De cuando Hitler era cabo

 

Imaginan ustedes el resultado. No lo voy a contar: Bettauer, tras unos cuantos (breves) capítulos algo erráticos, al estilo del minirrelato de parodia social que hizo famoso a Gustav Meyrink en la misma época, coge onda, crea sus personajes, historia de amor y besos en el alféizar de la ventana incluidos, traza una línea argumental y empieza a contar una historia, no por breve menos entretenida.

No la voy a contar porque ustedes me harán el favor y se comprarán el libro. Pasarán un buen rato, si bien la traducción, en grandes partes buena y hasta inspirada, alguna vez cae en calcos evitables (“el tesoro de” por “el novio de”, “doblarse o romper” por “a vida y muerte”, “Herrleben” (¡vive Dios!) sin traducir). Por otra parte, hay detalles de difícil traslado, como la hilarante escena en la que los diputados que votan a favor de la expulsión de los judíos se apresuran a llamar a sus banqueros para comprar divisas. Que todos los banqueros tienen apellido judío ¿cómo lo sabrá un lector sin cultura alemana?

Las guapas estudiantes cosmopolitas de Viena fueron reemplazadas por tipas feúchas con trenzas

Recuerdo un pasaje de la autobiografía de Artur Koestler, quien se matriculó en la universidad en Viena el mismo año en el que apareció la novela. Una década más tarde volvió a pasar por la ciudad, entonces ya dominada por los austrofascistas, y se sorprendió del cambio: las guapas estudiantes cosmopolitas que entonces llenaban aulas y cafeterías habían sido reemplazadas por tipas feúchas con trenzas… así lo recuerda el periodista, elevando a representación de todo un modo de vida el sentido de belleza de las chicas. La aldeanización de Bettauer, hecha triste realidad.

El libro, aparte del disfrute que proporciona, nos enseña tres cosas: Uno, que Hitler no era un genio de la ideología sino que se limitaba a plasmar y predicar desde la tribuna algo que estaba a punto ya de desfasarse, por trivial, trillado y parodiado: la “tóxica” diferencia del “pueblo judío”, concepto este, el del “pueblo”, inventado un cuarto de siglo antes por el propio sionismo, basado en mitos religiosos bíblicos. Dos, que tal diferencia era mentira: no hay mejores vieneses que los judíos de Bettauer, ellos son la sociedad que ha marcado la cultura de Europa central, esa cultura sin la que Europa no sería lo que es. Y tres, que ya podrían haber traducido a Bettauer al árabe.

Las capitales árabes han reemplazado su propia cultura por un islamismo pueblerino

Porque esto es exactamente lo que pasó en El Cairo, en Damasco y Bagdad y Casablanca, ciudades que se quedaron sin judíos a partir de los años cincuenta y sesenta. El proceso fue algo distinto al descrito por Bettauer, alimentado por el enfrentamiento militar con Israel y por una enorme – y a menudo sucia – labor de zapa de los sionistas. (Un detalle extraño es que la ideología y misión del sionismo, que inventó y promocionó la idea de segregación ‘racial’, brilla por su ausencia en esta novela de Bettauer). Donde el Gobierno no colaboraba con la campaña de enviar a todos los judíos a su “único hogar”, Israel – como fue el caso de Marruecos, que incluso les prohibió emigrar -, el resultado fue el mismo que en los países que se apuntaron con armas y bagajes al ‘judíos fuera’ y los declararon enemigos y quintacolumnistas.

El resultado es lo que hoy son las capitales de los países que se llaman árabes: aldeas millonarias que han reemplazado su propia cultura por un islamismo pueblerino – no tan distinto al socialcristianismo descrito por Bettauer ni al fascismo pangermánico – que sigue atizando el antijudaísmo. Ah, y las guapas y cosmpolitas estudiantes que en épocas hubo en El Cairo o en Bagdad, hoy ni siquiera llevan trenzas, sino velo.

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Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
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