Simone Veil, heroína francesa

 

A esa dicotomía ha contribuido determinadamente el Partido Socialista francés desde el gobierno.

Queriendo recuperar en el terreno “moral” una frontera izquierda/derecha que va perdiendo en el ámbito social por seguir implementando políticas nada populares semejantes a las de la derecha, el Partido Socialista francés no ha dudado en ahondar profundamente en lo que pueda dividir a la sociedad, en temas donde es imprescindible aglutinar mayorías y consensos.

En Francia, el Partido Socialista ha querido obligar a la derecha a identificarse con los sectores más reaccionarios de la Iglesia católica. Para conseguirlo, en 2013, el gobierno de Hollande utilizó la propuesta de legalización del matrimonio gay (‘matrimonio para todos’) como arma arrojadiza contra la derecha, buscando en todo momento el enfrentamiento más duro. También han invitado a los “colectivos” LGBT a controlar la redacción de programas escolares, lo que se saldó con algunas iniciativas provocadoras. ¿Por torpeza? No: para provocar.

Los socialistas incluso han intentado presentar a la derecha como contraria al aborto, con una propuesta de enmienda a la ley Veil orientada para que la derecha vote en contra en el Parlamento.

Han acusado al izquierdista radical Mélenchon de ser de derechas, por oponerse al “alquiler” de útero

Con tales maniobras se ha pretendido destruir toda posibilidad de exponer matices, polarizándolo todo entre una derecha achicada a una identidad católica atrasada y reaccionaria, y una izquierda adherida en su totalidad y sin matices al campo “libertario” LGTB. Así hemos visto como ese campo acusaba este año el candidato presidencial de izquierda radical Mélenchon de ser de derechas, por oponerse al ‘alquiler’ de útero – o maternidad subrogada – .

Se pretende ahora incluir en esa “nueva” identidad de izquierda al autoproclamado “feminismo interseccional” y “racializado”, esas tan surrealistas corrientes islamo-izquierdistas que denuncian la laicidad institucional como “racismo de Estado” e “islamofobia”, y reivindican para las mujeres la “libre” sumisión al machismo y al patriarcado étnico-religioso comunitario.

Con todo eso, Hollande ha conseguido levantar en Francia un movimiento de masas con lemas de inspiración católica integrista, con Francia viviendo enormes manifestaciones de oposición al matrimonio gay durante el año 2013, y con una represión policial dura.

En tal escenario no cabe gente como Simone Veil.

¿Heroína del pasado?

Quizás ella venga del pasado, de esa Tercera República francesa nacida en 1870 con la caída estrepitosa del imperio de Napoleón III.

La Tercera República produjo políticos de gran calado, con gran capacidad oratoria y personalidades agudas. Uno de los más importantes e interesantes es Georges Clémenceau, apodado “el Tigre”.

Quizás con Veil haya fallecido la última representante de esa burguesía patriota y culta que quería progreso

Clémenceau de derechas: inventor de la policía moderna (“las brigadas del Tigre”), enemigo de los mineros huelguistas del norte, jefe del gobierno nacionalista vencedor de la I Guerra Mundial y “Père la Victoire”. Clémenceau progresista: denunció de forma contundente al colonialismo francés, cuando la izquierda – incluyendo Victor Hugo y Jean Jaurès – lo consideraba como civilizador; se volcó en defensa del capitán Dreyfus acusado de traición por ser judío, en tiempos en donde eso era jugársela, publicando la tribuna “J’accuse” de Émile Zola; como jefe del gobierno, impuso la jornada laboral de ocho horas sin pérdida de salario.

De Gaulle fue claramente el heredero político de Clémenceau. Y en esa vena podemos situar a Simone Veil. Quizás con ella haya fallecido la última representante de esa burguesía patriota y culta que quería progreso y grandeza para su país, capaz de recoger parte de los intereses populares dentro del “interés general”, esa elite que actuaba convencida de que Francia es un país diferente, cargando con el deber de cumplir para la Humanidad la herencia de la Revolución francesa.

Es fácil ver como en Francia, en unos veinte años, el islamismo ha impuesto enormes retrocesos al estatus de las mujeres, primero en las clases populares y para las mujeres de origen inmigrante, pero con fuertes consecuencias para todas.

Para el obispo, el enemigo es el ateísmo y el derecho al aborto, no son los islamistas

Eso va de la mano de esa ola fascista que destruye las libertades y las culturas de los pueblos de oriente, en Asia y África, desde la revolución iraní: basta con ver cómo han retrocedido dramáticamente los derechos de las mujeres (y ¿cómo no? de los homosexuales) en los países llamados “musulmanes”, también en Chechenia, es decir Rusia. Hace veinte años, Arabia Saudí parecía una caricatura como Corea del Norte; pero hoy en día vemos como su “modelo” allana el terreno, incluso en Francia y España, para su concepción totalitaria del islam.

Los otros aparatos clericales también se han movido: eso es hoy más que obvio con la Iglesia católica.

El día 26 de julio pasado, se celebró cerca de Rouen una misa homenaje al cura Jacques Hamel, degollado en plena misa el año pasado por islamistas. Ante el presidente de la República, Emmanuel Macron, y demás cargos oficiales (ahí donde Clémenceau, como jefe del gobierno, se negaba a estar para respetar la laicidad del Estado), el obispo de turno se permitió atacar, sin nombrarla, a Simone Veil, con unas palabras clarísimas: según ese obispo los atentados resultan ser “una sombra para nuestra sociedad que ya no sabe a dónde va después de la muerte” y de “creerse libre de hacer todo lo que cada individuo desee, incluso quitarse la vida o impedir que nazca”.

Así de claro: el enemigo es el ateísmo y el derecho al aborto, no son los islamistas (que están de acuerdo con ese obispo), lección dada a los máximos representantes del Estado francés veinte días después del entierro de Simone Veil.

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Acerca del autor

Alberto Arricruz

@Alberto03021962

(Paris, 1962) Hijo de emigrantes sevillanos, trabaja en Francia de funcionario en cuestiones...

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