Respeten la Línea Verde

 

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El análisis más profundo que he leído sobre el conflicto palestino-israelí lo escribió el historiador judío polaco-británico Isaac Deutscher. Se compone de una sola imagen.

Un hombre vive en la planta superior de un edificio, que está en llamas. Para salvar su vida, se tira por la ventana y cae sobre un transeúnte en la calle de abajo. La víctima queda gravemente herida y eso da lugar a un complejo conflicto entre ambos.

Por supuesto, ninguna metáfora es completamente perfecta. Los sionistas no eligieron Palestina por casualidad, la elección estaba basada en nuestra religión. El fundador del movimiento, Theodor Herzl, prefería Argentina en un principio.

Los sionistas no eligieron Palestina por casualidad, la elección estaba basada en nuestra religión

Aun así, el cuadro es básicamente válido, al menos hasta 1967. A partir de entonces, los colonos continuan saltando por la Línea Verde, sin incendio a la vista.

No hay nada sagrado en la Línea Verde. Tampoco es distinta de cualquier otra frontera alrededor del mundo, sea cual fuese su color.

La mayoría de las fronteras se formaron por la geografía y los accidentes de la guerra. Dos pueblos luchan entre sí por el territorio. En algún momento termina ese combate y nace una frontera.

Las fronteras terrestres de Israel –conocidas por alguna razón como la “Línea Verde”- también se establecieron por los accidentes de la guerra. Parte de esa línea fue el resultado de un acuerdo entre el nuevo Gobierno de Israel y el rey de Jordania, Abdallah I, que nos dio el llamado Triángulo como una propina a cambio del beneplácito de Israel a que se anexionara la mayor parte del resto de Palestina.

Entonces, ¿qué hay de sagrado en esta frontera? Nada, excepto que está allí. Y eso se aplica a muchas fronteras en todo el mundo.

Una frontera se establece por accidente y se confirma por acuerdo. Es verdad que Naciones Unidas estableció fronteras entre los Estados judío y árabe en su resolución de 1947, pero después de que el bando árabe comenzase una guerra con el objetivo de frustrar esa decisión, Israel amplió considerablemente su territorio.

Los colonos en Cisjordania plantean un nuevo argumento: “Vosotros también estáis en tierras árabes”

La guerra de 1948 terminó sin un tratado de paz. Pero las líneas de armisticio establecidas al final de la guerra fueron aceptadas por el mundo entero como las fronteras de Israel. Esto no ha cambiado en los 68 años que han transcurrido desde entonces.

Esta situación prevalece tanto de facto como de jure. La ley israelí solo se aplica dentro de la Línea Verde. Todo lo demás es territorio ocupado bajo la ley militar. Israel declaró de forma unilateral la anexión de dos territorios pequeños –Jerusalén Este y los Altos del Golán– pero nadie en el mundo reconoce ese estatus.

Explico en detalle estos hechos de sobra conocidos porque últimamente los colonos en los territorios ocupados han empezado a burlarse de sus críticos en Israel al plantear un nuevo argumento: “Oye, ¿qué os diferencia de nosotros?”.

Vosotros también estáis asentados en tierras árabes, nos dicen. Es cierto que antes de 1948, los sionistas se establecieron en tierras que pagaban con dinero contante y sonante, pero sólo una pequeña parte de ella se las compraron a los felahin (agricultores) que las cultivaban. La mayor parte se la adquirieron a los terratenientes ricos y ausentes, que se la habían comprado a buen precio al sultán turco cuando el Imperio Otomano estaba en apuros financieros. Los cultivadores de la tierra fueron expulsados por la policía turca primero, y después por la británica.

Unos 750.000 árabes fueron expulsados, más de la mitad del pueblo palestino de la época

Grandes extensiones de tierra fueron “liberadas” durante los combates de 1948, cuando las masas de aldeanos y habitantes de las ciudades árabes huyeron ante el avance de las fuerzas israelíes, como hacen los civiles en cualquier guerra. Si no lo hacían, unas cuantas salvas de fuego de ametralladora bastaban para expulsarlos.

A los habitantes que quedaron en Yafa después de que la ciudad fuera conquistada, simplemente los apilaron en camiones y los enviaron a Gaza. A los habitantes de Lod (Lydda) los obligaron a marcharse a pie. Al final, alrededor de 750.000 árabes fueron expulsados, más de la mitad del pueblo palestino de la época. La población judía en Palestina ascendía entonces a 650.000.

Una voz interior me obliga a mencionar a un oficial judío canadiense llamado Ben Dunkelmann, que entonces tenía 36 años y dirigía una brigada en el nuevo Ejército israelí. Había servido con distinción en el Ejército canadiense en la Segunda Guerra Mundial. Se le ordenó atacar Nazaret, la ciudad natal de Jesús, pero él logró convencer a los líderes locales a entregarse sin combatir. La condición fue que la población local no sufriría ningún daño.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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