los que se puede explicar por los condicionantes: porque hay hijos en común, porque se comparte vivienda y no hay ingresos para buscar otra, porque la víctima depende económicamente del agresor… Pero hay otros muchos (el caso del 1 de enero de Rivas Vaciamadrid es un doloroso ejemplo) en los que solo queda concluir que la mujer volvió por libre voluntad con un hombre cuyo carácter machista y violento ya conocía.

Esto, desde luego, no es de ninguna manera un atenuante para el asesino. Para el crimen cometido no tiene relevancia lo que haya hecho o haya dejado de hacer la víctima. Es obvio que el peso de la ley tendrá que caer entero sobre el agresor, y no he visto a nadie ponerlo en duda.

Encarcelar a los asesinos de mujeres es fácil; lo importante es conseguir que no haya más asesinatos

Pero desde Victoria Kent, como tarde, deberíamos saber que las penas “estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social” (Constitución Española, Art. 25): la cárcel no es una venganza sino un intento de la sociedad de corregirse y de ir eliminando de su seno no al delincuente sino al delito. Encarcelar a todos los asesinos de mujeres para que se pudran en la cárcel es fácil; lo importante es conseguir que no haya más asesinatos machistas. Y no se trata siquiera de reeducar al asesino individual –eso es cuestión de los psicólogos de la cárcel – sino de modificar la sociedad para desterrar, para siempre, el concepto de “matar por amor”.

Sí, se asustarán ustedes que utilice una palabra tan bonita como amor hablando de un asesino. Pero basta con revisar cine y literatura del siglo XX para acordarse – por si a ustedes se les ha olvidado – que hasta ayer mismo fue un concepto homenajeado por nuestros clásicos, de Fritz Lang a Joan Baez. Es esta ideología la que hay que desterrar. Y para ello no basta con encarcelar al asesino. Hay que preguntarse qué ocurre.

¿Por qué ellas se ven impulsadas a “dar otra oportunidad”?

Hay que preguntarse por qué una mujer, tras denunciar la violencia machista de un hombre, elige volver con él. ¿Es porque los hombres machistas “son buenos amantes que establecen una relación morbosa” como proclama Molares? ¿Es por la abnegación de un espíritu cristiano, que busca redimir al hombre y llevarlo por el buen camino, liberarlo de sus impulsos violentos? Puede que toda opción nos parezca denigrante para la víctima – porque es denigrante – pero eso no nos libera de la pregunta: ¿Por qué ellas se ven impulsadas a “dar otra oportunidad”?

Deberíamos preguntárnoslo. Deberíamos preguntarlas, antes de que las asesinen. Porque por cada mujer asesinada hay muchas, quizás decenas, que están a punto de serlo y que escapan con suerte. Supervivientes. Muchas de ellas, supervivientes tras darle otra oportunidad y otra al crimen, a la violencia, al machismo.

Toda mujer en esta situación merece apoyo a ultranza para salir de la trampa y sobrevivir. Jamás debemos decir: “Se lo ha buscado”. Si alguien lo dice es un desalmado.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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