Leila Atrash

 

Mientras removía la historia de la familia mirando las fotos, la tía estaba tumbada en el chaiselongue observándome en silencio.

-Mi hermano Habib temía por las fotos. Se las llevó con las pequeñas cosas que cogió antes de que el país se perdiera y lo caro se lo dejó en la casa.

Dentro de otra caja había un sobre pequeño con tres letras en inglés en uno de los lados: M.A.N. El negro se había ajado por el paso del tiempo y el blanco de la foto de dos novios con menos de veinte años se había puesto amarillento. Por detrás estaba escrita a tinta y con letra de una mano esforzada una dedicatoria: “A mi hermano Habib, que Dios lo guarde”.

M.A.N: Milade Abu Nejme.

Una adolescente agarrada al brazo de su novio en la puerta de una iglesia mirando a la cámara sin sonreír. Llevaba un vestido sencillo de satén blanco y un tul largo de cola amontonado a los pies y sujeto por un tocado de flores blancas. Awad con un traje negro. Era delgado y parecía entregado y feliz.

Al fondo de la iglesia ya vacía se veía al sacerdote mirando.

Puede que sea él.

-¿Y si usamos esta foto para la película?

Como si el pasado fuera parte de su presente, ni se inmutó y se puso a explicar con detalle cómo fue todo.

-Su madre estaba detrás de nosotros cosiendo mi tul al traje de él, con aguja e hilo sin apretar ¡para unirnos toda la vida! Pero Awad murió.

Sonrió de forma un tanto irónica.

-Éramos pequeños. No sé. Cuando nos casaron ¿era todavía niña o una jovencita? Todo lo que recuerdo es que me hice mujer poco antes de la boda… ¿Lo quería? No lo sé. Nos criamos en la misma casa. A lo mejor él sí que me quería. Pobre Awad. Desde que teníamos conciencia escuchábamos que yo iba a ser para él. Seguro que me quería… Y yo era huérfana. Mi familia no confiaba en que alguien distinto se haría cargo de mí. ¿Qué podia hacer, excepto aceptarlo?… Si te soy sincera, no me acuerdo ni de cómo era… Es verdad que crecí en su casa pero su madre me trataba como a una sirvienta, antes y después de casarnos.

-Parece como si hubiera un cura dentro de la iglesia observando cómo sacaban las fotos.

-¿En serio? No me he dado cuenta. Awad cogió las fotos del fotógrafo de Jerusalén y envió tres a Estados Unidos y a Chile antes de que las viera. Una para Habib, que se la trajo de vuelta. Tiene la letra de Awad ¿lo ves? La otra para mi hermano Ibrahim que dijo que el envío se perdió, y la tercera para mi padre que Dios sabe dónde estará ahora la foto. Como las envió sin que yo lo supiera me enfadé y estuve discutiendo con él durante días.

Con la mente distraída y sin dejar de mirar la foto, dijo:

-¡Ay lo que pasó el día de la boda! ¡Pura mentira! Pensaba que me pasaba sola a mí y me contuve. Después de muchos años me dijo un día lo que le pasó, me lo explicó, se sincerizó y a mí me dio un escalofrío… Pero yo no se lo dije, me daba vergüenza, y murió sin saberlo…

En el momento de la coronación, cuando cogí de la mano a Awad para dar vueltas alrededor del altar y se cantaba lo de “Dios los coronó con el honor y la gloria”, a él le brillaban los ojos con una mirada que yo no entendía y no me quitaba la vista de encima. Me dejó confundida. Aquellas miradas raras me inquietaron, me hicieron aislarme de todo, de su mano, de la oración, de la gente y de mí misma… y volé. Me lo imaginaba a él volando conmigo. Me dije: “Niña, esto es pecado. El diablo te murmura ilusiones para hacerte caer en la tentación. Un cura y más mayor que tú. Es pecado que te imagines o interpretes su mirada como algo cuando él lo que está haciendo es su trabajo”… Clavé los ojos en el suelo. Me temblaba todo. Después de la boda lo vi una o dos veces con la misma mirada y me convulsioné como si me hubiera poseído la locura. Cambié de camino, temblando… Luego desapareció y anduve ocupada por el problema de que no me quedaba embarazada, hasta que me quedé viuda y volví a la finca. Pasaron los años pero cada vez que se me venían esas miradas a la cabeza te juro que era como si el diablo me poseyera.

