De prosa elevada

 

La misma sensación de pisar un terreno bien conocido transmite en el apartado Hazañas, donde se recogen crónicas de alpinismo para el citado periódico. Ignoro si Buzzati, además de sus entrañables Dolomitas, llegó alguna vez a hollar las nieves del Himalaya o de alguna otra prestigiosa cordillera, pero ni falta que le hace para transmitir al lector todas las emociones que las alturas provocan. “El mal tiempo, ese mal tiempo del Himalaya contra el que las fuerzas humanas son prácticamente nulas, ¿intentará cortar a los nuestros su vía de retorno?”, escribe casi dejando oír una voz tronante de locutor radiofónico. “Demasiado tarde. Los más fuertes ya son ellos: la victoria les acompaña con su luz…”

La montaña es para Buzzati el gran desafío, la prueba suprema de la capacidad de superación

Hablamos, claro está, de un tiempo en que las noticias viajaban con mucha mayor lentitud que hoy, lo que no impedía al escritor mantener la tensión del relato cuando era menester, pero también tranquilizar a la parroquia si cundía la histeria: por ejemplo, cuando todos se alarman ante la falta de comunicación del profesor Ardito Desio en su asalto al K2, la segunda montaña más alta del mundo, Buzzati ni se inmuta. Con paciencia y didactismo, lo explica todo sobre las características de la pared, las posibles vicisitudes que habrá encontrado en el camino y hasta el carácter del profesor. Así da gusto. Unos días después, sus cálculos se cumplen y el equipo de Desio culmina su objetivo.

La montaña es para Buzzati el gran desafío, la prueba suprema de la capacidad de superación del ser humano frente a las monstruosas fuerzas de la naturaleza. Pero también tiene para él un componente nacionalista fundamental. Sin ignorar las proezas de ingleses, franceses y alemanes, siente que la Italia salida de la posguerra, impulsada por una antiquísima tradición, está preparada para escribir su propia página en la historia dorada del alpinismo.

Si es bello que el hombre venza a la naturaleza, pobre de él si la naturaleza queda vencida del todo

Ese nada disimulado patriotismo se traduce en constantes llamamientos para ayudar a financiar las expediciones y mantener, al fin, las aspiraciones de los escaladores bajo bandera tricolor.
No obstante, creo que el Buzzati que prefiero es el que habla de lo más próximo, de esas cumbres dolomíticas a las que llama, una a una, con su nombre propio, que configuran para él un paisaje del alma. Ha sido testigo desde muy joven de la vertiginosa evolución técnica de la escalada (clavos, estribos, cuerdas dobles) y ha terminado viendo con cierta nostalgia cómo la montaña se ha llenado de pijos y domingueros, y que ya apenas quedaban retos imposibles. “Porque si es bello que el hombre venza a la naturaleza, pobre de él si la naturaleza queda vencida del todo”, dice resignado y melancólico.

Pero ay de quien olvide también que la montaña no es un camino de rosas. Buena parte de su magnetismo reside precisamente en su ferocidad, en la poquedad de la vida humana cuando se compara con estas moles inmensas. Tal vez por eso recuerda Buzzati a aquel escalador que cayó al vacío y logró salvarse milagrosamente. “Recuerdo haberle preguntado, también yo: ‘Y mientras caías, ¿qué se te pasaba por la mente?’. ‘Pensaba en esa foto que llevo siempre en el bolsillo por superchería’. ‘¿Y qué fotografía es esa?’ Me la enseñó: era de alguien que había muerto en la montaña, horroroso, como un fantoche sin esqueleto, tendido de cualquier manera sobre las rocas”.

Sin embargo, a pesar de estas truculentas experiencias, Buzzati nos convence de que vale la pena el riesgo. Casi casi para animarnos a preguntar por la matrícula del rocódromo. “Lo único por lo que vale la pena vivir es la escalada en roca”, sentencia, “no hay nada más importante que eso”.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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