Ellas fueron esclavas (III)

 

Si las esposas podían estar atentas respecto a las tentaciones de los maridos, a veces cerraron los ojos cuando sus hijos, atormentados por la pubertad, calmaban sus ardores en las entrañas calientes de las esclavas. De ahí el testimonio púdico de Dada Fath-Azhar: “Sidi me llamaba a veces para lavarle y masajearle los pies, al igual que su hijo, hasta el día que lo comprendí y me negué a obedecer al hijo. Me quejé a Lalla, quien montó un escándalo a su hijo al explicarle que “mezclarse” con su padre era un pecado.” Dada Fath-Azhar tuvo tres hijos. Me atreví a preguntarle quién era el padre. Guardó un silencio absoluto. Prácticamente me echó. Había tocado un punto muy sensible y la abandoné con una sensación de asco y culpabilidad. La había herido profundamente.

“Llevo el nombre de mi padre, pero me siento un extraño en mi familia. Tengo estudios pero soy todavía el intruso”

Los padres no siempre reconocían a los hijos de las esclavas como suyos. Muchos de estos hijos solo obtuvieron su verdadera identidad a la muerte del señor/padre. Algunas familias tuvieron la generosidad de reconocer a sus hermanos y hermanas y les dieron su parte de la herencia. En muchas ocasiones, los hijos de la esclava viven infravalorados por su entorno, incluso después de haber sido reconocidos oficialmente. Decimos que los Oulad lakhdème (hijos de las esclavas) seguirán siendo siempre esclavos. Ellos mismos, sabiendo su procedencia ilegítima, se sienten reducidos frente a su familia. La pertenencia a una antigua esclava, raza inferior, no era precisamente un motivo de orgullo en una sociedad que ha conservado su desprecio por esta clase de seres humanos: “Llevo el nombre de mi padre, pero me siento un extraño en mi familia. Tengo estudios pero soy todavía el intruso, producto de una unión degradante”, dice A., 58 años, funcionario superior.

En muchas familias, entre las más ricas, piadosas y honradas, los oulad lakhdème nunca han sido reconocidos. Hoy siguen viviendo en su familia como antiguos criados a los que llaman para los trabajos pesados a cambio de una retribución.

Otros niños cortaron los lazos con su familia, por el rencor de no haber sido reconocidos o después de ser expulsados por los herederos. Son muchos los que ni siquiera quieren escuchar hablar del hermano o de una hermana descendiente de la esclava. L’khadem es un ser inferior: ¡reconocer tener un vínculo de sangre con su descendencia perjudicaría a muchas personas muy respetadas hoy en día en nuestra sociedad!

“Yo quería que mi familia me reconociera y hablar de ello sin vergüenza, pero ellos pensaban en la herencia”

Khaddouj, 50 años, vendedora ambulante: “Ni mis hermanos ni mis hermanas me reconocieron. Me expulsaron junto a mi madre después de la muerte de su padre. Mientras que yo quería que mi familia me reconociera y hablar de ello sin vergüenza, ellos pensaban en la herencia. Son ricos, tienen puestos importantes. La casa de su padre es un palacio y su apellido es muy conocido. Yo vivo en una habitación con mi marido y mis cinco hijos. Ya no quiero volver a verlos. La mujer de mi hermano me echó en el momento en que le dije que mi madre había fallecido y que no tenía dinero para enterrarla. Mi hermano me ha prohibido llamar a su puerta. Cuando le recordé nuestro vínculo de sangre, me respondió que mi madre era una prostituta. Sin embargo, ella llegó a su casa con 7 o 10 años. Solo salió de ella a su muerte. Su señor la quiso mucho, pero no hizo nada ni por ella ni por mí. ¡Qué Dios lo maldiga!”

Khaddouj y muchos otros hijos de la vergüenza forman parte de una cultura que hoy parece escandalosa. Son muchos los que nacieron en el silencio y que vivieron y murieron en la indiferencia. Su único error fue que sus madres fueron raptadas, vendidas y explotadas hasta lo más íntimo por hombres bárbaros e ingratos.

 El comercio de esclavos continúa en muchos países, entre ellos Mauritania y Sudán

Pero si el fruto de estas injusticias continúa sufriendo, ¿ha sido la esclavitud definitivamente abolida? ¿Han dejado los seres humanos de ser raptados para ser dominados o satisfacer los deseos bestiales de sus señores? La Organización Internacional del Trabajo estima que actualmente hay 250 millones de esclavos en el mundo. El comercio de esclavos continúa en muchos países, entre los cuales están Mauritania y Sudán.

En Marruecos, la esclavitud fue oficialmente abolida a principios de siglo y los últimos zocos de esclavos habrían desaparecido sobre los años treinta. Sin embargo, algunos comerciantes continuaron ilegalmente con el comercio, pero hoy, la venta de esclavos ha desaparecido totalmente. ¿Podría aventurarme a decir, prudentemente, que hoy en día la suerte de algunas sirvientas recuerda a veces a la esclavitud?

© Soumaya Naamane Guessous | Primero publicado en Femmes du Maroc  ·  Dic 1998 | Traducción del francés:  Alejandro Yáñez

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Acerca del autor

Soumaya Naamane Guessous
Socióloga. Vive en Casablanca, donde trabaja en la Universidad Hassan II.
Doctorada en París, Naamane Guessous...

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