Cuatro muertes y un polvo

 

Pero los personajes son lo de menos, uno se da cuenta al avanzar la novela. Son apenas marionetas para unas reflexiones, y voy a repetirlo, unas obsesiones. El miedo a pecar. Visiones. Cristo en persona. Manuel Tur es amigo de Andreu Ramallo y peca porque él se lo dice. Y lo odia. Y luego está Carmen Onaindía. El surco entre los pechos de Carmen Onaindía.

Y toda esta atmósfera mística, opresiva, de pueblo polvoriento, de adolescentes – aunque tengan veinte años son adolescentes – balas perdidas, desemboca en un asesinato, en dos, en los que quieras: todos, parece decir el autor, todos podemos ser asesino. Incluso cuando no tenemos motivos. O precisamente. Para matar no hace falta tener un motivo. Solo el deseo. Y un cojín a mano.

Lo llamativo de esta narrativa que no da motivos es que, no obstante, funcione. Eso quiere decir que el tal Blai Bonet es, pese a todo, un gran escritor. Escribir algo que no tiene pie ni cabeza y que funcione es de grandes.

¿Se fumaba marihuana en los pueblos de Mallorca de los años cincuenta?

Eso sí, también mete la pata. Dos veces dice Manuel Tur, en su estado de exaltación mística: “Como si hubiera fumado marihuana”. ¿Se fumaba marihuana en los pueblos de Mallorca de los años cincuenta? ¿En familias tan pobres que hasta recogerían las sobras de pan del sanatorio? Aquí Blai Bonet ha metido un tremendo anacronismo, pienso. Y entonces vuelvo a la solapa y me encuentro con que no, que Blai Bonet no ha metido ningún anacronismo, porque este libro se publicó en 1958. Blai Bonet (1926-1997) tenía 32 años entonces, había sido tísico, había sido seminarista, era católico. Habla de algo que ha vivido.

Me leo el excelente posfacio de Eduardo Jordá, que también firma la traducción del catalán, y descubro, estupefacto, a un gran escritor catalán del que nunca había oído hablar. No soy el único, por supuesto. Y me voy dando cuenta de que lo que me parecían fallos narrativos forman parte de su personalidad, su estilo, su esencia. Ahora me pregunto cómo en 1958 le dejaron publicar todo aquello, fusilamientos en el cementerio, corrupción en el sanatorio, visiones de Cristo, pecado y sexo incluidos. Me quedo con la conclusión de Jordá: debió de creer “el censor que aquel escritor era un buen hombre que simplemente no estaba bien de la cabeza. Y quizá, en el fondo, aquel censor estaba en lo cierto”.

Lo que me sigo preguntando ahora es por qué Blai Bonet le puso de título El mar a una novela en la que el mar no sale en ninguna parte. Por no salir, ni sale en la escena de los barcos aquellos ante la costa. Y sobre todo, de dónde sacaba Blai Bonet la marihuana, cuando estaba en el seminario. Porque, eso se lo aseguro, cuando uno es escritor y lee El mar, lo que dan ganas es pedirle al autor el contacto de su dealer.

·

¿Te ha gustado esta reseña?

Puedes ayudarnos a seguir trabajando

Donación única Quiero ser socia



manos

Página anterior 1 2

 
 

Etiquetas

, ,

Artículos relacionados

Acerca del autor

Ilya U. Topper

@ilyatopper

Periodista (Almería, 1972). Vive en Estambul, donde trabaja para la Agencia Efe.
Criado...

Cuatro muertes y un polvo
 
 

0 Comentarios

Sé el primero en dejar un comentario.

 
 

Deja un comentario