El extraño caso de Bashar

 

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Conan Doyle, el creador del legendario Sherlock Holmes, habría titulado su relato sobre este incidente como “El extraño caso de Bashar al-Asad”.

Y vaya si es extraño.

El caso trata de los malvados actos de Bashar al-Asad, el dictador de Siria, quien bombardeó a su propia gente con sarín, un gas nervioso, provocando una muerte espantosa a las víctimas.

Como todo el mundo, me enteré del terrible acto tan solo unas pocas horas después de que hubiera sucedido. Como todo el mundo, me quedé estupefacto. Y aun así…

Y aun así, soy un periodista de investigación profesional. Durante cuarenta años fui el editor jefe de una revista de investigación publicada semanalmente, la cual sacó a la luz casi todos los escándalos importantes de Israel durante aquellos años. Nunca he perdido un pleito en el que se me acusara de libelo grave, y de hecho me han demandado en muy contadas ocasiones. Menciono esto no para presumir, sino para dar cierta autoridad a lo que voy a decir.

Hay algo en la mente de un editor que le dice: “Espera, aquí falla algo, algo no cuadra”

En su momento, tomé la decisión de publicar miles de artículos de investigación, incluyendo algunos que afectaban a las personas más importantes de Israel. Pero pocos saben que también decidí no publicar otros cientos de artículos, al considerar que carecían de la suficiente credibilidad.

¿Cómo decidía qué publicar y qué no? Bien, lo primero que hacía era pedir pruebas. ¿Dónde están las pruebas? ¿Quiénes son los testigos? ¿Existe documentación por escrito?

Pero también había siempre algo que no se puede definir con palabras. Dejando a un lado a los testigos y los documentos, hay algo en la mente de un editor que le dice: “Espera, aquí falla algo. Algo falta. Algo no cuadra.”

Es una sensación. Llámala una voz interior. Una especie de intuición. Una alarma que te dice, en el mismo instante en el que oyes hablar del caso por primera vez: “Ten cuidado. Verifícalo una y otra vez.”

Esto es lo que me ocurrió cuando oí por primera vez que, el cuatro de abril, Bashar al-Asad había bombardeado Jan Sheijun con gas nervioso.

Mi voz interior me susurró: “Espera. Algo falla. Algo huele mal.”

En primer lugar, todo pasó muy deprisa. Solo unas pocas horas después del suceso, todo el mundo sabía que Bashar era el responsable.

¡Por supuesto que fue Bashar! No hacen falta pruebas. No hay necesidad de perder el tiempo comprobándolo. ¿Quién sino Bashar?

Bueno, hay muchos otros candidatos. La guerra en Siria no es entre dos facciones. Ni siquiera entre tres o cuatro facciones. Es casi imposible cuantificar el número de facciones que están involucradas en ella.

Está por una parte Bashar, el dictador, y sus aliados cercanos: la República islámica de Irán y el Partido de Dios (Hizbulá) en Líbano, ambos chiíes. Luego está Rusia, con un estrecho apoyo. Está también Estados Unidos, el enemigo en la distancia, que apoya a media docena (¿quién las cuenta?) de milicias locales. Encontramos asimismo a las milicias kurdas. Y, por supuesto, a Daesh (o ISIS, o EIIL, o EI), el Estado Islámico de Iraq y al-Sham (al-Sham es el nombre árabe para referirse a la Gran Siria.)

Siria no es una guerra de una coalición contra otra: todos luchan junto a todos contra todos

Esta no es una guerra limpia de una coalición contra otra. Todos luchan junto a todos contra todos. Los estadounidenses y los rusos luchan junto a Bashar contra Daesh. Los norteamericanos y los kurdos luchan contra Bashar y los rusos. Las milicias ‘rebeldes’ luchan unas contra otras y contra Bashar e Irán, y así sucesivamente (en alguna parte se encuentra también Israel, pero, ¡chitón!)

Teniendo en cuenta este campo de batalla tan extraño, ¿cómo podría alguien afirmar pocos minutos después del ataque con gas que Bashar es el responsable del mismo?

La lógica política no señalaba en esa dirección. Últimamente, Bashar ha salido victorioso en todas las contiendas. No tenía ningún motivo para cometer un acto que avergonzaría a sus aliados, especialmente a los rusos.

La primera pregunta que Sherlock Holmes formularía sería: ¿Cuál es el motivo? ¿Quién saca algún beneficio?

Bashar no tenía ningún motivo. Bombardeando a sus ciudadanos solo conseguiría perjudicarse a sí mismo.

A no ser, por supuesto, que esté loco. Y nada indica que lo esté. Al contrario, parece estar en pleno uso de sus facultades mentales. Incluso parece ser más normal que Donald Trump.

No me gustan los dictadores. No me gusta Bashar al-Asad, dictador e hijo de dictador (Asad, por cierto, significa “león”.) Pero entiendo por qué está donde está.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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