Igualdad por abajo

 

O tal vez sí lo entendió. Porque cuando nos internamos a continuación en los relatos del libro, comprobamos que la Ginzburg refleja muy bien el modo en que ellos y ellas se encuentran atrapados en la misma trampa. Y la trampa se llama pareja, se llama familia. Entiéndase que no hablamos de relaciones amorosas o afectivas, sino de estructuras sociales que, bajo la promesa de la felicidad y la respetabilidad, a menudo abocan a quienes participan de ellas a situaciones indeseables o frustraciones aniquiladoras.

Ginzburg, en contra del título del libro, no se ocupa específicamente de las mujeres

Si digo que Ginzburg entiende esa afinidad de ideas y sentimientos entre hombres y mujeres es porque en sus relatos unos y otras padecen casi por igual. En ‘Una ausencia’, la vida de Anna y de Maurizio tras años de matrimonio concertado no difiere en lo que a tristeza se refiere, salvo detalles; en ‘Los niños’, una madre no menos gris encuentra un respiradero manteniendo un romance prohibido; muy emparentado con éste, ‘Giulietta’ es otro relato sobre los secretos íntimos y la necesidad de guardar las apariencias; en ‘La casa junto al mar’, de nuevo un triángulo amoroso pone de manifiesto la precariedad de los lazos familiares. ‘Mi marido’ también incide en las infidelidades e infelicidades de una pareja…

Quiero decir que Natalia Ginzburg, en contra de lo que el título de este libro podría indicar, no se ocupa específicamente de las mujeres, ni siquiera les da un especial protagonismo en todos los relatos. Es cierto que, en un mundo monopolizado por los hombres, solo dar voz y relieve a personajes femeninos ya podría parecer revolucionario, pero en todo caso si la autora iguala a sus personajes con independencia de su sexo, lo hace por abajo: los homologa en su desgracia, en la tristeza de sus destinos.

Esta sensación se refuerza con cierta sequedad de la prosa, por no hablar de esos finales fulminantes, sin coda alguna, que a veces permiten pensar en textos inacabados. En el citado prólogo, Medel relaciona estas historias con otros libros de la Ginzburg. Olvida señalar su evidente parentesco con Y eso fue lo que pasó, que participa de todas estas inquietudes y las resuelve con un balazo fatal.

La familia es la gran obsesión de la italiana, y en el centro está siempre la madre

Los cuentos de este libro tienen, pues, mucho de cruel con las parejas, pero sobre todo con las madres. En el citado ‘Los niños’, dos pequeños se preguntan “si había en el mundo otros niños que no quisieran a su madre”. En el último, ‘La madre’, uno de los hijos piensa cosas como: “Un chico siente asco de su madre cuando ella llora”. No hay espacio apenas para la ternura, nada de contemplaciones.

Porque la familia es la gran obsesión de la italiana, y en el centro de la familia está siempre la madre, para bien y para mal, como dadora de vida y como blanco de la diana. No estoy seguro de que su enfoque sea el de la denuncia o la reivindicación, no veo clara la consigna. Sí veo a Natalia Ginzburg lanzando un mensaje claro en plena posguerra: tenemos un problema, se llama pareja, se llama familia. Y diciéndonos hoy: han pasado 60 años y todavía no lo hemos resuelto.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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