Una confesión

 

Si menciono estas primeras impresiones es porque años después leí la biografía de David Ben-Gurion, que había llegado al mismo lugar unos cuantos años antes que yo. ¡Qué sitio tan horrible! ¡Qué idioma tan gutural! ¡Qué gestos más bárbaros! ¡Qué olores más repugnantes!

Me enamoré de este país a primera vista y todavía lo amo, aunque haya cambiado tanto que resulta irreconocible.

La gente me sigue preguntando si soy “sionista”. Mi respuesta es que ya no sé qué significa esa palabra. En mi opinión, el sionismo falleció de muerte natural al nacer el Estado de Israel. Ahora tenemos una nación israelí estrechamente vinculada con el pueblo judío en todo el mundo, una nación joven, con su propio contexto geopolítico, con sus propios problemas. Estamos vinculados con el judaísmo mundial del mismo modo que Australia o Canadá lo están con Inglaterra.

Lo tengo tan claro que casi no comprendo los interminables debates sobre el sionismo. Para mí, no tienen ni verdadero contenido ni honestidad.

Islam y judaísmo son parientes cercanos; la expresión “judeocristiano” es una falacia

Lo mismo sucede con los debates sobre “los árabes”. Carecen de verdad y de honestidad. Los árabes estaban aquí cuando llegamos. Acabo de describir lo que sentí por ellos. Aún creo que los primeros sionistas cometieron un terrible error al no intentar compatibilizar sus aspiraciones con las esperanzas de la población palestina. Hicieron causa común con sus opresores turcos por una cuestión de realpolitik. Lamentable.

La mejor descripción del conflicto es obra del historiador Isaac Deutscher: un hombre vive en el piso superior de un edificio en el que se declara un incendio. Desesperado, se arroja por una ventana y aterriza sobre un viandante, que resulta gravemente herido y se queda inválido. Un conflicto mortal estalla entre ambos. ¿Quién tiene razón?

El paralelismo no es del todo exacto, pero sirve como punto de partida para la reflexión.

La religión no pinta nada aquí. El islam y el judaísmo son parientes cercanos, mucho más próximos entre sí de lo que cualquiera de los dos lo está del cristianismo. La expresión “judeocristiano” es una falacia, un invento de ignorantes. Sería una trágica aberración que nuestro conflicto se convirtiera en un conflicto religioso.

Sería una trágica aberración que nuestro conflicto se convirtiera en religioso

Soy completamente ateo. En principio respeto la religión de los demás, pero sinceramente, no comprendo sus convicciones ni por asomo. Me parecen vestigios anacrónicos de una época primitiva. Lo siento.

Soy un optimista nato, incluso cuando la mente analítica me aconseja no serlo. He visto tantas cosas inesperadas en mi vida, unas buenas y otras malas, que no creo que nada suceda porque “tiene que suceder”.

Sin embargo, mi optimismo flaquea cuando veo las noticias. Tantas guerras estúpidas por todas partes. Tantos inocentes sometidos a sufrimientos atroces. Unos en el nombre de Dios, otros en el nombre de una raza, otros en nombre de la democracia. Qué estupidez. Es todo tan innecesario. ¡Pero si estamos en pleno año 2017!

El futuro de mi propio país me llena de ansiedad. El conflicto parece interminable y sin solución. Sin embargo, para mí la solución es por completo evidente, tanto que no alcanzo a comprender cómo es posible que cualquiera en sus cabales no la vea.

No viviré para verlo, pero lo veo ya con la mente en la víspera de mi 94º cumpleaños

En este país viven dos naciones, los israelíes y los palestinos. La historia ha demostrado una y otra vez que es imposible que ambos vivan juntos en un solo estado. Por lo tanto, deben vivir juntos en dos estados; “juntos” porque ambas naciones necesitan cooperar estrechamente, con las fronteras abiertas y ciertas superestructuras comunes. Quizá una especie de confederación voluntaria. Y más tarde, quizá una especie de unión de toda la región.

Todo esto en el contexto de un mundo obligado por las realidades modernas a unirse cada vez más y que se dirige a alguna forma de gobierno mundial.

No viviré para verlo, pero lo veo ya con los ojos de la mente en la víspera de mi nonagésimo cuarto cumpleaños. Después de todo, es una bonita cifra.

Ahora me doy cuenta de lo afortunado que he sido. Nací en el seno de una familia feliz, fui el pequeño de cuatro hermanos. Huimos a tiempo de la Alemania nazi. Formé parte de una organización clandestina pero nunca me arrestaron ni me torturaron como a algunos de mis camaradas. Me hirieron de gravedad en la guerra de 1948 pero me recuperé completamente. Sufrí un atentado, pero el agresor no me acertó en el corazón por unos milímetros. Dirigí una importante revista durante cuarenta años. He sido el primer israelí en reunirse con Yaser Arafat. He participado en cientos de manifestaciones por la paz, pero nunca me han arrestado. Estuve casado con una mujer maravillosa durante cincuenta y nueve años. Estoy razonablemente bien de salud. Gracias.

 

© Uri Avnery  | Publicado en Gush Shalom | 8 Sep 2017 | Traducción del inglés: Jacinto Pariente.

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Acerca del autor

Uri Avnery
Periodista y ex diputado israelí. Nacido en 1923 en Alemania, emigró con su familia en 1933...

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