Cuando fuimos magnates

 

Sí, hemos dicho soñar. Porque la peripecia de M. Essad Bey, aun siendo autobiográfica, y hasta verosímil, tiene mucho de sueño oriental, de aventura tremenda donde con el pretexto de la supervivencia –él y su padre no solo escapan de la ola roja, sino también de los bandidos, de la peste, de todo tipo de calamidades y asechanzas– nos asomamos continuamente al asombro, al prodigio, a la hipérbole. Se nos refiere, por ejemplo, que el que asesinaba a un judío en el Cáucaso estaba obligado a despellejar a su víctima y llenar la piel de monedas de plata, que ofrecería a la familia del muerto como precio de sangre.

Todo, lo fidedigno y lo fabuloso, lo cuenta M. Essad Bey con el mismo tono apasionado

Sabremos que los hakims del Turquestán guardan el secreto para cambiar el color de los ojos, pues “una moda tradicional” exige que las mujeres tengan negras las pupilas. Se nos referirá el caso del líder que nació sosteniendo con una mano una espada y sujetando con los dientes una cola de caballo, y exclamando “Yo soy el tullido Tamerlán; amo la sangre y odio al mundo entero”, a lo que el autor añade con no poca guasa que “por eso sufrió su madre infinitamente al darle a luz”. Del propio Tamerlán se dice también que construía torres con grupos de prisioneros que formaban un cuadrado perfecto, a los que revestía de adobe y cal, y sobre este cuadrilátero humano colocaba uno superior idéntico, y luego otro, hasta los cuarenta pisos…

Todo, lo fidedigno y lo fabuloso, lo cuenta M. Essad Bey con el mismo tono apasionado, vibrante, lleno de esa autoridad que infunde confianza y de esos detalles creativos que hipnotizan al lector. Lo dijo de un modo impecable un reseñista de The Spectator que se ocupó de su biografía de Stalin: “Essad Bey tiene un enorme talento de escritor y este libro se puede recomendar de todo corazón, excepto a los que son tan aburridos que quieren la verdad”. Al final, entendemos que de lo que huye el narrador no es solo el comunismo, que por cierto abrazó su madre antes de suicidarse, y que en efecto acabará absorbiendo el Cáucaso bajo la hegemónica bandera de la URSS. Huye del siglo XX, de la rapiña que sobre tantos lugares hasta entonces remotos iba a abatirse por parte de las potencias coloniales, de una crisis que cambiará para siempre el rostro del mundo, de un nuevo orden ante el que solo podrán sucumbir, o asimilarse a él.

Fue en Alemania donde empezó a usar turbante y daga al cinto, explotando la aureola de príncipe

Nuestro hombre hizo lo segundo: se instaló en Occidente, puso su experiencia, y su elocuencia, al servicio de su pluma, triunfó dándole a sus nuevos vecinos relatos trepidantes y asombrosos. Después de abandonar Oriente, vivió en Austria, Alemania y Estados Unidos, se casó con una rica heredera y llegó a convertirse en una celebridad, hasta el punto ser una imagen frecuente en la prensa rosa. Todas estas peripecias y muchas otras están recogidas, para quien quiera ampliar información, en las 600 páginas largas que el neoyorkino Tom Reiss le dedica en su biografía El orientalista.

Fue en Alemania, de hecho, donde según su biógrafo empezó a usar turbante y daga al cinto, explotando la aureola de príncipe a lo Mil y una noches. Se aseguró, eso sí, de decretar el final de una era en la última frase de Petróleo y sangre en Oriente: “El viejo Oriente ha muerto para siempre”. Memorialista, pues, dudoso, pero escritor poderosísimo, basta con tomar la precaución de no atribuir al texto demasiados rigores históricos, y disfrutar de una lectura que se culmina casi con el gozo, ajeno a cualquier fatiga, de los grandes viajes.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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