Ellas fueron esclavas (II)

 

opinion

Casablanca | 1998

[Continuación de la columna del 10 de junio. Lea la primera parte]

Dada lo contó solo una vez en la vida: “Me raptaron con 6 o 7 años. Mi único recuerdo es la Zaouya (capilla) de Moulay Ali Chérif, de la que hablaba mi padre. Con 50 años, gracias a tu madre, estuve en esta Zaouïa y allí encontré a un ciego, centenario, memoria viva de la región.

Me contó que yo era la hija de un cabecilla del Tafilet, raptada por los enemigos de mi padre. Mi desaparición había estremecido la región. Mandó que me acompañaran a nuestra casa, situada en un gran ksar (alcázar). Cuando llamé a la puerta, mi madre le pidió a su nuera que la abriese. Su nuera le dijo para molestarla: “¿Quién quieres que sea, tu hija Fatna?” El reencuentro fue doloroso. Fatna es mi verdadero nombre. Me reencontré con mi madre, vieja, consumida por la enfermedad, había llorado tanto después de mi desaparición que se quedó ciega. Mi padre había muerto, pero me dejó hermanas y hermanos, cuyos hijos se ocupan hoy de mí. Mi madre murió, feliz, algunos años después de haberme encontrado. Estaba plenamente satisfecha por haber encontrado mis raíces. Mi madre sufría durante mis visitas, que la sumergían de nuevo en el drama de mi desaparición.

Dada tuvo un tercer hijo que murió con 5 años, mucho después de la muerte de su último señor. Nadie conoció al padre, pero la hija del señor lo aceptó. Los dos primeros hijos de Dada fueron al colegio antes de ocupar los callejones de la medina. Sin cualificación, el hijo mayor trabajó como basurero antes de apagarse, joven, a raíz de una neumonía, dejando una mujer y tres hijos.

Dada fue vendida a un señor que abusó de ella y se casó con ella cuando estaba embarazada

El hijo pequeño, recuperado por un miembro de la familia, tuvo mejor suerte, antes de caer, con 35 años, en el alcohol y la droga y desaparecer sin dejar huella. “No me quedan más lágrimas para llorar, –dijo Dada sollozando–. Mi vida ha sido un completo sufrimiento. Me haría falta otra vida para contarlo todo.” Tuve que parar la entrevista por piedad para con esta mujer, con heridas abiertas para siempre. Ella no ha perdonado.

Me enteré por su nuera que, antes de llegar a Casablanca, Dada fue vendida a un señor que abusó de ella durante mucho tiempo. Se casó con ella cuando estaba embarazada. Algún tiempo después de haber dado a luz a un varón, fue vendida y no tuvo nunca más noticias de su hijo. Raptada, vendida, víctima de abusos, habiendo trabajado como una bestia y habiendo perdido cuatro hijos, Dada se convirtió en un despojo humano: “Estoy cansada de vivir. Mi único deseo es que Dios me acuerde la liberación.”

El relato de Hajja Mina, esclava blanca, que tuvo la suerte de no sufrir abusos por parte de su señor.

“Me acuerdo de un vendedor de esclavos llamado Ba Ablali. Lloraba en los brazos de mi madre cuando mi padre me arrancó de ellos. No fui raptada. Mi padre me vendió. Debía de tener 4 o 5 años.
Un palacio. Una mujer me examinó y me rechazó. Demasiado pequeña. El comerciante me vendió a una de las grandes familias de Casablanca. Mi señor era un hombre muy severo, ninguna de las mujeres de la casa tenía derecho a salir. Una vez por semana, alquilaba el hammam y todas las mujeres acudían. La casa albergaba al señor, su esposa, sus tres hijos –dos de ellos casados– y sus hijas.

“Mi señor cuidaba a su personal mejor que a sus propios hijos. Nunca fue irrespetuoso conmigo”

Cuando tendíamos la ropa en la terraza, el señor le pedía a su hijo que nos acompañase para vigilarnos. Las ventanas estaban llenas de clavos pero vivíamos en la suntuosidad. Me acuerdo de que un día le pregunté a Lal·la que por qué yo no tenía joyas como ella. Me dijo: “Pídeselas a tu señor”. Fui inmediatamente a pedírselas. Dos horas más tarde, tenía pulseras. Paseé durante todo el día con las manos en el aire para que me admirasen. A Lal·la –que me llamaba para trabajar– le dije que las mujeres que llevaban joyas no trabajaban, como cuando ella se engalanaba. Me dio un buen correctivo, pero me quedé con las pulseras.

Mi señor cuidaba a su personal mejor que a sus propios hijos. Nunca fue irrespetuoso conmigo. Mi señora era muy severa. Me pegó mucho. ¡Que Dios le perdone! Un día, me tiró un objeto a la cabeza y sangré. Mi señor estuvo a punto de echarla. Mandó buscar al médico para mí y a los hermanos de Lalla para advertirles de que si su hermana me golpeaba otra vez se la devolverían. Que Dios tenga piedad de sus almas.

En cada ceremonia, Sidi traía una compañía musical de chikhates (cantantes y bailarinas). Las ocasiones eran numerosas con todos los partos, circuncisiones… Era la compañía de Radia, violinista, Ben Elouachchate y El Walida, célebres en la medina de Casablanca. Que dios tenga piedad de sus almas. Deben de arder en el infierno porque cantaban incluso para los hombres, de entre los cuales muchos tenían una douirya (pequeña casa). Los hombres eran muy discretos. Los más ricos pasaban noches de ensueño en las douiryates. Las chikhates animaban estas fiestas a las que llevaban a bellas jóvenes.

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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