Historias de la Historia

 

La novela condensa muy bien las emociones que circulaban dentro y fuera del país en aquellos días pre-bélicos. La sensación, también histórica, de que el Norte miraba con respeto al sur, acaso por primera vez. El espejismo de que un movimiento masivo de desobediencia civil y resistencia pacífica, sumada a un gran alarde de autogestión, podría neutralizar al notable poder militar de Asad. El error de subestimar la reacción de esas estructuras de poder gubernamental. La esperanza de una reacción de Occidente, y seguida de una decepción generalizada…

Todo se cuenta con figuras muy vivas, abundantes detalles (músicas, comidas, objetos de uso corriente) que nunca llegan a empachar, diálogos verosímiles y un ritmo muy bien sostenido. Son muy pocos los peros que pueden buscarse a la novela. Uno, quizá el más importante, sea que prácticamente nos muestre solo una cara de la sociedad siria, la que plantó cara a la dictadura. Pero, ¿cómo eran los que permanecieron fieles al régimen? ¿Qué sentían, a qué se debían, qué temían? Apenas se brinda una pincelada al respecto, pero habría sido mucho más equilibrado introducir al menos un personaje sólido que mostrara esa realidad.

Conforme la novela avanza queda la impresión de que solo se va a contar el primer acto del drama

Porque, aunque nuestra simpatía tienda siempre hacia los que se levantaron contra el dictador, el cuadro nunca estará completo sin entender a quienes, sin ser policías ni soldados, abogaban por la continuidad.

Por otro lado, conforme la novela avanza va quedando la impresión de que solo se va a contar –muy buen contado, eso sí– el primer acto del drama. No quedará reflejado, en cambio, el modo en que otras fuerzas aprovecharán el empuje de los civiles desobedientes y usurparán su nombre, como sí ocurre en el terrible Diario del asedio a Duma de otra mujer escritora, Samira Khalil.

Porque Siria se fue al diablo, en primer lugar, cuando Asad decidió dirigir sus fusiles contra la población indefensa, pero el remate vino cuando la llamada insurgencia fue ocupada por una serie de grupos con los que resultaría más difícil identificarnos que con los entrañables personajes de Nachawati. Un avispero que dificulta sobre manera el happy end que la autora esboza en su epílogo.

La valentía y determinación del pueblo sirio (sí, ese mundo árabe del que se dice que “no sirve para la democracia”, aunque obstinadamente demuestre estar dispuesto a morir por ella) forma parte de la Historia. En qué derivaron aquellos sueños, adónde fue a parar aquel sacrificio, es algo que necesita ser contado en otra novela.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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