«Tener una patria no exige tener una nación»

Mauricio Wiesenthal

 
Mauricio Wiesenthal (Sevilla, 2009) | © Gregorio Barrera

Mauricio Wiesenthal (Sevilla, 2009) | © Gregorio Barrera


Sevilla | Enero 2016

Con un estilo personalísimo y una erudición abrumadora, que él escancia sin asomo de pedantería, pero siempre apasionadamente, Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943) está de vuelta con Rainer Maria Rilke, el vidente y lo oculto, un ensayo sobre el poeta publicado por Acantilado. Un volumen que, como suele ocurrir con la producción wiesenthaliana –desde los memorables Libro de réquiems y El esnobismo de las golondrinas al más reciente Siguiendo mi camino– va mucho más allá de su propósito germinal para proponer reflexiones sobre materias muy diversas, cuestionando invariablemente los lugares comunes. Con su elegancia acostumbrada, chaqueta y pañuelo en la solapa, perfumado de lavanda y con modales exquisitos, este escritor, poeta, músico, enólogo y fotógrafo atendió a MSur en su última visita en Sevilla.

Permítame que empiece por una cuestión aparentemente extraña, pero, ¿en qué medida 1789 es para usted una derrota?

«Hoy nos escandalizaría ver arder Notre Dame, como nos escandaliza la destrucción de Palmira»

Para mí, efectivamente, es una fecha clave, aquella en la que se materializa una corriente que es la de la Ilustración, la Luz, con todo lo que eso tiene de combate a favor de la libertad de pensamiento. Es un momento sin duda sagrado. Pero eso se expresa en una revolución sangrienta, y yo en esto tengo siempre algo que decir; porque cuando se hace un tipo de revolución tan genérico, se queman, se destruyen, aparte de vidas humanas, que son lo más importante, cosas. Y esas cosas son fundamentalmente las más frágiles, las más ideales, las más invisibles, que estaban escondidas también dentro de la historia del Ancien Règime. Entonces yo me pregunto, al día siguiente de la revolución, qué hemos quemado. Qué destruimos cuando rompemos una reliquia, quemamos Notre Dame de París, destruimos a seres que guardan recuerdos, formas diferentes de entender la vida. Por eso tengo esa sospecha enorme de que en 1789 se inicia una era, y eso es lo positivo de la libertad, pero se acaba destruyendo también todo un legado antiguo que nos explicaría muchas cosas de la vida y de la muerte.

Alguna vez le he oído decir que uno de los factores cruciales fue haber ajusticiado a los nobles al lado de los sirvientes, ¿no?

«En 1789 no solo caían nobles, caían los sirvientes, caían los religiosos, caían niños también»

Claro, no solo caían nobles, caían los sirvientes, caían los religiosos, caían niños también. Por eso me da miedo que cuando juzgamos la Historia, intentando maquillarla, mentimos. Hoy nos escandalizaría ver arder Notre Dame, como nos escandaliza la destrucción de Palmira. Ver catorce niños muertos en la guillotina nos escandalizaría como un horror terrorífico, porque nosotros hemos heredado precisamente de la Ilustración, de Voltaire, del proceso de Jean Calas, nuestro rechazo a la pena de muerte. ¿Cómo vamos a empezar nuestro capítulo matando a niños, incluso? Esto hace que para mí 1789 sea una época que merece un profundo estudio crítico. La prueba es que en los últimos años del siglo XX se suceden revoluciones que acaban teniendo todas la misma palabrería, el mismo salvajismo de no contar con esas cosas pequeñas, esos ideales, esos principios de iniciación que tenemos desde el Neolítico.

¿Ahí empieza también el enfrentamiento entre el racionalismo y lo que usted llama matriarcado?

 

Las mujeres fueron víctimas muy principales de la Revolución Francesa. Aquellas madres del Antiguo Régimen eran seguramente consideradas supersticiosas, por tanto no formaban parte de la cultura racionalista. Se las había perseguido en la Edad Media como brujas, como parte de una persecución contra ciertas ideas ajenas al mundo dogmático de la Inquisición. La madre de Kepler, por citar la de un científico, fue perseguida como bruja. Esto nos da la idea de que bajo la palabra bruja se oculta un eufemismo que tiene muy feo aspecto, el de un insulto al género y a la tradición de la mujer.

¿Qué tuvo de pernicioso, más allá de la convulsión social, el hecho de que la burguesía ocupara el poder?

«Dicen que el centro existe, pero no es cierto: el centro solo existe en función de los extremos»

Es que esa es la fecha fundamental del nacimiento de la burguesía. La burguesía medieval viene de los burgos, es todavía incipiente, es una burguesía del comercio, creativa por tanto, daba riqueza y aportaba cosas a las ciudades. Pero se convierte luego en un estamento muy identificable con lo que los antiguos revolucionarios llamaban las manos muertas. Acaban basándose en las rentas, llegan a la conclusión de que éstas pueden producir más que el trabajo. Desde esa misma fecha, sacamos como conclusión que hay una injusticia tremenda: que una clase se ha establecido, y una vez establecida rompe las reglas del juego y dice aquí no se mueve nadie más. Y se acaba la Oca.

Para usted eso supone asentarse en el medio y, siguiendo la famosa frase de André Gide, “El medio mediocriza”. ¿Puede desarrollar esa idea?

Evidentemente, cuando hablamos de burguesía hay que tener cuidado, porque hay personas que se adscriben como a equipos de fútbol, y se sienten ofendidos cuando se usan determinadas palabras, como si uno se estuviera metiendo con su familia. Pero nada de eso, porque la burguesía no es más que una clase que se establece en el medio, teniendo la intención, la voluntad, de permanecer en el medio, es decir, dando patadas arriba y abajo. Uno tiene tendencia a flotar o a hundirse, quedarse entre dos aguas es un algo que exige siempre un ejercicio natatorio. Y la burguesía lo hace, convirtiéndose en ese estamento conservador, que no deja que nada se mueva ni se incline de un lado o de otro, para que todo permanezca como está. ¿Los valores? No les interesa buscar nada nuevo, nada diferente, sino mantener su confortabilidad. Por eso decimos que el medio mediocriza. Hay una voluntad de establecer que el centro existe, pero no es cierto: el centro solo existe en función de los extremos. Si estamos en una sociedad muy extremista, el centro está en un lugar, pero si lo es menos, se desplaza a otro punto. Esta idea de que “yo soy el centro” como si fuera una virtud, para mí no significa nada.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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