Instantáneas a oscuras

 

Porque en las causas no llega a indagar. Hay que entender metafóricamente la aseveración, repetida decenas de veces, que “el mundo mira sin hacer nada”. Es más: “El mundo ve y oye lo que sucede, pero mantiene su apoyo tácito al criminal (…). Lo que sucede es que disfrutan viendo la sangre y restos de los cuerpos de nuestros hijos en las pantallas de sus televisiones”. Lo cual, obviamente, es falso. Porque el mundo somos tú y yo, somos Naomí Ramírez, somos Ediciones de Oriente y Mediterráneo, somos una enorme cantidad de personas que si no ponemos freno a las masacres del régimen de Asad no es porque disfrutemos con ellas sino porque no tenemos el poder de hacerlo.

Los que en 2003 salíamos a la calle bajo el No a la guerra, ¿estuvimos en el bando equivocado?

Es cierto que no hemos salido a la calle masivamente para pedir a Barack Obama que bombardee ya Damasco, como Bush bombardeó Bagdad pero ¿realmente habría sido esta la solución? Samira Khalil no nos lo dice. Solo una vez pide que se “imponga una zona de exclusión aérea” (algo que han repetido muchos refugiados y hasta analistas, esquivando la conclusión de que para imponerla hay que derribar los cazas que la vulneren, es decir, hay que ir a la guerra) o que al menos se proporcionen armas antiaéreas a los rebeldes. Los que en 2003 salíamos a la calle bajo la pancarta del No a la guerra, no podemos dejar de preguntarnos si al final estuvimos en el bando equivocado si protestábamos contra la industria del armamento. Una duda que Samira Khalil, bajo la lluvia de bombas, no nos responde.

También es llamativo con qué eficacia Khalil evita mencionar que tras el eufemismo “el mundo” se esconde una potencia geopolítica muy concreta, llamada Rusia. ¿Un reflejo involuntario de quien antaño militaba en un partido sirio comunista? También nos preguntamos si en ese “mundo” que no hace nada están incluidos los Estados árabes que no paran de fomentar la rebelión armada con ingentes sumas de dinero, pero nunca con las armas necesarias como para ganar de verdad.

En este aspecto, la segunda de las dos columnas de Elias Khoury que cierran el volumen aporta un análisis geopolítico más preciso, certero y rotundo que el resto de la obra: es imprescindible para entender el contexto en el que se desarrolla la guerra cuyo horror describe y sufre Samira Khalil.

Las instantáneas de Khalil son las últimas imágenes de una revolución que empezó esperanzadora

En un aspecto más están subexpuestas las instantáneas de Khalil, y es un aspecto común a gran parte de quienes en España apoyan lo que aún llamamos, con ilusión atrasada, la “revolución”: hablan únicamente de la población civil, expuesta a una brutal represión militar desde el aire. Consiguen dejar fuera de nuestra conciencia el hecho de que el régimen bombardea, destruye, mata de forma masiva porque no tiene el poder de enviar a la policía a detener a los disidentes, a la propia Samira Khalil, que se refugió en Duma para estar fuera del alcance de los esbirros de Asad: ya pasó 4 años en sus mazmorras por izquierdista. En la propia Duma, por cierto.

El régimen no tiene el poder de hacerlo, porque hay milicias armadas que lo impiden. El régimen ha perdido el monopolio de la violencia, y por eso bombardea. Estamos en una guerra. Una guerra con dos (o más) bandos. Algo que tanto Khalil como muchos de los defensores de lo que fue la revolución intentan dejar fuera de nuestra conciencia.

Y la triste, la desgarradora paradoja final es que es el bando cuyas atrocidades callan las notas de Samira Khalil – apenas hay una frase de crítica referida a un sermón – el que acabará llevándosela. Secuestrada. Hasta hoy. Junto a otra mujer, igualmente revolucionaria, y dos hombres.

Las instantáneas de Samira Khalil son las últimas imágenes de una revolución que empezó esperanzadora, con activistas como ella, llenas de una tenaz voluntad demócrata. Después de Samira, después de este libro hecho con los fragmentos de su vida, ya no es posible creer en la revolución.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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