Una pesadilla vasca

 

Inútil enumerar el calvario que sufre Arretxe, la confusión de las horas y los días, la sevicia de sus vigilantes, la destrucción física y mental a la que es sometido: hay que leerlo. No como un catálogo de crueldades, que lo es, sino también como una novela kafkiana. Porque, como queda patente desde las primeras páginas, las fuerzas del orden se dan cuenta muy pronto de que el chaval no tenía nada que ver con ETA. No sabe ni coger un arma. Es un pobre diablo, una cabeza de turco, un chivo expiatorio, pero nada de eso le salvará.

No sabe ni coger un arma. Es un pobre diablo, un chivo expiatorio, pero nada de eso le salvará

La maquinaria preventiva-represiva tiene que hacer su papel aun contra las evidencias, y eso da pie a un juego de simulaciones y falsas declaraciones fascinante: la Guardia Civil quiere resultados, el chico se inventa cualquier cosa para ganar tiempo, ayudado por su habilidad para contar y dibujar, y todo se desarrolla en un clima de cutrez surrealista, de sórdida ensoñación.

Y entonces, aparece el humor. Se ha subrayado mucho lo increíble que resulta que un relato tan crudo esté empapado de humor. Es cierto: uno puede leer sobrecogido cualquiera de estas páginas y, cuando menos lo espera, suelta una carcajada. A ello ayuda mucho la metodología chapucera, los interrogatorios de Mortadelo y Filemón, todos los elementos de de pesadilla absurda. Aunque, bien pensado, esos brotes de desenfado, e incluso de guasa salvaje, tal vez fueran el único modo posible, o soportable, de contarlo todo. De sobrevolar el espanto sin ser devorado por él, de poner una palabra tras otra sin que el mundo se descomponga, sin que la amargura pudra el lenguaje de raíz.

Ser joven en la Euskadi de los 80 era estar condenado a las drogas, a la militancia, al miedo

Uno se ríe, sí, leyendo Intxaurrondo, la sombra del nogal. Es una risa a veces nerviosa, otras explosiva, casi siempre extraña. Pero la sensación final, al menos en el caso de este reseñista, es de inmensa tristeza. Tristeza por todas las víctimas de la violencia terrorista y la de Estado de aquel tiempo, que vivimos como un cotidiano baño de sangre, pero también por la sospecha terrible de que ser joven en la Euskadi de los 80 era, de algún modo, estar condenado a las drogas, a la militancia abertzale, al miedo. Tres formas de intemperie que no eran vida, pero que eran toda la vida que pudo ofrecerles entonces este país y aquellos que prometían fundar un nuevo país, libre e independiente. En el caso de Arretxe, le arrastraron hacia la peor experiencia de su vida. A otro joven detenido aquellos mismos días Mikel Zabalza, le costó la vida.

El autor había compartido muchas veces sus recuerdos con amigos y parientes, pero tuvo que ser poco antes de morir, con la necesaria distancia temporal sobre los hechos, cuando acertara a ordenarlos sobre el papel. De esa prórroga de la vida y de sentido de la oportunidad debemos congratularnos todos, porque estamos ante un libro fundamental.

Como creador, Arretxe hizo muchas cosas en su vida, y las hizo muy bien. Tenía chispa, buen gusto, pasión, como acaso tienen muchos otros. Sin embargo, antes de morir entregó a su editor su mejor obra, la única que solo él podía haber hecho. La que empezó a escribir, muy a su pesar, aquella noche de 1985 en que perdió para siempre la inocencia.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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