Palermo, amore nostro

 

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Puedo comprender a quienes, habiéndola visitado eventualmente, se hayan sentido espantados por su aire decadente, el desaliño de muchos de sus rincones, la ruidosa pesadilla del tráfico. Y cómo no, a aquellos que la habitan y que padecen a diario sus embotellamientos, sus montañas de basura u otras formas de incivismo de sus convecinos. Yo puedo comprenderlo, pero Palermo es un amor demasiado veterano, demasiado arraigado dentro de mí, como para no saltar de entusiasmo ante la noticia: la capital siciliana será Capital Italiana de la Cultura en 2018.

Palermo tiene por delante una colosal oportunidad de renovar sus infraestructuras culturales

“En 2017, en cambio, seguirá siendo ignorante”, afirmaba con sorna mi querido Gianni Allegra, maestro de la sátira en las páginas del diario La Repubblica. ¿Ganas de aguar la fiesta? ¿Fatalismo típicamente insular? En absoluto, tal vez solo un modo de vacunarse contra un excesivo optimismo. Porque el anuncio de dicha distinción viene cargado de promesas, pero también de interrogantes. El principal, quién capitaneará la nave palermitana el año próximo, teniendo en cuenta que en mayo hay elecciones municipales. De que el actual alcalde, Leoluca Orlando –apodado El Forever por sus cuatro mandatos no consecutivos– logre amortizar este éxito en votos, o en cambio sea relevado en el cargo por algún otro candidato que traiga un poco de aire fresco, dependerá sin duda el rumbo de esta empresa.

Porque, y de esto no cabe ninguna duda, lo que Palermo tiene por delante es una colosal oportunidad. Es la ocasión de renovar sus infraestructuras culturales, muchas de ellas obsoletas, pero también el momento de lucir sus edificios recuperados en los últimos tiempos, desde el Teatro Massimo, el tercero más grande de Europa, que cumple ahora 20 años de su reapertura, hasta el Museo Arqueológico Antonio Salinas, reinaugurado el verano pasado después de una obra que parecía interminable; desde el palacio Abatellis, que alberga una Galería Regional con importantes obras de arte, al Steri, la vieja sede del tribunal de la Inquisición donde no hace mucho fuera descubierta una terrible y espectacular serie de inscripciones rupestres de los condenados por el Santo Oficio.

Hay que plantear soluciones al grave problema de la fuga de jóvenes talentos que padece Sicilia

Es la ocasión de profundizar en el plan de peatonalización de la ciudad, de resucitar sus mercados y de lavar la cara de su casco histórico, lleno de rincones por descubrir y revitalizar. Pero también de extender la cultura más allá de su corazón barroco, a esos barrios que, dejados de la mano de dios, han caído tantas veces en manos del diablo.

Hay que perder el miedo a la palabra periferia, y llevar los libros, el arte, la música, la danza y el cine a las escuelas y las calles de Brancaccio, de Santa Maria di Gesù, de Pagliarelli, de Passo di Rigano, de Porta Nuova, de San Lorenzo… Y hay que hacerlo, además, dando una lección de escrupuloso control del gasto –se baraja la golosa cifra de un millón de euros–, evitando que el presupuesto se acabe deslizando, como tantas veces, por las cloacas del poder.

Es también la ocasión de mirar al futuro sin descuidar la memoria dolorosa de esta sufrida ciudad, la más castigada por el azote mafioso en los años 70 y 80. De plantear, por ejemplo, posibles soluciones al grave problema de la fuga de jóvenes talentos que padece la Sicilia toda, una isla que ha ido dejando sin esperanza a sus últimas generaciones, empujándolas a retomar la vieja tradición del exilio; y, al mismo tiempo, cobrar plena y orgullosa conciencia de quiénes fueron sus mejores hombres y mujeres, de su vastísima tradición creadora y de su peso en el conjunto de la historia siciliana e italiana.

La cultura no es una inversión a fondo perdido, sino una industria generadora de riqueza

Se hablas estos días, a raíz del famoso anuncio, de recuperar la autoestima de los palermitanos. No me parece ningún mal punto de partida, toda vez que este tipo de distinciones, como se ha demostrado en sus antecedentes, Rávena, Mantua y Pistoia, ejercen un efecto dinamizador de las ciudades hacia dentro y hacia afuera. Pero ya no vale recurrir al viejo adagio de “queremos trabajo, no cultura”, o la vieja excusa de que siempre hay necesidades más perentorias que cubrir. Para que ese efecto deseado se produzca, es hora de convencerse de que la cultura no es un sector parasitario o una inversión a fondo perdido, sino una industria generadora de riqueza y empleo como la que más.

Tal vez sean peticiones demasiado ambiciosas, sí. Pero ya lograr una buena parte de ellas supondría invertir la tendencia, crear contagios positivos, dinámicas revolucionarias. El periodista y escritor Roberto Alajmo, autor de una imprescindible guía de la ciudad, Palermo es una cebolla, me lo decía unos días atrás: “Ya sabes cómo es Palermo: una ciudad canalla, bella y canalla. Se trata de hacer que se vuelva un poco más bella, y un poco menos canallesca”. Hay un año por delante para conseguirlo.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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