Ciudadanos, ¡a parecerse!

 

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Ya no amas a ese hombre. Ya no eres feliz a su lado. Piensas en el divorcio. Pero un primer interrogante supone un obstáculo: “¿Qué dirán los demás?”. Al final, después de largos meses de dudas, acabas tomando la decisión. A tu alrededor, la incredulidad: “Sí, pero no a tu edad”, “Si has aguantado esta vida durante años es que puedes continuarla”, “Escucha, mi marido también me engaña desde hace años. Hago como si no lo supiera para proteger el hogar familiar y a los niños”, “¿Crees que todas las parejas que ves son felices?” etc.

Toda persona que, un día, ha pensado en tomar un nuevo camino en su vida –un divorcio para poner fin a un matrimonio infeliz, un giro profesional poco habitual, una elección de vida que se sale de los modelos tradicionales– ha escuchado cien veces este tipo de réplicas.

Se te pide que te cases con alguien que responde al “pliego de condiciones” del cónyuge adecuado

Tanto en el ámbito profesional como en el de las elecciones individuales y afectivas, mujeres y hombres están condenados a conformarse con unos esquemas sociales más o menos lineales. Se te pide que te cases con un hombre/una mujer que responde al “pliego de condiciones” del cónyuge “adecuado”. Se te pide tener hijos, poco importa que sea tu elección o una imposición social. Se te pide mantener tu puesto bien pagado, incluso cuando tu vocación es otra. Se te obliga a mantener todo este esquema de vida, aún cuando una mañana cualquiera te despiertas y te das cuenta de que no es digno de ti. Que necesitas respirar de otra manera y en otro lugar.

Al final, lo que se te pide es que te adaptes a la norma social. Hacer lo que los demás esperan de ti. Parecerse a los que te rodean, incluidas sus posibles frustraciones secretas. Toda singularidad se rechaza a favor de una banal conformidad hasta el punto de asfixia.

Existir como un individuo que no se ahoga en la multitud, que toma sus propias decisiones en la vida (decisiones probablemente absurdas a ojos de los demás), a riesgo de lamentarlas (¿no es más amargo lamentar haber sufrido, sin convicción, las decisiones de los demás?); es esto lo que al final da más miedo a la comunidad. Este derecho a ser diferente hace que algunos reconozcan toda la dimensión de sus frustraciones. Y, justamente por eso, combatirán y condenarán toda tentativa de libre elección. Para que todos se parezcan… y para que la frustración sea un destino colectivo.

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© Sanaa El Aji | Primero publicado en Din wa Dunia · 1 Noviembre 2016 | Traducción del francés: Alejandro Yáñez

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Acerca del autor

Sanaa El Aji

@SanaaElAji

Socióloga (Casablanca, 1977). Empieza a trabajar como periodista en el semanario ...

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