«Tener una patria no exige tener una nación»

Mauricio Wiesenthal

 

La figura de Rilke exalta esa idea, común a otros muchos intelectuales, del ser innacional. ¿era eso revolucionario? ¿Cómo quedó truncado?

Era una idea que había tenido la aristocracia, una aristocracia que pretendía ser cosmopolita, que tenía raíces en diferentes países. Grandes familias como los Thurn und Taxis tenían castillos en Chequia, Italia, Suiza, Alemania, por eso se movían de un lado a otro. La burguesía estaba asentada en un recinto mucho más limitado, eso hacía que la idea de la nacionalidad, del territorio marcado, le fuera afín. En el Antiguo Imperio Romano, el dios Hermes, el Hermes fálico, marcaba las fronteras. Eso era una alusión clarísima a los animales que orinan sus territorios, es sencillamente la idea fundamental de crear una frontera y decirle al otro “usted no pertenece a este lugar, a este grupo”. Es algo terrorífico y se pronuncia en ese momento de la burguesía naciente, liberada, industrializada, económicamente poderosa, que crea su nuevo hábitat, su nuevo tablero de juego, que contiene el Hermes fálico. Contiene la idea de nacionalidad que nos va a Europa llevar a la I Guerra, que es fundamentalmente una guerra de nacionalidades.

Y ahí surgen los innacionales…

«Cuando uno monta la identidad sobre la diferencia, se crea un problema con la nacionalidad»

Es Lou Salomé, precisamente porque es de una familia aristocrática pero no de grandes títulos militares ni nada de eso, una muchacha educada con la idea aristocrática de educarse en Suiza y vivir en Italia y ser amiga de Wagner, que se forma como muchacha libre, quien quiere buscar una forma diferente de ver el mundo. Y se inventa la palabra unnational, innacional. Y lo inventa no en el sentido de que un ser humano no deba reconocer esas fronteras. A Rilke le escribe en una carta preciosa: “Rainer, te refugiaste en tu condición de innacional porque sentías repugnancia de esas ataduras y esas pequeñeces, pero me pregunto a veces si eso no fue causa de tu tristeza y tu infelicidad, porque los seres que se amarran a esos territorios suelen ser más felices, y tienen siempre un nido”. Lo ve como valor y como una posibilidad de sufrir.

Parece que en el caso de Cataluña, más que felicidad, va camino de propiciar división y frustración en la sociedad. Usted, que vive en Barcelona, ¿cree que la burguesía ha hecho su nido a costa de manipulación?

Es un proceso que creo que históricamente es inevitable, un proceso por el cual ciertas causas propenden a traer ciertas consecuencias. Todo es muy complejo porque el escenario se mueve, las tensiones son diferentes, pero cuando uno se sube a la silla prevé que se puede caer. Cuando uno monta la identidad sobre la diferencia, se crea un problema con la nacionalidad. Y ahí me gustaría dar la idea de conciliación para respetar todas las ideas. Porque, por ejemplo, cuando hablo de nación hablo de algo diferente de cuando hablo de la patria. La idea de la patria se perdió porque fue aquella con la que se hizo la caricatura. Las iglesias, por ejemplo, se apoderaron de ella. ¿Qué problema tiene el islam en Siria? Que ha sido secuestrado por los Estados… Por eso la Revolución Francesa fue importante, para hacer los Estados laicos, separar el mundo religioso de las leyes, de la convivencia, eso es fundamental.

Montesquieu…

«El pueblo judío tuvo siempre una patria, una tradición, pero que no excluía ser alemanes»

Claro, y ésa es la revolución que no han hecho. Curiosamente, esa fue una de las revoluciones que la burguesía europea sí aceptó. En cambio, la patria la contaminaron de esa idea militarista, folclórica, desfiles de fuerzas sobre otros que son los sometidos… Yo creo en la patria, o mejor dicho en la matria, que para mí sería más patente lo que quiero decir. Significa mi infancia, lo que he vivido. Reconocer las formas, las fiestas, las bromas, las ironías. Y no veo que la patria tenga nada de fanático o excluyente. Una persona puede tener una patria en el corazón, sin necesidad de tener una nación. Cuando tienes una lengua propia, una cultura, que algunos han intentado desarrollar, no seré yo quien pretenda eliminar esa riqueza: la adoro y me encanta ver que alguien conoce bien ese mundo. Pero como digo, tener una patria no exige tener una nación. Esa idea no es un invento mío, está en el gran drama del pueblo judío: el pueblo judío tuvo siempre una patria, una tradición –se decían “El año que viene en Israel”, como una cosa mesiánica– pero que no excluía ser alemanes. Ese es el mundo de [Stefan] Zweig, que decía que no le gustaban los shtetl, aquellas aldeas atrasadas donde había estos personajes judíos no integrados en la cultura europea. Pensaba que el mundo natural de los judíos en Europa era la Ilustración, la lengua alemana, que nos dotaba de la obra de [Felix] Mendelssohn, de la obra de Leibniz. No nos incorporaba a las tradiciones de un pueblo antiquísimo, que había tenido sin duda unas ideas bellísimas de religión, de fe, de convivencia, de civilización, pero que no estaba incorporado a la modernidad y la Ilustración, que también era importante.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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