Marine Le Pen, la heredera

 

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Antes de que les surgiera Jean-Luc Mélenchon, cual diablo sobre resorte saltando de su caja, los medios daban crédito a Marine Le Pen, como representante, con su discurso populista, de las categorías populares que se sienten abandonadas.

Marine Le Pen es una heredera. Su familia es millonaria por herencia del industrial Lambert, propietario de la empresa de cementos Lafarge. Poseen, en la muy burguesa ciudad de Saint-Cloud, vecina de Paris, una gran mansión legada por Lambert. Y Marine ha heredado, en 2011, de la dirección del partido que su padre Jean-Marie cofundó en 1972: el FN.

“Frente nacional”: así se llamaba una unión fascista en los años treinta, pero también el movimiento creado más tarde por los comunistas para aglutinar la resistencia a la ocupación nazi. El FN de 1972 nació como unión electoral de corrientes de derecha antigaullistas con fascistas nostálgicos del dictador Pétain (colaborador de la ocupación alemana) e incluso algun veterano nazi. Ese fue el tinglado que eligió a Jean-Marie Le Pen como presidente.

La figura del padre

Con tan solo 27 años, Jean-Marie Le Pen fue diputado en 1956, por el movimiento de Pierre Poujade… famoso entonces por sus formas anarquistas de protesta anti-Estado y antiimpuestos, de cuyo apellido nace el término “poujadisme”, que califica cierto discurso demagógico populista. En 1956, Poujade obtuvo un gran y efímero resultado electoral (12% y 52 diputados). En la lista para Paris, Le Pen iba con un veterano de la escuadra aérea Normandie-Niemen, compuesta por franceses integrados en el ejército rojo frente a los nazis.

El socialista Mitterrand organizó la promoción de Le Pen en los medios para dividir el voto de derechas

Le Pen se reincorporó unos meses al ejército y participó en la guerra de Argelia, de donde volvió con acusaciones de torturador. Al regresar, es excluido del movimiento de Poujade y monta otro que consigue algunos escaños, incluido un diputado argelino musulmán antiindependentista. Pero rápidamente la nueva hegemonía del gaullismo redujo a nada los restos del “poujadismo”.

Le Pen se fue acercando a franjas fascistas, uniendo dentro del FN a esas corrientes marginalizadas. Es identificado como líder neofascista, con resultados electorales entonces anecdóticos.

En 1984 el socialista Mitterrand, presidente desde 1981, organizó la promoción de Le Pen en los medios para dividir el voto de derechas. Político con largo recorrido, Mitterrand conocía a Le Pen y sabía que, abriéndole los medios – que hasta el momento lo ninguneaban – le quitaría a la derecha de Chirac el voto anarco-populista de derechas.

La maniobra funcionó. Le Pen igualó al partido comunista con 11% en 1986, y se mantendría desde entonces a ese nivel, llegando a rozar el 20% y a competir en la segunda vuelta de la elección presidencial de 2002.

La izquierda y los medios “progresistas” no han entendido por qué – al ritmo de la marginalización del partido comunista francés – Le Pen ha conseguido tal influencia. Han acabado por convencerse de que las clases populares sufren de racismo y “cuñadismo” consubstancial.

“Je suis Charlie”, el 15-M francés

En Francia, la concentración popular la más importante de las últimas décadas no ha sido una protesta en contra de una ley o de alguna política, ni Nuit Debout ni la movilización en contra de la reforma laboral. Esa concentración, el día 11 de enero del 2015, fue para condenar los atentados islamistas de Charlie Hebdo y del supermercado judío Hyper Casher.

La matanza de Charlie, fue como si en España se asesinara a la vez a Forges, Peridis, El Roto, Ibáñez, Jordi Evole… Aquel 11 de enero, Francia conoció en todas sus urbes las concentraciones más masivas desde la caída de Hitler en 1945.

“Je suis Charlie” significa: Soy laico, no le reconozco ningún privilegio a las religiones

El ensayista Maurice Blanchot supo describir cómo adviene en Francia la “presencia del Pueblo”, observando el funeral de las víctimas de la represión policial de Charonne (en París) en febrero del 1962: “Creo que no hay, en la época contemporánea, ejemplo más certero que aquel que se afirmó con soberana magnitud cuando se reunió, haciendo comitiva a los muertos, la inmóvil, silenciosa multitud de la que no valía la pena contabilizar la importancia, ya que no se le podía nada añadir, ni tampoco nada sustraer: aquí estaba es su totalidad, imponiéndose con calma más allá de ella misma. Aquí estaba, como extensión de los que ya no podían estar. El Pueblo no conoce estructuras que puedan estabilizarlo. Eso es lo que lo hace temible para los poseedores de un poder que no lo reconoce: no se deja atrapar.”

El pueblo de Francia, en su presencia soberana, ha saludado a su corriente progresista más radical: artistas anarquistas, anticlericales y anticapitalistas, representando cierta tradición francesa de cagarse en el decoro burgués, heraldos de la grosería liberadora, blasfemando y rebelándose en cada página de sus periódicos.

Así ha sido el evento performativo equivalente al 15-M en España: el rechazo sin matices de la pretensión islamista – pero también de los clérigos católicos que justificaron el atentado – de imponer sus leyendas “sagradas” como intocables y, de hecho, que se impongan a todos. “Je suis Charlie” significa: “Apoyo al derecho a caricaturizar libremente, sin límites ni tabúes impuestos por la teología. Soy laico, no le reconozco ningún privilegio a las religiones y admiro a aquellos que arriesgan la vida por eso.”

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Acerca del autor

Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones...

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