Guardería Gomorra

 

Claro que, para hacer verosímil la idea de unos niños de organizar un grupo criminal serio, es necesario explicar que la banda de Marajá entra en escena en un momento de vacío de poder. Algunos jefes poderosos están en la cárcel, el esquema del poder se halla desdibujado, y es esta la ocasión que los chicos ven propicia para aliarse con un viejo capo y planificar la conquista de Nápoles, ayudados –cómo no– por grandes dosis de adrenalina e inconsciencia. En este sentido, los chicos aparecen claramente emparentados con aquellos dos rapaces que en Gomorra enloquecían ante la posibilidad de convertirse en camorristas. Hay incluso una escena con AK-47 que parece una especie de autohomenaje bastante evidente.

En el título original, Saviano emplea la palabra paranza, que en la jerga del lugar designa a un grupo armado, pero también a los pececillos que, obnubilados por las lámparas de los pescadores, suben a la superficie y acaban de un modo fatal en las redes de los pescadores. Lo que ocurre –y esto sí parece una novedad en el imaginario mafioso de la ficción– es que a los jóvenes protagonistas de esta obra la muerte les trae bastante sin cuidado. Puede ser una consecuencia más de sus actos, como la cárcel, pero la posibilidad de acabar con un tiro entre las cejas carece de la fuerza disuasoria que tiene en los ciudadanos comunes. Es tan fuerte la llamada del oro, el anhelo de mostrarse en Instagram como esos “rich kids” sobrados de lujo y de lujuria, que todos y cada uno de ellos devienen en kamikazes en potencia.

Tal vez nadie tenga la respuesta; eso se entiende en la vida real, pero no en la novela

Gracias a un estudio profundo del fenómeno, incluyendo la asistencia a los juicios en los que declaraban chicos de la edad de la banda de Marajá, el autor ha logrado reflejar con detalle cómo son, viven y piensan los cachorros de la Camorra en pleno siglo XXI. El analista Saviano vuelve, una vez más, a hacer alarde de conocimiento y de compromiso. Sin embargo, hay que reconocer que el novelista no acaba de fascinar al lector: a lo sumo, alcanza a interesarlo, pero dejándolo con la sensación de que falta algo, alguna explicación extra, algún factor que ayude a desentrañar mejor por qué esta sociedad genera monstruitos así.

Porque son miles los niños de toda Europa, de todo el mundo, que suspiran por unas zapatillas de marca, por una motocicleta o por el último videojuego, e incluso que tienen un contacto con la violencia, y sin embargo no van por ahí armados y disparando. Tal vez nadie tenga la respuesta, o la única posible sea encogerse de hombros, como hacen tantas instituciones ante la violencia infantil en aulas y barrios. Eso se entiende en la vida real, pero no en la novela: ahí tiene que haber siempre algo más, en lo que se dice y en lo que no.

Siempre que leo a Saviano recuerdo al viejo maestro Vincenzo Consolo, que me dijo que el napolitano era el nuevo Sciascia de nuestros tiempos. Una novela como La banda de los niños no lo acerca precisamente al maestro de Racalmuto, ni a su afán indagador ni a su mirada escéptica pero en el fondo esperanzada. El mundo de Saviano no es ya el de Sciascia, y los niños de hoy poco tienen que ver con los niños de entonces. Pero a la conclusión terrible que se desprende de La banda de los niños, de que el sistema (padres, profesores, fuerzas del orden) no tiene mucho que hacer, se añade la sospecha de que tampoco la literatura tiene hoy mucho que decir.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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