Un día por la tarde, sola, aunque siempre estaba sola, tocó a la puerta de la finca y me llamó. Para mí fue como escuchar mi nombre por primera vez, como si nadie antes lo hubiera pronunciado. Dijo dos palabras y se fue. Me quedé helada, sin dar crédito, ni me moví… Empecé a ver la vida de otra manera… Llegó el amanecer y yo seguía repitiendo lo que había dicho… Como un pájaro al que le abren la jaula me fui volando hasta aquella cita… Lo más bonito del amor es que la mujer se lanza sin juicio ni pensamiento. Una ola la lleva y ella se entrega sin saber nadar. Lo más importante es llegar a la orilla aunque se pueda ahogar. Y si tiene suerte entrará al paraíso del amor… El amor no tiene ojos para nadie, solo para el ser amado… ¿Cómo llegué a la calle Jaffa? Si andando o corriendo no lo sé. No lo recuerdo. ¿Me encontré a alguien conocido? ¿Me vio alguien? ¿Qué camino cogí…? Él estaba mirando a todo el mundo mientras me esperaba. Paseamos por la calle Jaffa en pleno mediodía. Entramos a un restaurante griego. Antes de que llegara la comida me cogió de la mano y entonces me estremecí. Me sentía como que hubiera hecho algo malo cuando reconoció que yo vivía en su imaginación desde la primera vez que me vio. Iba a dejar el sacerdocio después de la muerte de su mujer de no ser por las circunstancias de su comunidad religiosa y los intereses de la iglesia. Me preguntó si aceptaría casarme con él y me eché a llorar: “¿Cómo si eres nuestro padre y estás viudo?”. Me dijo que con la bendición del patriarca no enfadaríamos a Dios. Recuerdo que el dueño del restaurante griego dejó de golpear la carne, resoplando y balbuciendo algo que no entendí aunque él sí, por eso me soltó la mano… Me subí con él al tren por vez primera y así empezó la historia de Mitri y Milade.

-¿Y si la película hablara sobre la vida de una chica muy joven y guapa con un marido que la quiere pero del que no se queda embarazada, una chica que visita las iglesias, enciende velas y sufre por sus propios reproches, por no poder tener hijos?

-¿A color o en blanco y negro?

-Ya no se usa el blanco y negro. Solo en las películas históricas o para volver al pasado.

-Tienes que grabar a la chica entrando a la iglesia con un vestido normal, verde pistacho, por ejemplo, o rosa claro, porque le gustan los colores suaves. Que se cubra el pelo con un chal de encaje negro. Sácala encendiendo las velas, rezando porque que un bebé se mueva en su interior. Y después grábala entrando en el recinto sagrado.

-¡¿En Al Aqsa?!

-Que no quede iglesia ni mezquita que no visite, ni vidente ni quien leyera la suerte o los posos del café. Ni en el barrio marroquí ni en el judío. Le recetarían un montón de pastillas azules. La niña obedecería, pero sin resultado. No había cura. Ni con el primer marido ni con el segundo.

Decidí pasar por alto el tema del reconocimiento explícito del matrimonio. No dije nada por miedo a que se enfadara. Sin fijarse en mí, fue entresacando del caos un hilo que tejía un recuerdo.

