«Hay quien prefiere el e-book como quien prefiere el sexo virtual»

Alberto Manguel

 
Alberto Manguel | © Pedro Cosano / Alianza Editorial

Alberto Manguel | © Pedro Cosano / Alianza Editorial

Sevilla | Septiembre 2017

La voz al otro lado del teléfono delata su estado de ánimo: Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948) va últimamente de alegría en alegría. Si en diciembre de 2015 fue designado director de la Biblioteca Nacional de la República Argentina –sucediendo a su ídolo, Jorge Luis Borges–, un año después era elegido académico de número de la Academia Argentina de las Letras, y ahora se dispone a recoger –en concreto, el próximo sábado– el prestigioso premio Formentor, que han recibido antes que él el propio Borges, Saul Bellow, Juan Goytisolo, Enrique Vila-Matas o Roberto Calasso, entre otros.

Al mismo tiempo, ha visto la luz en España su libro Mientras embalo mi biblioteca (Alianza Editorial), donde reflexiona sobre los libros y la lectura mientras narra el viaje de su propia biblioteca desde un viejo presbiterio del Valle del Loira, donde la había acomodado pensando que sería para siempre, al depósito en Canadá donde permanece actualmente guardada.

En los últimos diez años, el número de títulos publicados en la UE ha subido de 475.000 a 575.000 anuales. ¿Todavía podemos confiar en que el fascismo se cura leyendo?

«Un libro nos enseña a cometer crímenes, pero también hay libros redentores»

Es una posibilidad [risas]. La lectura no garantiza nada, pero posibilita. Y entre lo que posibilita, como es lógico, hay cosas malas y cosas buenas. Un libro nos enseña, por ejemplo, a cometer crímenes, como ocurrió con el asesino de John Lennon, que decía que el libro El cazador oculto le estaba diciendo que matara, pero también hay libros redentores, como han comprobado todos los que han probado la experiencia de los campos de concentración, en prisiones, en circunstancias muy difíciles. Pero insisto, los libros no prometen nada, es importante saberlo.

Se habla de las religiones del Libro, pero Oriente Medio, de donde proceden todas, no viene dando un espectáculo precisamente edificante en los últimos años. ¿Cómo se ve este rincón del mundo desde el otro lado del océano?

Bueno, del otro lado del océano tenemos los mismos conflictos, estar en una situación de conflicto es parte de la naturaleza humana. La tradición judeocristiana empieza contándonos que ya la primera familia no se portó bien, pues Caín mata a Abel. Y después de que dios castigue a la Humanidad, Noé, nada más sobrevivir al diluvio, lo primero que hace es emborracharse. No, los ejemplos no son muy luminosos. Creo que la situación de conflicto es eterna: queremos llegar a un modo de vivir juntos, en paz y más o menos felices, pero al mismo tiempo la violencia nos atrae, la guerra nos atrae. Tenemos que reconocer eso si queremos solucionarlo. Alessandro Baricco, en el prólogo a su versión de La Ilíada, asegura que ese amor por la guerra solo puede combatirse con un amor más grande. No sé cuál sería ese amor más grande, pero tendremos que buscarlo.

Eso lo decía también su admirado Borges, citando a su vez a Spinoza…

Sí, exactamente. Algún día lograremos la pasión por la justicia se sobreponga a las otras.

¿Por qué parece que a los occidentales les cuesta creer que Iraq o Siria fueran potentes focos de cultura antes de la destrucción de la guerra?

«Del mito de Abraham queda algo aberrante: podemos sacrificar a nuestros hijos en nombre de dios»

Los pueblos del Libro de los que hablábamos antes están unidos por un mito terrible en su contra, el mito de Abraham e Isaac, el del padre que acepta la orden divina de sacrificar a su hijo. Eso se repite en el cristianismo, con el sacrificio de Dios Padre a Jesucristo, pero íntimamente pienso que es una aberración. Cualquier padre sabe que desacataría la orden divina y no mataría a su hijo por nada. Pero en estas tres sociedades (dejemos de lado que a Isaac el ángel lo reemplaza por un carnero), el padre está dispuesto a hundir el cuchillo en la garganta de su hijo.

¿Y esto nos persigue hasta hoy?

Si creemos en esa orden, no nos cuesta nada creer en los atentados terroristas, en los campos minados, instruir a nuestros hijos para ser combatientes en Siria, todo en nombre de la religión. Por más que hayamos evolucionado, como sucede con los grandes filósofos judíos, con el cristianismo de los pobres o con el islam de la generosidad y la empatía, queda al final una raíz aberrante: que podemos sacrificar a nuestros hijos en nombre de dios.

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Acerca del autor

Alejandro Luque

@atoluque

Periodista y escritor (Cádiz, 1974). Vive en Sevilla.
Tras trabajar en la...

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