Semana Santa en Nínive

 

El país albergaba probablemente a más de medio millón de cristianos – la gran mayoría caldeos – antes de la invasión estadounidense en 2003, pero la guerra civil que siguió ha impulsado a la gran mayoría a huir. En Bagdad hubo sangrientos atentados contra iglesias. Y hay poca esperanza de reconstruir la sociedad. El poder central no dedica mucha atención al asunto. “Llevamos tres años como refugiados en Iraq, y la comunidad cristiana y las ONGs han ayudado más que el Gobierno”, se queja el padre Thabit.

“No podemos hacerlo solos; necesitamos la ayuda de la comunidad internacional y de las organizaciones internacionales. Hasta ahora la Iglesia es quien más nos ha ayudado”, dice el párroco. “Ha financiado los campos de refugiados en Ankawa (Erbil), y no solo está ayudando a los cristianos sino a otras minorías religiosas como los yazidies que también huyeron de las montañas de Sinjar, norte de Irak, en agosto de 2014”, agrega.

Cada 4 de diciembre, miles de familias cristianas visitaban la tumba de Santa Bárbara

La mayoría de las localidades de la zona seguirán siendo, de momento, pueblos fantasma, pero algunas familias cristianas han regresado ya a Qaraqosh, situado a unos 4 kilómetros al sureste. Esta ciudad, también conocida como Bakhdida, era la localidad cristiana más grande de Ninive, con una población de 50.000 almas de la Iglesia Caldea antes de la llegada del Daesh.

Karemlesh está coronado por una colina y a sus pies está el antiguo convento de Santa Bárbara. Cuando no había guerra, cada 4 de diciembre, miles de familias cristianas visitaban la tumba de la santa para rememorar el martirio de Santa Bárbara por convertirse al cristianismo. Después solían hacer un picnic en los jardines del convento o en las lomas de la colina.

También hoy se repite la tradición, aunque no es la onomástica. Esta vez, todos han venido a festejar con motivo de la Semana Santa. Cada familia ha traído su propio mantel, cubiertos y comida y bebida que reparten entre todos. Entre los manjares más elaborados están las verduras y hojas de parra rellenas de arroz y carne. Por unas horas, la perseguida comunidad cristiana aparca su dolor para volver a recordar momentos felices y de júbilo. El convento de Santa Bárbara vuelve a está pletórico de algarabía y felicidad.

Los yihadistas ocuparon por un tiempo el convento y lo convirtieron en un puesto militar

Pero el convento no se había librado de la guerra. Por su estratégica posición desde donde se puede controlar todo el valle de Ninive, los yihadistas ocuparon por un tiempo el edificio y lo convirtieron en un puesto militar. Saquearon las reliquias de la santa y excavaron túneles bajo la colina que cubre un sitio arqueológico de una antigua ciudad asiria.

También en el resto del pueblo se notan las huellas de los combatientes. Los yihadistas profanaron las tumbas de la Iglesia, incendiaron el atrio y cavaron una red entera de túneles subterráneos, que conectaban todo el pueblo. También horadaron las paredes de las casas para usarlas como pasadizos. En una de las viviendas han un gran agujero en el piso y para poder bajar hay que ayudarse con una escalera de madera. Desde allí se accede a una especie de caverna lúgubre que los yihadistas usaron para encerrar a los prisioneros.

Los milicianos extremistas utilizaron la villa palaciega de la familia Riad Petrus, dueños del hotel de lujo Gran Palace de Erbil, como búnker para protegerse de los ataques aéreos de la Coalición internacional. Arrasaron con lo que encontraron a su paso. Y a pesar de su estricta doctrina de no beber alcohol, las botellas y latas de cerveza vacías, procedentes el almacén de la familia en el sótano de la vivienda, hablan de lo contrario.

Niños vestidos de blanco llevan un largo palo adornado con cintas verdes y rojas

Para un día, el pueblo parece haber vuelto a la vida. Los feligreses desfilan en procesión mientras van cantando himnos. Niños vestidos de blanco llevan un largo palo adornado con cintas verdes y rojas, y ramas frondosas de árboles. Las jóvenes se han puesto guapas. Cuando entra el último grupo al interior de la iglesia, está ya tan abarrotada de fieles, que han de colocarse en los huecos que quedan entre las filas de bancadas. “Con el apoyo de la diócesis voy a abrir una oficina de reconstrucción en Karemlesh. Con mi ejemplo podré convencer a otros cristianos para que regresen a sus casas”, exclama el padre Thabit.

Pero sus ilusiones y esperanzas chocan con tenebrosa realidad de los cristianos en Oriente Medio que se ha convertido en el principal objetivo de los atentados terroristas. Mientras los pueblos cristianos del norte de Iraq celebraron por primera vez en tres años la misa de Domingo de Ramos en sus devastadas iglesias, atacadas por Daesh, dos suicidas con cinturón de explosivos segaban la vida a 44 fieles coptos en Egipto.

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Acerca del autor

Ethel Bonet

@Qarnabit

Periodista (Alicante, 1975). Vive en Beirut.
Ha estudiado Filología Árabe en Alicante...

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