-Hasta llegó a hervir hojas de nogal para inyectarse el agua, receta de una partera judía, pero le dio una fiebre que casi se muere. Esa partera le impuso la mano y dijo que la niña estaba sana. Un doctor judío le recetó fortificantes y le dijo: No pienses en quedarte embarazada o en tener hijos mientras ‘duermas’ con tu marido; así no te quedaras embarazada. Ella lloró. Su suegra le preguntaba todos los días y maldecía la hora en la que su hijo se casó con ella. Maldecía su cuerpo comparándolo a un árbol que no da los frutos que corresponden a su talla y hablaba de un hijo que se iría de este mundo sin un vástago.

Las historias de los enfados fueron otra cascada que abrió las ventanas de la memoria. Estallaba en llamas una vida que intentaba huir del olvido que le perseguía. Removía las páginas frente a alguien que la escuchaba y se interesaba por una vida que no había contado a nadie.

Las relaciones humanas son una invención con la que las personas engañan al polvo de la vida, dispersándolo en la nada. Uno se une a otro para que sea testigo de su vida y con esa persona pueda durar más en el tiempo, gracias al recuerdo, aunque solo sea por un instante. Nos unimos para que consten los detalles de una vida que empieza y termina sin el permiso del otro. Las relaciones humanas son un rechazo de la gente a que su vida de disperse en la soledad y se esfume cuando partan. La gente se ata a un amor, a una amistad o a una relación, a un matrimonio o a unos hijos para que con esos otros puedan seguir existiendo. Algunos pocos creen que sobresalen y así buscan la eternidad mediante algún logro que dé testimonio de su vida.

-El doctor Dajani, el primer y más famoso ginecólogo de Jerusalén, inspeccionó a la joven. Le hizo muchas pruebas que costaron muchísimo dinero. Le dijo que tenía los ‘canales’ estrechos y cerrados, que Dios así los había creado pero que se le podían abrir. El problema es que la operación tenía que ser en la Universidad Americana de Beirut. Su suegra lloró de rabia y le dio buenas bofetadas. Decía que pagara los gastos su padre ya que era rico y emigrante.

Por la noche su marido la abrazó mucho y lloró. Le decía: “Ánimo… En esta vida contigo me basta, sin hijos ni descendencia”. Pero no había quien callara a su suegra y su padre nunca respondió a la carta en la que le pedía el dinero para los costes de la operación. Así que escribió a sus dos hermanos en América pero éstos se negaron en redondo e incluso le pidieron una ayuda a ella. Le dijeron que apenas tenían con lo que apañárselas y que además era una operación sin garantías. Ten paciencia y confía en Dios, le dijeron, que si alguien no tiene otra cosa que paciencia, tiene la paciencia de Job: aguanta hasta donde no se lo cree ni uno mismo. La chica fue paciente y se agarró a los clavos de los ruegos a Dios. Pero su marido murió. Le reventó el tumor del estómago. Su madre lo mató con sus locuras. Él aguantó con sus dolores y gritaba, y su madre la regañaba a ella porque tardaba en calentar el agua… Un cataplasma tras otro sobre su vientre, y cuando el pobre ya no pudo aguantar, lo llevaron al hospital de Jerusalén. Se murió en la puerta. Los cataplasmas hicieron reventar el tumor. La niña se quedó viuda sin haber cumplido aún los veinte años.

-Pero el segundo marido era cariñoso y ella estaba contenta ¿no?

-Ningún matrimonio le garantiza a la gente la felicidad que falta. Las palabras, la duda y la acusación de falsedad rompen el alma y humillan el espíritu por mucho que haya amor. ¿Qué felicidad va a haber si el hombre no declara su amor a la mujer ni muestra estar orgulloso de ella? El amor ante los demás tiene un sabor diferente al del amor en el dormitorio. El amor que el hombre oculta a la gente es como un ladrón que roba lo que le corresponde por derecho.···

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© Leila Atrash · Editorial Dafaf, Beirut. Septiembre 2014 ·  © Traducción del árabe: Eva Chaves | Cedido para la revista Caleta.

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