«Tener una patria no exige tener una nación»

Mauricio Wiesenthal

 

¿Qué es lo que le atraía, pues?

«Vamos perdiendo con los años la razón, pero la vida fortalece el corazón»

Cuando Rilke se enamora del islam lo hace tal vez porque en ese mundo ve la posibilidad de la poesía. Lo hicieron, todo lo que no pintaron lo hicieron en la arquitectura, en la poesía. Son poetas extraordinarios porque se dejaban llevar por la emotividad, y esa emotividad va unida a la fe. Esa emotividad es lo contrario del alzheimer: tú coges a un pobre abuelo que esté perdiendo la memoria, y le mueves la emotividad con flores, recuerdos, música, y se le cambian los ojos. Vamos perdiendo con los años la razón, pero la vida fortalece el corazón. La vida nos da experiencia, si no eres una bestia te hace ser más tolerante, más comprensivo, no digamos cuando se trata de una persona mayor como yo, que no he tenido hijos, cuando veo a los jóvenes. Siento que puedo transmitirles algo que no es la razón, sino la experiencia de cosas que he vivido. Eso es emotivo. En la plaza donde vivo hacen ruido, son una sinfonía. Eso no lo tuvo Rilke, no tuvo infancia. Por eso uno va a Praga y no encuentra sus huellas, porque su madre lo tenía encerrado en casa jugando con una sillita, o con un aya que lo acompañaba a todas partes. Las ciudades guardan el canto de los niños que jugaron en ellas. Yo escribo delante de una placita y recibo las voces de los niños, las historias maravillosas de las niñas, las voces que se les nota cuando están tristes, cuando están alegres, tristes, cuando tienen miedo. Esa es la literatura… Luego llegan los jóvenes, que dan pelotazos o van sobre los patines que hacen ruidos. Pero en ellos también hay algo que puedo transmitirles, podría serles útil.

¿Y qué le producía rechazo en el islam?

«Hoy vemos que lo malo de las religiones es que tienen muchísimos intermediarios»

Rilke tenía ese problema de no comprender la fe, por eso para él se reduce todo a la chilaba, las rosas en el mercado, el puesto humeante de churros y buñuelos… Cuando se va a Túnez o Argelia, se queja de los camellos, de que le empujaban en los zocos, porque no comprendía el islam en lo que tiene de fe y de respeto. Repito, no tienen nada que ver con este otro islam de los Estados que van todos que parecen vestidos con uniformes fascistas, que lo han copiado todo de Hitler. Yo conozco el islam de cuando iba con un amigo a la mezquita, venían los niños y me daban de beber, porque es fundamental dar de beber al que se acerca a la mezquita cuando es mayor. Eso es bonito. En las civilizaciones hay cosas que las que son bárbaras las podemos eliminar sin discusión, y ver cuáles son las verdaderas. Rilke no entró ahí por esos detalles de humanidad. Tenía, por ejemplo, la idea equivocada de que los musulmanes no tienen intermediarios entre ellos y Alá, lo cual es mentira. Hoy vemos que lo malo de las religiones es que tienen muchísimos intermediarios… Esa fue su piedra de toque contra el cristianismo y contra todo, no quería que nadie viniera a decirle en qué tenía que creer.

En su libro hay una insistencia constante en el imaginario católico. Confieso que he llegado a decirme: “Si no conociera a Mauricio Wiesenthal, pensaría que está haciendo proselitismo”…

«La única solución es que la Iglesia quede liberada del Estado, y el Estado de la Iglesia»

El libro tiene unos periodos reiterativos, que los pedantes –en la música hay más pedantes que en ningún sitio– admiten como leitmotiv. El espectador de la ópera sabe lo que va a venir, pero en la literatura echo de menos a veces esto, un motivo repetitivo, un estribillo. Un crítico me hizo ver que tenía elementos como estos que no sabía a cuénto de qué venían, y le dije: pues quítelo usted de la ópera. En fin, uno de los elementos repetitivos es la retahíla de los pequeños objetos: los caballeros andantes con las banderolas, las cruces, las reliquias, la Virgen María, los trovadores… Eso es para mí fundamental en ese mundo rilkeano que yo, insisto y por eso lo empleo como leitmotiv, lo defiendo como precursor de la sabiduría del corazón. Son los restos destrozados, fragmentarios, arqueológicos, que nos quedan de una época trovadoresca que pensaba con el corazón. Esa época, contra el islam por ejemplo, y contra la religión judía, a través de ese mundo crea la figura de la Virgen María, la figura de una diosa madre inaudita en un mundo semítico. De todas las civilizaciones semíticas herederas, solo al cristianismo se le ocurre formar en cierto momento de la evolución ese recordatorio de que nuestra primera diosa fue una madre, no un padre. Por eso hasta la palabra patria me gusta llamarla matria.

Pero usted no es ajeno a la manipulación de ese fundamento por parte de la Iglesia, y la represión que ha venido ejerciendo sobre la mujer.

Obviamente, eso ocurre al día siguiente de comenzar el cristianismo. Dura hasta que Constantino firma el edicto de Milán. Dura dos días como religión libre y apostólica, como la religión de Pedro y Pablo, la religión que se establece en el proletariado del Imperio Romano, por eso tiene tanta fuerza, una fuerza revolucionaria. En el momento en que se convierte en la religión oficial del estado, se convierte en una más. La única solución es que la Iglesia quede liberada del Estado, y el Estado queda liberado de la Iglesia. Los dos necesitan un respeto.

De lo contrario, el sacerdote manda, el político se sube al púlpito.

Claro. Por eso tengo tan clara mi idea de que se necesita, de la forma que sea, la reconquista de esos símbolos. Por eso hablo tanto de los iconos, como los del mundo ruso, que tanto les gusta. Y termino mi libro diciendo: “Nuestros iconos no son muñecos. Nuestros iconos son oraciones”.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

Mauricio Wiesenthal
 
 

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