De estoica escuela

 

La novela se estructura en tres cantos que remedan a la Divina comedia de Dante, aunque con el orden alterado: el primero es el Paraíso, que abarca de 1889-1900; el segundo, el Infierno, va de 1901 a 1942; y el Purgatorio, por último, se centra en 1943. Se relata de este modo el paso de una Cerdeña –y de gran parte de Europa– sumida en el atraso a la llegada de la modernidad, con todas sus ventajas y sus sacrificios.

No obstante, la economía de Fois a la hora de describir estas transformaciones es extrema: no tiene la menor intención de describir enseres de uso doméstico, ninguna vocación arqueológica. Narra como si lo estuviera haciendo en tiempo real, es decir, en ese estado en que los objetos cotidianos resultan invisibles. Fois asume que esto pueda comportar una pérdida de sabor de época, pero al mismo tiempo ahorra distracciones. Una película tal vez no podría permitírselo, pero una novela sí.

Aunque el ritmo sea irregular, Fois los maneja con el virtuosismo de un saxofonista de jazz

Confieso, no obstante, que conforme avanzaba en la novela, sentía una especie de incomodidad, la sensación de que algo no me cuadraba. ¿Eran los tiempos? No, aunque el ritmo sea irregular, con numerosas idas y venidas, Fois los maneja con el virtuosismo de un saxofonista de jazz. ¿Qué era, qué faltaba, o sobraba?, me pregunté, hasta que lo entendí: era el dolor.

Los personajes de Estirpe, esos padres que no se cansan de enterrar a su descendencia, no expresan el dolor. No como cabría esperar en una historia italiana, meridional, mediterránea: ¿dónde están el estremecimiento, los gritos, las imprecaciones? La respuesta es sencilla: no existen. Estamos ante una cultura que asume la pérdida y, si sufre lamentaciones, se las guarda muy adentro de la piel.

La resignación que mueve a los Chironi no parece tener que ver con la sumisión a la divinidad

Tal vez lo hemos olvidado, pero desde antiguo la pérdida de un hijo no era lo más grave. Lo peor era la pérdida del padre: si éste faltaba, todos iban a la ruina. Por eso el primer plato de comida no era para el pequeño, como manda hoy la buena conciencia, sino para el mayor, el que aseguraba todos los demás platos. Si fallecía un hijo, siempre se podían encargar más. ¿Qué familia no tenía algún infante difunto en sus memorias?

Por otro lado, estaba el socorrido consuelo de la voluntad de Dios. Sin embargo, la filosofía de la resignación que mueve a los Chironi no parece tener tanto que ver con la sumisión a la divinidad, como con una escuela, la estoica, en la que los dioses tenían poco o nada que decir. “Si deseas que tus hijos, tu mujer y tus amigos sigan vivos”, asevera Epicteto, “eres un necio, pues pretendes que aquello que no depende de ti dependa de ti, y que lo ajeno te sea propio”. Y es esa confrontación entre la voluntad y la Naturaleza la que, posteriormente, fue resuelta bajo la figura de un dios omnipotente, severo, vengativo.

En este universo nos sumerge Marcello Fois en una historia enriquecida con muchos detalles, claves y silencios, rematada con uno de esos giros sorprendentes que son ya marca de la casa, y espléndidamente vertida al castellano por Francisco Álvarez. El autor de Siempre caro y Memoria del vacío se ha embarcado en su proyecto más ambicioso, una saga que llega hasta nuestros días y que se completa con dos entregas más. Dicho lo cual, solo queda proclamar, sin asomo de ironía: ¡Larga vida a los Chironi!

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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